Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 17 de octubre, 2019

[Reseña] Descifrar los tiempos populistas

Investigadora del IES Josefina Araos Bralic

Nuestra tarea, plantea Óscar Landerretche en su libro Chacota. La República en la era del populismo, debiera consistir en restablecer el contrato social de nuestro ordenamiento político, repensar el diseño institucional que hace posible nuestra vida en común. El objetivo sería “volver a entender el mundo y establecer un nuevo orden que recoja virtudes éticas anteriores en un nuevo marco institucional que arrope las heterogéneas y complejas sociedades que vienen”. Un diseño “antifrágil y flexible”, consciente de sus límites y capaz de adaptarse a nuestra “cambiante realidad”. Nada más, nada menos.

Josefina Araos Bralic Investigadora del IES
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Chacota. La república en la era del populismo. Óscar Landerretche. Planeta. Santiago, 2019. 

Pareciera que Óscar Landerretche eligió como título de su último libro justamente aquello que quiere evitar a toda costa: la chacota. En un ensayo lleno de metáforas, analogías temporales y referencias de variado origen, el economista y expresidente de Codelco se toma muy en serio el actual escenario de la política chilena y mundial. Y, frente a él, su diagnóstico es duro y frontal: los tiempos que corren son difíciles y llenos de incertidumbre; las amenazas, diversas y peligrosas; pero, para empezar siquiera a vislumbrar soluciones, se requiere un esfuerzo comprensivo antes que cualquier acción voluntarista. De estas últimas, en nuestros días, hay de sobra.

El punto de partida del libro es la constatación del avance del populismo como alternativa política para resolver los problemas que enfrentan las democracias contemporáneas. Para Landerretche, se trata de un escenario preocupante, pues el populismo constituye una amenaza que “corroe” como un virus al orden democrático liberal. Aunque reconoce la ubicuidad del fenómeno –“hay populismo para todos los gustos”–, afirma que sus múltiples variantes coinciden en ofrecer proyectos radicales para lidiar con la efectiva crisis actual, al tiempo que reivindican la validez de “otros sistemas políticos como dictaduras, autoritarismos y colectivismos”. Sin embargo, la principal preocupación de Landerretche es que el populismo instala como principio de acción política el “imperio de la voluntad”, como si los desafíos que tenemos por delante dependieran apenas de contar con la convicción suficiente para superarlos.

Así, puede decirse que el libro de Landerretche viene a sumarse al creciente caudal de publicaciones motivadas por la ola populista que azota al mundo, y que mantiene aterrada a la clase política. No obstante, a diferencia de la mayor parte de ese corpus, su texto no se enfoca en la caracterización (casi obsesiva) de los líderes que encarnan tal amenaza, sino en la “realidad social” –para usar los términos de Ernesto Laclau– que se esconde detrás del fenómeno. A ojos del autor, el populismo es finalmente un tipo de respuesta a un escenario de cambios y transformaciones dramáticas frente a las cuales la institucionalidad y el sistema político se han revelado obsoletos. Y ese fracaso no es culpa de los populistas. De este modo, por más que vaya y vuelva en múltiples momentos sobre el populismo, el libro de Landerretche es antes que nada un intento por comprender las causas que explican el agotamiento de los sistemas institucionales disponibles e ilustrar la urgencia de asumir la tarea –fundamentalmente política– que ello nos pone por delante.

Un nuevo orden social

Para Landerretche, detrás de la crisis de la democracia liberal se esconde una verdadera “revolución tecnológica” que ha alterado –y lo seguirá haciendo– la “estructura fundamental” de los ordenamientos sociales contemporáneos. No es apenas un cambio en un área específica, sino una transformación de todos los ámbitos de la vida social que termina por poner en duda todo aquello que, hasta ahora, dábamos por cierto. La revolución tecnológica descrita tendría que ver con la fase de la globalización que se ha ido consolidando en las últimas décadas, resumida por el autor en “la redistribución y reorganización de la división global del trabajo”. Usando como analogía la crisis generada por la Revolución Industrial, Landerretche da cuenta de la progresiva precarización de las clases medias industriales y obreras del primer mundo, así como de los efectos de ese escenario en las economías de los países menos desarrollados. Sin embargo, este no es un fenómeno nuevo. Fue la crisis subprime del 2008 el hito determinante que agravó el curso de este difícil proceso, generando en los grupos más golpeados la sensación de vulnerabilidad y desconfianza, y en la política una completa parálisis.

