Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 13 de junio, 2019

[Reseña] Libertad y socialismo. Un desafío de ayer y de hoy

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

El francés Jean Gustave Courcelle-Seneuil asesoró al Ministerio de Hacienda de Chile entre 1855-63 y es considerado el padre del liberalismo clásico en el país. La reedición de su libro Libertad y socialismo por la Fundación para el Progreso -una defensa sin reservas de la libertad económica-suscita preguntas de asombrosa actualidad. Y es que la oposición entre liberalismo y socialismo sigue tan viva hoy como hace ciento cincuenta años.

 

 

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Libertad y socialismo. Jean Gustave Courcelle-Seneuil. FPP. 231 páginas.

La reciente reedición por parte de la Fundación para el Progreso de Libertad y socialismo, del intelectual francés Jean Gustave Courcelle-Seneuil, constituye una buena noticia para quienes buscan rastrear en los orígenes del pensamiento económico alguna clave de comprensión del momento presente. Publicado originalmente en 1868, este libro ‒traducido hoy por primera vez al castellano‒ nos permite aproximarnos a quien puede ser considerado el padre del liberalismo económico en Chile. El magnífico prólogo del historiador Alfredo Jocelyn-Holt sitúa la obra en su contexto histórico y, simultáneamente, la trae hasta nosotros, al poner de relieve la actualidad de los problemas sociales a los que se enfrentó el autor. En efecto, la oposición entre liberalismo y socialismo sigue tan viva hoy como hace ciento cincuenta años.

Jean Gustave Courcelle-Seneuil vivió en nuestro país entre 1855 y 1863, contratado por el gobierno como asesor del Ministerio de Hacienda y profesor de la Universidad de Chile, donde inauguró la cátedra de Economía Política. Los historiadores coinciden en la enorme influencia que tuvo en la modernización de nuestras instituciones y en la enseñanza de la economía que, a su llegada, no gozaba de buena salud. Formado en el liberalismo clásico y seguidor de John Stuart Mill, Courcelle-Seneuil introdujo esta escuela de pensamiento en nuestro país, y se transformó así en referente obligado de los primeros economistas chilenos. Admirado por sus contemporáneos y criticado a comienzos del siglo XX por su visión laissez faire, su controvertida figura sigue causando interés.

El autor deja claro su objetivo de llevar hasta las últimas consecuencias las transformaciones operadas por la Revolución Francesa: el acelerado proceso de modernización iniciado en 1789 debía seguir su curso y terminar de reformar no solo las leyes, sino también las ideas y costumbres, sepultando definitivamente el Antiguo Régimen.

Libertad y socialismo, obra escrita pocos años después de su regreso a Francia, es una defensa sin reservas de la libertad económica, de modo especial en el ámbito del trabajo industrial y su relación con el capital. Sin embargo, el libro abarca un amplio arco de temas, que van desde la política monetaria y la organización del crédito, hasta el rol de las familias de ingresos medios en la sociedad, las huelgas, la herencia o la desigualdad. El conjunto ofrece un interesante panorama social de su época, y constituye un excelente modo de acceder a su pensamiento económico y político. El autor deja claro su objetivo de llevar hasta las últimas consecuencias las transformaciones operadas por la Revolución Francesa: el acelerado proceso de modernización iniciado en 1789 debía seguir su curso y terminar de reformar no solo las leyes, sino también las ideas y costumbres, sepultando definitivamente el Antiguo Régimen. En el ámbito laboral, esto significaba, entre otras cosas, asentar la llamada “libertad del trabajo” (autonomía en la elección de profesión, libre fijación de salarios, movilidad, etc.), y superar definitivamente el esquema basado en gremios de las sociedades tradicionales. La obra de Courcelle-Seneuil es una reacción al socialismo de su tiempo, que cuestionaba la distribución entre capital y trabajo e intentaba restituir algunas formas de regulación laboral. El objetivo del autor es justificar “la vía de la libertad” como el modo de mejorar las condiciones de todos y mitigar el conflicto entre empresarios y obreros.

Así, como bien nota Jocelyn-Holt, el liberalismo que recibimos en Chile, aunque inglés en su origen, llegó mediado por la experiencia francesa. Tuvo un claro sello positivista, por el que la economía era considerada como ciencia exacta, que ofrecía leyes de aplicabilidad universal. De cualquier modo, es interesante constatar cómo el pensamiento de nuestro autor se distancia hasta cierto punto de otras doctrinas liberales que lo precedieron y sucedieron, y que han sido calificadas de “absolutistas” por su carácter dogmático y omnicomprensivo. Courcelle-Seneuil estudia los fenómenos económicos atendiendo al contexto institucional y a las particularidades de tiempo y lugar en que se desarrollan. Como pone de manifiesto el prólogo del libro, el francés es consciente de que la economía no se puede pensar en el vacío y que no basta enseñarla como pura razón y lógica. Al decir de Jocelyn-Holt, su liberalismo no es “químicamente puro”, sino una combinación realista de “convencimientos y contingencias” (p. 18).

Sin embargo, el tono apologético del libro y la manifiesta ansiedad por instaurar el “imperio de la libertad” que lo recorre, revelan la fe de Courcelle-Seneuil en la libertad económica como solución a los conflictos sociales de su época. Jocelyn-Holt, desde la distancia que da el tiempo, no duda en calificar de ingenua esta posición: la historia tardó poco en demostrar que sus propuestas “no supieron calcular cuánta resistencia produciría su lógica liberal” (p. 25). Jocelyn-Holt llega aún más lejos, al advertir que nuestro autor no reparó en “qué tan responsable pudo ser el liberalismo y su mismo progreso en engendrar adhesiones socialistas” (p. 25).

El tono apologético del libro y la manifiesta ansiedad por instaurar el “imperio de la libertad” que lo recorre, revelan la fe de Courcelle-Seneuil en la libertad económica como solución a los conflictos sociales de su época.

La cuestión sobre la libertad del trabajo, tópico central del libro, permite aproximarse a la raíz de algunas de las dificultades referidas. La movilidad laboral característica de la sociedad moderna ‒que tiene una contracara de inestabilidad y despersonalización, en contraste con el esquema tradicional de gremios‒, constituye para Courcelle-Seneuil un avance que hay que defender con ahínco, en oposición a cualquier regulación laboral (al punto de calificar de “comunismo puro” la fijación de un salario mínimo). Lo anterior permite ilustrar la eterna tensión entre libertad y autoridad que plantea el liberalismo, en que todo ejercicio de autoridad puede ser considerado ilegítimo. Esta visión supone olvidar que el despliegue de la autonomía individual en la sociedad moderna tuvo como correlato el crecimiento del Estado. En otras palabras, la libertad entendida como autonomía y el surgimiento del Estado son fenómenos que se dieron de forma contemporánea y que dependen el uno del otro: no hubiera sido posible el auge de la primera sin el segundo. Basta una mirada a la historia de los últimos tres siglos, y a las propias dificultades económicas que hoy enfrentan nuestras sociedades, para comprender que la liberalización económica va requiriendo regulación, pues no tiende a hacerlo de modo autónomo. Por lo mismo, resulta llamativo que cierto liberalismo no logre dar cuenta del lugar que ocupa el Estado en una economía de mercado y anhele prescindir de la autoridad política ‒nos bastaría el mercado para coordinarnos‒ en nombre de la libertad.

Llegados a este punto, surge una interrogante: ¿en qué medida puede decirse que le debemos algo a la sociedad? La respuesta de Courcelle-Seneuil es interesante, si se considera la influencia liberal clásica en su pensamiento: tenemos una deuda con ella. “Si hemos sido educados de una forma diferente de los pueblos salvajes, ¿no se lo debemos a la sociedad y a las instituciones por las que ésta ha madurado?” (p.77). Parece decir: no podemos ignorar esa transmisión cultural de la que nos hemos nutrido en nuestra interrelación con otros; no podemos comprendernos a nosotros mismos al margen de todas las relaciones, de modo aislado. Es cierto que nuestro autor rápidamente recupera la perspectiva económica clásica al indicar que lo conveniente para la sociedad es que cada uno de sus miembros se desarrolle todo lo que sea posible (donde pareciera que “desarrollo” alude fundamentalmente a su dimensión económica y el bien social o común es entendido como la mera sumatoria de bienes particulares). Como sea, la lectura del libro deja claro que su liberalismo no es de corte estrictamente individualista. Otro ejemplo sorprendente: aunque Courcelle-Seneuil considera inútiles y perjudiciales las resoluciones colectivas de trabajadores (como las relativas a los salarios), aboga por la libertad de reunión y deliberación, no reconocida por la legislación francesa en ese momento. Para él, “la libertad del trabajo y de la industria está ligada en una cierta medida a la libertad política” (p. 175). Esto lo lleva a defender las instancias de deliberación común, aún a riesgo de que se tomen decisiones equivocadas. En esa capacidad efectiva, el autor reconoce la vía para alcanzar formas de asociación (cajas de ahorro, cámaras sindicales, sociedades de consumo, crédito o producción, etc.) que considera fundamentales para los trabajadores. El liberalismo contemporáneo bien podría enriquecerse incorporando esta dimensión en sus reflexiones.

La FPP ha realizado una audaz apuesta al rescatar a un intelectual del que nos separan casi dos siglos, pero con quien es posible establecer un diálogo fructífero.

Como se ve, Courcelle-Seneuil parece moverse en dos planos, no fácilmente conciliables: de una parte, la “ortodoxia liberal”, que suele comprender al individuo como un ser autónomo, desvinculado de las estructuras comunitarias y corporativas en las que vive inserto (y cuya aspiración parece ser radicalizar esa independencia); y, de otra, la conciencia de la necesidad que tiene el hombre moderno de arraigo y de vínculos, sin los cuales corre el riesgo de desaparecer frente al Estado. Esta tensión interna ‒tan presente en los escritos de Tocqueville, aunque de modo distinto‒ aflora continuamente en la obra del autor, manifestando hasta qué punto su compromiso con lo que llama “el imperio de la libertad” entra en conflicto con su reconocimiento de fines sociales, más allá de la pura individualidad. Es significativa su referencia a la necesidad de “una cierta comunión (…) moral e intelectual” (p. 203) para el despliegue del mismo proyecto liberal. La cuestión que inevitablemente se plantea es en qué medida este proyecto es capaz de crear y preservar el orden moral que necesita para su propia existencia. La pregunta continúa abierta y la reciente visita a Chile del politólogo Patrick Deneen ha contribuido a traerla nuevamente a la discusión pública.

La FPP ha realizado una audaz apuesta al rescatar a un intelectual del que nos separan casi dos siglos, pero con quien es posible establecer un diálogo fructífero. En efecto, su obra suscita preguntas de asombrosa actualidad. En palabras de Alfredo Jocelyn-Holt, “mientras podamos seguir leyéndonos unos a otros, superando desconfianzas previas, persistirá cierta posibilidad de que algún día nos entendamos” (p. 29). Y persistirá también la posibilidad de comprender mejor las dificultades que enfrentan actualmente las categorías políticas y económicas con las que hemos pensado el mundo en los últimos decenios.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: