Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 04 de octubre, 2018

[Reseña de libros] El fuego amigo de Mark Lilla

Profesor Universidad de los Andes Juan Carlos Infante

Confirmando que no hay peor golpe que el que proviene de las propias filas, el intelectual progresista Mark Lilla denuncia en «El regreso liberal» que, en su afán por perseguir las reivindicaciones sociales de grupos particulares, los progresistas han perdido su misma razón de ser y su vocación de mayoría, y también han destruido la base misma del progresismo.

Juan Carlos Infante Profesor Universidad de los Andes
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad. Mark Lilla. Editorial Debate. 150 páginas.

 

Para nadie debería ser novedad que las diferencias han jugado un rol central en el desarrollo político occidental de las últimas décadas. Las raíces de esa forma de hacer política se pueden encontrar en Estados Unidos a partir de las décadas de 1950 y 1960, cuando los norteamericanos se vieron forzados a sentarse a discutir seriamente sobre cómo darían respuesta al nuevo rol que tenían las mujeres de la posguerra, de qué forma abordarían el movimiento por el reconocimiento de los derechos civiles de los afroamericanos y qué harían frente a la aparición del movimiento gay.

 

Los debates que se dieron en Estados Unidos se extendieron rápidamente a otras naciones que han moldeado sus instituciones para dar cabida a cada vez más manifestaciones culturales e identitarias que den cuenta de una pluralidad expansiva que está constantemente reconfigurando y redefiniendo las relaciones sociales. Quienes se han autoproclamado líderes de ese modelamiento son los “liberales” (nosotros diríamos “progresistas”) que han alimentado el discurso de la igualdad a partir de la diferencia de grupos con intereses particulares, como podrían ser feministas, LGTBQ+, afrodescendientes, pueblos originarios, inmigrantes, etc., todas agrupaciones minoritarias (supuesta o realmente) marginadas por el resto de la sociedad precisamente por ser minoritarias y distintas a la mayoría de la población.

 

A propósito de los efectos que ha tenido esa forma de hacer política en Estados Unidos es que en julio de este año se publicó en español un ensayo que desafía, desde la mirada de un liberal norteamericano, la tesis que han sostenido los demócratas para conducir su actividad política en las últimas décadas. Ciertamente, El regreso liberal de Mark Lilla ha incomodado a los círculos progresistas, pues ahí critica uno de los pilares que ha sostenido a la izquierda estadounidense a partir de los años 60: que la acción política liberal no debía hacerse ya por la justicia y la solidaridad traducidas en la defensa de las fuerzas trabajadoras o la oposición entre las clases, sino que a partir de reivindicaciones de justicia fundadas en la identidad (diferenciada) de algunos sectores de la sociedad, pasando así de una política basada en la conciencia del nosotros a una política inconsciente del yo.

 

El problema para los progresistas no es si Lilla tiene razón o no, sino que su libro se ha difundido muy rápidamente y no han dejado de entrevistarlo ni invitarlo a programas de radio y televisión. Y en todas partes vuelve a asestar el mismo golpe justo bajo la línea de flotación de los liberales-progresistas. Y es que la política de identidad no solo sostiene ideológicamente el discurso de éstos, sino que ha servido para fundar una cultura de protesta y acción directa a través de marchas, bloqueos, campañas masivas, etc., todo con el consecuente debilitamiento de las formas institucionalizadas de acción política. Por eso, a pesar de que esas prácticas de intervención colectiva han tenido un enorme impacto en los medios de comunicación y redes sociales, Lilla cuestiona su éxito, pues los demócratas han sido incapaces de ganar elecciones, conseguir escaños en el Congreso e institucionalizar sus demandas.

 

El resiliente Mr. Trump

A lo anterior se suma que, a pesar de que los progresistas y liberales anuncian a diario la caída política de Donald Trump, cada día también somos testigos de cómo logra levantarse. La trama rusa, su ambigüedad frente a lo ocurrido un año atrás en Charlottesville o la separación de las familias de inmigrantes han sido insuficientes para que el apoyo a su gestión se desplome significativamente. Entre tanto, los progresistas siguen esperando que en algún momento el pueblo norteamericano espontáneamente “entre en razón” y se dé cuenta del error que cometió al elegir a Trump. Sin embargo, desde el mismo pueblo invariablemente afloran por todos lados sentimientos antiprogresistas, como los movimientos contrarios a la inmigración o las presiones por la defensa de la industria nacional.

 

Todo indica que los progresistas no han aprendido nada de lo ocurrido el 2016 y siguen echándole la culpa al empedrado sin asumir que perdieron la conexión con la ciudadanía y, de paso, de toda forma republicana. Basta con ver cómo reaccionaron frente al triunfo de Trump: organizaron marchas masivas en las grandes ciudades del país contra su elección. Es algo parecido a lo que ocurrió en el Reino Unido con la votación que determinó la salida de la Unión Europea. Y es que los liberales, acostumbrados a la política contestataria, rápidamente se armaron como oposición. Pero, como Lilla deja bien en claro, de ser oposición no emerge ningún proyecto político duradero que seduzca al electorado, sino que, en el mejor de los casos, sólo toca a unos pocos que se identifican con su protesta.

 

En el libro de Lilla se repite recurrentemente que ha sido un error la vía que han seguido los progresistas al liderar y alimentar movimientos sociales, pues lo han hecho desde una posición que combina el activismo con el mesianismo, lo que ha contribuido a que lo alcanzado en las calles se haya perdido en el Congreso, pues simplemente no tienen apoyo institucional suficiente para capitalizar lo obtenido. Eso es algo que ha molestado particularmente a los detractores demócratas de Lilla, quienes lo han acusado de pragmatismo y efectismo, pues ellos consideran estar en una lucha fundada en convicciones que trascienden algo tan terrenal y pedestre como ganar elecciones. A eso se refiere Lilla cuando dice que la política de identidad parece religión más que política.

 

Ángeles contra demonios

La pretendida superioridad moral del evangelio liberal y el carácter mesiánico de sus profetas han eliminado cualquier forma de diálogo y deliberación propiamente política, y no han tenido escrúpulos en señalar con el dedo a todos aquellos que no proclaman la devoción igualitaria. La política de identidad es simple y llanamente contraria a la democracia que busca los acuerdos, pues tiene en su base la imposibilidad de ceder, de negociar y de cooperar con quienes piensen distinto, ya que quienes no comparten sus principios son tratados como parias del mundo moderno. Es una nueva versión de los mitos de la lucha de la luz contra la oscuridad, del bien contra el mal, de los ángeles contra los demonios, donde los liberales parecen haber recibido el don de distinguir clara y definitivamente a unos de otros.

 

En Chile la realidad no ha sido muy distinta. Aunque tarde, el discurso igualitario llegó de una sola vez completo y sin filtros. La izquierda local incluso ha adoptado ese mesianismo que asegura representar y salvar a las minorías. Y es que esa izquierda ha entendido muy bien que en nuestra democracia (al igual que en el resto de Occidente) puede ser tremendamente lucrativo aferrarse a las banderas de la reivindicación identitaria, pues en otros países han abierto la puerta, por ejemplo, a obtener cargos públicos por leyes de cuotas o necesidades “técnicas” que aseguran plataformas para realmente hacer política sin tener que hacer política real (por ejemplo, una defensoría de la niñez o una dirección del INDH), o incluso conseguir franquicias tributarias o fondos públicos para sostener fundaciones para la reivindicación y así -con financiamiento y un sueldo asegurado- “liderar” a otros en su lucha. Todo eso escudado bajo una figura un tanto curiosa de justicia basada en aquello que diferencia a los grupos dentro de la sociedad.

 

Lilla denuncia que en su afán por perseguir las reivindicaciones sociales de grupos particulares, los progresistas han perdido su misma razón de ser, han perdido su vocación de mayoría, y en última instancia, han destruido la base misma del progresismo, pues la política liberal se construye en el nosotros y las relaciones que definen entre ellos. En definitiva, uno de los principales problemas del progresismo, del cual Lilla tampoco se hace cargo, es que subyace el principio de que lo común es una idea abstracta de naturaleza humana, donde solo hay fuerzas creativas derivadas de la individualidad. Por eso hay tantas identidades y derechos como personas existan.

 

Así, el fin de la política queda reducido a la conservación de la paz por la fuerza de una falsa e irreflexiva tolerancia del otro, donde el fortalecimiento de la sociedad vendría dado justamente desde el reconocimiento de la singularidad, desde la excepcionalidad. Esa idea imposibilita la vida propiamente común y es algo que Mark Lilla identifica perfectamente, pero deja en el aire. Quizás llegaría a la conclusión de que no hay otra opción más que cruzar a la vereda de al frente y ya se ha aventurado bastante dando un par de pasos en esa dirección.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más