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Publicado el 20 de agosto, 2018

[Reseña de Libros] Medioambiente y política

“Antropoceno. La política en la era humana” (Taurus, 2018) es el último libro del español Manuel Arias Maldonado. En él intenta bajar los niveles de ansiedad que rodean al tema medioambiental (especialmente respecto del calentamiento global) sin desatender, sin embargo, los conflictos sociales que surgen a partir de éste.

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Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medioambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia. También Real Green. Sustainability after the End of Nature.

 

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana, llegó a las librerías este año. Trata, claro, del Antropoceno, un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el químico Paul Crutzen lo introdujera. El planeta estaría abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, a causa de la actividad humana y su influencia sobre el planeta, en el Antropoceno. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature– encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

 

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo, dice el autor.

 

Luego de aceptar que el término Antropoceno llegó para quedarse, AM aborda el cúmulo de entresijos que lo rodean. Desde que no hay acuerdo de geólogos sobre finiquitar el Holoceno tras sólo 11.700 años de existencia, pasando por la incertidumbre respecto de su origen (¿comienza con la industrialización o con la tecnología, o hay que buscar otros marcadores como el comienzo de la revolución neolítica?) hasta sus problemas lingüísticos: para algunos sería un término megalómano, para la crítica ecofeminista se trataría de un proceso de dominación masculina, están los que hablan de Capitaloceno, los del Oligoceno de las élites e incluso el Tecnoceno, porque la diferencia humana está dada por la tecnología.

 

Intentando mantener un cierto realismo político y consciente que para cualquier solución se necesita el consentimiento ciudadano, pretende desmantelar el problema del cambio climático como un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista, dice AM, surge como respuesta al ecologismo radical de los años ´60 que defendía demoler el sistema capitalista como la gran solución a todo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo. Ambos extremos le parecen desaconsejables.

 

Uno de los problemas que ha causado el ecologismo radical es convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Absurdo, dice el autor. El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales. Es lo que llama la Ilustración Ecológica. Porque no entiende que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Siempre preservando, eso sí, los valores tradicionales de la sociedad liberal como la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizando condiciones materiales adecuadas para la humanidad.

 

El autor nos recuerda que el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta.

 

Brinda útiles respuestas para los asustados ante planteos apocalípticos de los ecologistas. Nos recuerda que el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En su recorrido por la historia planetaria nuestra insignificancia como especie queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han desaparecido. Hay constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Y no le parece que estemos en presencia de la sexta.

 

Frente a pronósticos catastróficos, recuerda que la especie humana siempre ha sido autodidacta. El imperativo de toda especie de adaptarse a su entorno y sobrevivir, en el caso de la nuestra implica la transformación del entorno para nuestro bienestar y comodidad. Negar que la especie humana pueda encontrar una solución a los problemas estaría anticipando una incapacidad que no tiene por qué confirmarse. Por ejemplo, debido a la mayor eficacia en el uso del campo agrícola, hay reforestación. Por otro lado, en un mundo más cálido habrá más vegetación en muchas zonas, incluyendo la capacidad para producir vergeles allá donde ahora hay desiertos y la de manipular genéticamente las semillas, lo que permite responder a los ecologistas más radicales como los transgénicos, que de manera infundada se han convertido en un demonio para las opiniones públicas de Europa.

 

Acuerda, sí, con la principal hipótesis del Antropoceno –el cambio climático manifestado en el calentamiento global. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar, es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. Técnicamente sigue siendo una hipótesis que el calentamiento haya sido causado por el hombre. Pero tiene altísimas probabilidades de ser cierta y por lo mismo sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario.

 

Es cierto que existe una cantidad finita de recursos. Pero, ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina?

 

Frente a este escenario existen tres grandes visiones: el decrecimiento para reducir el impacto (comunidades más pequeñas), seguir como estamos pero moderando ese impacto (unos límites que no podemos pasar, como la temperatura media del planeta) y una vía un poco más audaz, que dice que debemos pisar el acelerador tecnológico, invertir mucho más en ciencia y tecnología y, por ejemplo, pensar incluso en extraer recursos mineros de otro planeta.

 

Se declara abiertamente opuesto al decrecentismo. Es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser atractiva pero que le negaría a sociedades enteras la posibilidad de formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Tampoco comparte que se nos acabe el tiempo. Es cierto que existe una cantidad finita de recursos. Pero, ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces existan alternativas.

 

Su fórmula: observar y comprender lo que sucede, haciendo cambios en nuestro comportamiento que no afecten el actual avance de la especie -porque tampoco estamos tan seguros de que no vayamos a adaptarnos a un planeta más cálido– pero sin desatender estas tensiones sociales y políticas que no van a dejar de existir porque las ignoremos o las rechacemos dramáticamente.

 

Hacia el final del libro, sin embargo, Arias Maldonado parece caer en su trampa. Debido a que el Antropoceno se caracteriza por ser la suma de muchísimas acciones individuales de toda la especie, propone un sistema de gobernanza global para establecer geopolíticas climáticas. Y aunque nos recuerda que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado –“en eso los liberales siempre han tenido razón”–, parece olvidar que los políticos, una vez tienen la suma del poder, no lo ejercen benignamente. Aceptar un gobierno global significaría imponerles a los ciudadanos una burocracia no elegida por nadie, con el respaldo de jueces y tribunales escogidos por quienes buscan controlar el poder público. Si algo hay alarmante en esta propuesta es lo indefensa que, en el fondo, quedaría la sociedad sin siquiera ser consciente de su pérdida ni tener recursos para reaccionar. Un problema mayor que el de la evolución del clima y que debiera preocuparnos, desde luego, mucho más.

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