Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 18 de febrero, 2019

[Reseña de Libros] Recuerdos de la vida media

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

El segundo tomo de las Memorias de Jorge Edwards muestra al escritor iniciando su carrera diplomática, participando del surgimiento del boom literario latinoamericano y observando el influjo de la Revolución Cubana en la intelectualidad de una época en que «nos emborrachamos con las consignas con facilidad y nos convertimos en esclavos de ellas».

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Esclavos de la consigna. Memorias II. Jorge Edwards. Lumen. 295 páginas. 

 

Las memorias literarias son una excelente forma de acercarse no solo a los libros, sino también a los autores y su tiempo. Es lo que ocurre en este caso con Jorge Edwards, quien en el 2013 ya había publicado la primera entrega de sus Memorias, con el título Los círculos morados, que se refería a los primeros años de un niño y joven que recibió una buena educación, se manifestó como un gran lector y tempranamente manifestó deseos de escribir. En esta segunda parte se extiende desde «los veinte y tantos años» hasta que el escritor se aproxima al medio siglo, en una narración que procura ser un retrato generacional, de aquel mundo cultural que vivió el impacto de la Revolución Cubana y las transformaciones que experimentó Chile entre mediados de siglo y el advenimiento de la Unidad Popular al gobierno, en 1970.

 

Jorge Edwards ha sido un escritor destacado, con una prolífica obra a su haber e importantes reconocimientos literarios, entre los que podemos destacar el Premio Nacional de Literatura (1994) y el Premio Cervantes (1999). Además, como sabemos, desarrolló una carrera diplomática que le ha permitido conocer muchos lugares y, más importante todavía para efectos de su obra, nos ha legado un par de obras fundamentales: Persona non grata, sobre su experiencia en Cuba a fines de 1970, y Adiós poeta…, cuando acompañó al poeta Pablo Neruda, embajador de Chile en Francia, durante 1971, precisamente cuando recibió el Premio Nobel de Literatura. ¿Qué tipo de libros son esos? No está de más la pregunta, ya que bien podrían ser novela o memorias, o simplemente autoficción, fórmula literaria que permite transitar con cierta libertad por pasajes históricos que efectivamente tuvieron personajes, tiempo y lugar.

 

Estas Memorias no tienen, necesariamente, un orden cronológico, sino que van apareciendo temas a medida que Edwards quiere recordar y escribir. En la juventud aparecen algunas de las lecturas principales del futuro escritor, como fueron James Joyce, William Faulkner (autor clave para el boom latinoamericano), Stendhal, el ruso Dostoievski y un historiador, Johan Huizinga y su siempre hermoso El otoño de la Edad Media. Entre medio, una de esas confesiones que hay que leer con atención, porque son reflejo de personalidad propia y forma de hacer las cosas: “Solo me gusta la lectura libre, universal, no programada”.

 

Al ingresar a la vida diplomática se le abrió pronto la oportunidad de una estadía en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos. Fue una gran época para estudiar, leer y asistir a clases y conferencias. Una de estas fue, ni más ni menos, que de Fidel Castro, quien aprovechó de explicar que la suya sería una revolución moderada, con posibilidades comerciales y creación de propietarios agrícolas. El tema tendría larga duración para la intelectualidad latinoamericana, como resume Jorge Edwards: «la Revolución cubana, y la revolución estética de la que empezábamos a formar parte, eran fenómenos concordantes, convergentes». En la práctica, los escritores de la década de 1960 estaban tan comprometidos con el éxito del proceso cubano como con su propia obra literaria.

 

Así se podía apreciar en los círculos que conoció y a los cuales se vinculó Edwards. Fue el ambiente de algunos encuentros literarios, como aquel en el cual participó el mexicano Carlos Fuentes en Concepción, con una contundente retórica antiimperialista. Con más fuerza lo vivía un joven peruano al que conoció en París y que tenía las obras de Lenin en su departamento: Mario Vargas Llosa, a quien reconoció como «estupendo lector y brillante expositor», de quien le impresionó «su capacidad de trabajo, su enorme, casi desbocada, capacidad de lectura, su total entrega». Eran los años del «cambio de folio», de una nueva literatura en el continente y el redescubrimiento de otros autores: el propio Vargas Llosa y Gabriel García Márquez serían los más destacados, pero también estaban Fuentes, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo y Alejo Carpentier. Es un tema, el del boom, que podría haber recibido un tratamiento más largo en Esclavos de la consigna.

 

Política y literatura

Como telón de fondo de la narración aparece la política chilena, progresivamente intolerante y sectaria desde Carlos Ibáñez del Campo hasta Salvador Allende, pasando por Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva. En ese mundo cultural, la política y la literatura eran caminos que se entrelazaban, sobre todo para una generación en la que más tarde algunos reconocerían, en palabras, de Edwards, que «nos emborrachamos con las consignas con facilidad y nos convertimos en esclavos de ellas».

 

Dos anécdotas narradas en estas Memorias ilustran muy bien cómo Chile se vio involucrado en este ambiente de intolerancia cultural y política. Un caso afectó a Neruda, con quien Edwards tuvo una amistad larga, aunque también con alguna saturación (había “nerudiado más de la cuenta”, reconocería con los años). El poeta, postulante al Premio Nobel en la década de 1960, decidió ir al Pen Club de Nueva York, recibiendo la rápida e implacable condena de los escritores cubanos, sin duda animados por el dictador Fidel Castro. El segundo caso se refiere a Eduardo Frei Montalva, con ocasión del Congreso Internacional de Escritores en Viña del Mar, en 1969. El Presidente Frei le pidió a Edwards organizar una reunión con los escritores en Cerro Castillo y tomar una copa con ellos, pero la invitación cayó en el vacío: «nadie quería reunirse con él, y yo añadiría un detalle bastante concreto: nadie quería sacarse una foto con él». En años de castrismo e intolerancia, una mala foto con el político inadecuado podía ser un grave pecado de «incorrección política».

 

El regreso de Jorge Edwards a Chile a fines de la década del 60, después de una estadía muy valiosa en París, coincidía con una decisión importante: «podía convertirme en narrador, en autor de textos limítrofes entre la ficción y la autobiografía, en novelista o autor de casi novelas (como dijo uno)». Sin embargo, esta etapa -la vida de escritor- suponemos será parte de los próximos tomos de estas Memorias que ojalá aparezcan pronto.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: