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Publicado el 06 de agosto, 2018

[Reseña de Libros] Una mente brillante

Periodista Juan Ignacio Brito
Walter Isaacson, autor de biografías de Einstein y Steve Jobs, aborda ahora la vida de Leonardo da Vinci, quizás el mayor genio en la historia de la humanidad, quien no solo fue un artista de talento extraordinario, sino también un pionero superdotado que se adelantó a su época, un observador de aguda curiosidad y un innovador con un interés insaciable por el conocimiento y la experimentación.
Juan Ignacio Brito Periodista
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A Walter Isaacson le fascinan los genios. En Steve Jobs describió la trayectoria del fundador de Apple, mientras que en Einstein, su vida y su universo mostró la asombrosa carrera del físico más célebre de la historia. Ahora el ex director de la revista Time vuelve sobre el tema en Leonardo da Vinci: la biografía, una narración que lo llevó a escudriñar en las más de 7.200 páginas de notas, dibujos y garabatos que el artista italiano dejó en sus famosos cuadernos y que permite asomarse a la mente brillante de un hombre que exploró la creación para comprenderla y entender cómo encajamos en ella.

Según Isaacson, en Leonardo hubo mucho más que un artista con dotes extraordinarias. Fue un “genio innovador”, un pionero que nunca se conformó con respuestas preconcebidas y siempre quiso ir un paso más allá. “Lo que convirtió a Leonardo en un genio –dice Isaacson— fueron la creatividad, la capacidad de aplicar la imaginación al intelecto” y una mente universal que se acercó a múltiples disciplinas. Cualidades alimentadas por una curiosidad omnívora que “lo empujó a convertirse en una de las pocas personas a lo largo de la historia que han tratado de saber todo lo que había que saber sobre todo lo que se podía saber”.

Desde el vuelo de los pájaros hasta la anatomía; desde la pintura a la ingeniería, pasando por la música, la óptica, la escultura, el teatro, la geometría, la arquitectura, el diseño de vestuario y de armas, la hidráulica, las fábulas y la cartografía… prácticamente no hubo disciplina que no atrajera el interés voraz de Leonardo, quien no solo se distinguió por la inacabable amplitud de sus investigaciones y proyectos, sino también por el método que ideó para llevarlos a cabo. Según Isaacson, Leonardo rompió con la tradición escolástica medieval que no dejaba espacio a la experimentación y al escepticismo y fue un adelantado al utilizar un enfoque empírico basado en “observaciones en las que pretendía descubrir pautas, con el fin de comprobar después su validez mediante nuevas observaciones y experimentos”. Prefiguró así el método científico más de un siglo antes que Francis Bacon lo describiera en su Novum Organum.

El talento sobrecogedor de Leonardo despuntó muy temprano. Después de vivir su infancia en Vinci junto a su madre –una mujer pobre y huérfana que a los 16 años tuvo una fugaz aventura con el notario Piero da Vinci— Leonardo se fue a vivir con su padre, quien se había casado con otra mujer y residía en la cercana Florencia. Allí entró en contacto con el maestro Andrea Verrocchio, a cuyo taller ingresó como aprendiz y donde comenzó su carrera artística. De acuerdo a Antonio Vasari, el primer biógrafo de Leonardo, Verrocchio quedó “estupefacto” por el talento de su joven ayudante.

Ahí se inició una carrera que no supo de límites. Ya en los primeros trabajos con Verrocchio se advierte la genialidad innovadora de Leonardo, como ocurre en Tobías y el ángel y, sobre todo, en El Bautismo de Cristo, donde pintó con tal perfección el ángel situado abajo a la izquierda del cuadro que, según Vasari, Verrocchio “nunca más quiso pintar”. El discípulo había superado al maestro.

A los 20 años, Leonardo abandonó el taller de Verrocchio. Isaacson lo describe como un joven de “belleza y gracia llamativas. Tenía una larga cabellera de rizos de un rubio dorado, constitución atlética, una notable fuerza física y un porte elegante”. Llamaba la atención en parte porque vestía jubones de brocado y túnicas rosadas, y también por su abierta homosexualidad, que lo llevó a vivir siempre rodeado por atractivos jóvenes y adolescentes. A diferencia del hosco Miguel Angel Buonarotti, el otro gran genio de su época y con quien rivalizó hasta el punto de la envidia mutua, Da Vinci tenía lo que hoy llamamos “habilidades blandas”. Era un muy buen conversador, un afinado vocalista y un hábil intérprete de la lira que encantaba con su personalidad magnética.

Innovador y perfeccionista

Ya desde entonces, Leonardo innovaba en el uso de técnicas distintas y desafiantes que fue perfeccionando a lo largo de su vida. Fue uno de los primeros en pintar con sfumato, la técnica de difuminar los bordes sin usar líneas, sino sombras, con el propósito de reflejar el relieve de los objetos y los personajes. El historiador del arte Ernst Gombrich sostiene que el sfumato “es la famosa invención de Leonardo; el contorno borroso y los colores suaves permiten que una forma se funda con otra dejando siempre algo a la imaginación”. Como a menudo sucedía con Da Vinci, nada era un accidente ni fruto de la improvisación. La tridimensionalidad de sus obras se debe al especial cuidado que entregó por años al estudio de las sombras y la luz. Su temperamento obsesivamente curioso hizo que advirtiera que las líneas no existen en la realidad, sino que más bien son constructos matemáticos. “La línea no conoce en sí misma materia o sustancia alguna”, anotó en uno de sus cuadernos. Más adelante concibió un aforismo: “Tú, pintor, no perfilarás tus cuerpos con líneas”. Para representar formas y volúmenes recomendaba trabajar con el claroscuro, que es el que permite ilustrar adecuadamente los objetos.

El afán perfeccionista de Leonardo hizo que no se contentara con las formas de representación conocidas hasta el Renacimiento. Por ejemplo, experimentó con nuevas técnicas para representar el color. En ocasiones esto provocó grandes desastres, como queda en evidencia con la mezcla de óleos que usó en La Ultima Cena, una de sus obras más destacadas, ubicada en el refectorio del convento Santa María delle Grazie en Milán. Descascarado y opaco pese a las restauraciones, el fresco es, según Isaacson, “la pintura narrativa más fascinante de la historia”, debido a su magistral manejo de la perspectiva natural y artificial y su destreza para plasmar el movimiento y las emociones de los protagonistas.

En La Ultima Cena, Da Vinci puso en práctica uno de los principios fundamentales que guiaron su trabajo. “El buen pintor debe pintar dos cosas principales, que son: el hombre y el concepto de su mente. El primero es fácil y el segundo difícil”, anotó en sus cuadernos con la escritura especular (de derecha a izquierda) que lo caracterizó. Luego añadió: “El movimiento que se representa debe ser apropiado al estado mental de la figura. Los movimientos y posturas de los personajes deben mostrar el verdadero estado mental del originador de esos movimientos, de tal manera que no puedan significar nada más. Los movimientos deben anunciar los movimientos de la mente”. En esto fue un fiel seguidor del Tratado de Pintura de Leon Battista Alberti, uno de los tesoros más preciados de la biblioteca de Leonardo.  Según Alberti, “los movimientos del alma se reconocen por los movimientos del cuerpo”.

La capacidad de Leonardo para representar las manifestaciones externas de las emociones internas quedó de manifiesto en el retrato de Cecilia Gallerani, la bella amante del duque de Milán, a quien inmortalizó en La dama del armiño (1490). Según el historiador del arte John Pope Hennessy, se trata del primer retrato moderno. La destreza de Da Vinci alcanzó, sin embargo, su glorioso clímax en La Mona Lisa, el retrato de Lisa Gherardini, la joven esposa del próspero comerciante de seda florentino Francesco del Giocondo, que Da Vinci pintó entre 1503 y 1517, dos años antes de su muerte. El historiador del arte Kenneth Clark afirma que La Mona Lisa resume el trabajo y los intereses de Leonardo: “La ciencia, la habilidad pictórica, la obsesión por la naturaleza, la percepción psicológica: todo allí está, y de un modo tan equilibrado que, al principio, apenas nos percatamos de ello”. Para Isaacson, el cuadro es una “destilación de la sabiduría acumulada” por el artista y “la meditación más profunda de Leonardo sobre lo que significa ser humano”.

El desarrollo de un artista

El progreso artístico de Leonardo queda en evidencia al comparar el retrato de Lisa Gherardini con el que él mismo realizó a mediados de la década de 1470 a otra dama florentina, Ginevra de Benci.  Aunque este último incluye algunos rasgos que afirman las obsesiones del pintor –el pelo ensortijado y los fondos naturales— la expresión acartonada de Ginevra está muy lejos del logro triunfal que supone la cautivadora sonrisa de la Gioconda.

A lo largo de las más de tres décadas que mediaron entre ambas pinturas, Da Vinci se desarrolló como artista y adquirió los conocimientos que puso en práctica al pintar La Mona Lisa. Durante ese período vivió en Florencia, Milán, Roma y Amboise bajo el mecenazgo de caudillos y monarcas poderosos como Lorenzo de Médicis y sus hijos Julio y Juan (el Papa León X), Ludovico Sforza, César Borgia, Carlos de Amboise (el gobernador francés de Milán) y el rey Francisco I de Francia, quien lo acogió en los últimos años de su vida y fue, de acuerdo a Isaacson, “su más devoto mecenas”. Con todos ellos fue un cortesano hábil y pragmático. “En una tierra –señala Isaacson— donde los Médicis, los Sforza y los Borgia luchaban por el poder, Leonardo sabía cuáles eran el momento y el patrono indicados y cuándo tenía que pasar al siguiente”.

Leonardo aprovechó la generosidad de sus patrones para abordar sus múltiples intereses e ir cultivando la novedosa mirada que lo distinguió, la cual combinaba ciencia y naturaleza. Sus convicciones recibieron influencias del espíritu de la época que le tocó vivir, el Renacimiento, una era de recuperación de las tradiciones clásicas que habían sido postergadas a lo largo de la Edad Media.

Imbuido de ese ánimo, Da Vinci se nutrió de las enseñanzas del arquitecto romano Marco Vitruvio Polión (siglo I AC), quien sostenía que “el hombre contiene en sí mismo todas las perfecciones generales del mundo”. Este principio se transformó en uno de los dogmas del humanismo renacentista. Vitruvio estudió las proporciones anatómicas del hombre y llamó a inscribir la figura humana dentro de un círculo y un cuadrado para determinarlas con exactitud. Así nació el dibujo más famoso de Leonardo. Según Isaacson, “El Hombre de Vitruvio de Leonardo simboliza un momento en que el arte y la ciencia se combinaron para permitir que las mentes perecederas examinaran las preguntas eternas sobre quiénes somos y cómo encajamos en el orden del universo”.

La perfecta mezcla entre arte y ciencia de la que hizo gala Leonardo constituye su aporte más innovador. Dicha combinación queda de manifiesto en la intensa manera en que estudiaba para acometer sus proyectos, muchos de los cuales, como La Batalla de Anghiari o La adoración de los magos, quedaron inconclusos debido a su perfeccionismo enfermizo. Con idéntico celo, Leonardo realizó acabados estudios anatómicos en cadáveres con el objetivo de conocer a fondo la naturaleza humana. “Es preciso que el pintor conozca la anatomía de los nervios, los huesos, los músculos y los tendones”, apuntó en uno de sus cuadernos. Isaacson indica que tales esfuerzos se explican porque Leonardo se propuso llevar a cabo “la más admirable de las tareas del intelecto humano: nada menos que comprender por completo la medida del hombre y su encaje en el cosmos”. Su dedicación y su creatividad no conocieron límites en el intento por entender la universale misura del uomo, “la medida universal del hombre”, según escribió. Esa fue, según Isaacson, “la misión que definió la vida de Leonardo y la que combinó su arte con su ciencia”. Una tarea que llevó adelante con genialidad única y una capacidad asombrosa para innovar en todas las áreas del saber.

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