“Sectores sociales que llevaban décadas lidiando con el doble desafío de sostenerse con niveles de ingreso real estancados (…) y la necesidad de asumir los costos financieros y humanos para reconvertirse desde sectores tradicionales manufactureros hacia la industria de servicios, repentinamente se vieron enfrentados a una dramática aceleración del proceso”, dice el autor. La sociedad ya se había resignado a un futuro incierto y cambiante, pero nadie previó que la velocidad aumentaría exponencialmente, al punto de hacer de esa transformación y sus efectos, para usar sus palabras, un problema inmanejable política y culturalmente. En paralelo a esto, Landerretche da cuenta de la creciente complejización de las sociedades contemporáneas, donde todas las estructuras tradicionales –mercado, Estado, trabajo, capital– parecen disolverse, al dejar de funcionar según las categorías a las que estábamos acostumbrados. De pronto, dice el autor, ante la incapacidad de las instituciones para mediar en este escenario, los ciudadanos comienzan a sentirse “atrapados en la complejidad”, abriendo paso a las más diversas manifestaciones de malestar y descontento. Como ha afirmado Zygmunt Bauman, este mundo parece ser tremendamente líquido y, frente a eso, requerimos instancias a la altura, capaces de guiar aquello que Landerretche llama una crisis epistemológica y cultural.

El origen del mal

Es aquí donde se introduce una de las imágenes más potentes del libro: los pactos fáusticos. Haciendo referencia a la clásica figura literaria alemana, el autor utiliza a Fausto como metáfora de los peligros que aparecen en las diversas alternativas levantadas para enfrentar la crisis. Ante la magnitud de las dificultades que tenemos por delante, la tentación de establecer “pactos con el diablo” es demasiado fuerte, y bien sabemos que ellos implican abrir el paso a fuerzas violentas que pronto se revelan incontrolables. En el abanico de pactos fáusticos descritos por Landerretche, el populismo es apenas un riesgo entre muchos otros, y le basta mirar la historia para encontrar una variedad de ejemplos dramáticos. Llenos de buenas intenciones, estos acuerdos son para el autor “el verdadero origen del mal”, pues traicionan los principios fundamentales que sostienen nuestra vida colectiva por la idea abstracta de un bien futuro. Y de esta tentación nadie se salva. La violencia justificada para liberarse de una dominación de largo aliento, las propuestas revolucionarias prometedoras del progreso o la igualdad definitiva, la censura de la corrección política sostenida en la ilusión de una transparencia total de las intenciones, la tecnocracia que, amparada en el conocimiento, aspira a ratos a imponer su poder por la fuerza. Esta última es de hecho para Landerretche la encarnación más común del pacto fáustico en el presente, una suerte de reacción a la ola populista y cuya dinámica conjunta no hace más que reproducir la amenaza autoritaria. Esa será probablemente la mayor tentación que debamos evitar y resistir en el futuro.

¿Qué hacer en este escenario? La respuesta del autor aparece ya en su introducción: “debemos renovar y actualizar el software del contrato social”. Si la metáfora del “pacto fáustico” estructura la caracterización de las amenazas contemporáneas, la idea del contrato social define la sección propositiva del libro de Landerretche. A causa de “la naturaleza multifacética del alma humana, todos los aspectos de nuestra existencia están llenos de contratos”. La personalidad, las costumbres, la cultura, las constituciones son las instancias que permiten articular y administrar la estructura de tensiones y contradicciones que nos constituye como humanidad. Hoy por hoy todos esos niveles están en jaque. El autor sabe bien que no puede abordar todos estos aspectos, pero se preocupa de caracterizarlos para ilustrar la complejidad –también la riqueza– de la vida social y, al mismo tiempo, delimitar el ámbito específico donde aparece el desafío actual de la política. Nuestra tarea debiera consistir ahora en restablecer el contrato social de nuestro ordenamiento político, repensar el diseño institucional que hace posible nuestra vida en común. El objetivo sería, usando sus palabras, “volver a entender el mundo y establecer un nuevo orden que recoja virtudes éticas anteriores en un nuevo marco institucional que arrope las heterogéneas y complejas sociedades que vienen”. Un diseño “antifrágil y flexible”, consciente de sus límites y capaz de adaptarse a nuestra “cambiante realidad”. Nada más, nada menos.

Aunque Landerretche apela a Rousseau y a Hobbes al explicar su idea de contrato social, su comprensión no corresponde a la definición clásica del término. De hecho, acude a los antiguos imperios persa y egipcio para describir cómo funciona el arreglo institucional que hace posible la vida social. Ambos ejemplos están bastante lejos del modelo contractualista moderno, dependiente del consentimiento real y explícito de los involucrados en un acuerdo. A diferencia del liberalismo dominante, Landerretche sabe bien que todo contrato descansa también en una serie de tradiciones y prácticas transmitidas de generación en generación que, aunque no sean consentidas, tienen eficacia y valor. ¿Cómo podríamos sostener una sociedad sin una experiencia real de pertenencia? Marcado por su trayectoria biográfica –que, por lo demás, nutre casi todas las referencias escogidas por el autor–, Landerretche alude a los himnos galeses que se entonan antes de cada partido de rugby: “si cantas esos himnos es porque te haces heredero de esa contradicción y te insertas (…) en esa particular cultura construida para administrar esa incoherencia”. La pertenencia no se construye solamente con el consentimiento, señala el autor. Se recibe, se aprende, se imita. Y entonces, cuando Landerretche afirma que debemos renovar nuestro contrato social, lo hace con la consciencia de que una tarea de ese tipo excede con creces al sistema político. Por lo mismo, a él le asigna un desafío más humilde y acotado, pero no por eso menos fundamental: preguntarse por las características de las constituciones que en el futuro regularán el equilibrio de los distintos principios que articulan nuestros ordenamientos políticos. Lo demás, para bien o para mal, no está en manos de las instituciones.

Volver a entender

Ahora bien, es interesante constatar cómo la vocación propositiva del autor no se expresa con tanta fuerza a la hora de elaborar soluciones concretas, como cuando identifica las premisas fundamentales que debieran estar en la base de cualquier alternativa. Pareciera que Landerretche intuye que eso es más importante que ofrecer un plan resuelto, algo que por lo demás consiste en una tarea deliberativa. Es así que, a lo largo de todo el ensayo, podemos ver una y otra vez la apelación a la complejidad de la vida social, a las restricciones que impone nuestro siempre limitado conocimiento de la realidad, al infinito valor de las diversas costumbres y tradiciones que constituyen la existencia humana a través de toda su historia. En ese sentido, el libro de Landerretche es un llamado a la mesura y al realismo. Pero el suyo no es un gradualismo sin fundamento. Se trata más bien de una actitud de cuidado derivada de la consciencia de que los ordenamientos políticos no están llamados a crear ni construir la realidad, sino a resguardarla y apoyarla. Algo que suele olvidarse cuando los tiempos, como ocurre hoy día, exigen respuestas radicales y urgentes. De esta forma, Landerretche logra resistir la dinámica dominante frente al populismo: el escándalo, la denuncia, la preparación para el combate. El autor de Chacota propone en cambio “volver a entender”, revisando críticamente nuestras instituciones, pero también, y especialmente, interpretando aquello que define nuestro propio presente, para que cualquier respuesta sepa que no puede nunca sacrificar lo que existe por la promesa ilusoria de un bien definitivo.

El libro de Landerretche destaca así en medio de la vociferación generada por el “momento populista”. Quizás su principal novedad resida en el hecho de haber entendido que a la parálisis y desorientación reinantes les subyace un déficit comprensivo: creímos haber descifrado de forma definitiva a la sociedad, cuando su historicidad constitutiva exige que estemos siempre interrogándola. Y en eso también consiste la tarea política. En ese sentido, este ensayo es un valioso aporte que, sin embargo, le plantea al mismo autor una serie de desafíos. En el último tiempo, Landerretche ha aparecido como carta política en una centroizquierda desorientada y sin proyecto. Si está dispuesto a entrar en esa arena, tendrá que poner a prueba su propia propuesta, y resistir él mismo los cantos de sirena que bien describe en este libro. Como sea, parece esperanzador que en nuestro futuro político esté disponible una figura que ha decidido antes que nada pensar.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más