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Publicado el 09 de octubre, 2018

[Reseña de Libros] Cuando la política lo era todo

Director ejecutivo Instituto de Estudios de la Sociedad Claudio Alvarado
25 años después de su publicación original, vuelve a circular Los hombres de la transición, que relata la manera en que se produjo el traspaso de poder desde Pinochet a Aylwin. Un período difícil, con una trastienda de intensa negociación y, sobre todo, una época en la que mucha gente hizo esfuerzos para que todo resultara bien.  
Claudio Alvarado Director ejecutivo Instituto de Estudios de la Sociedad
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Los hombres de la transición, Ascanio Cavallo, Uqbar, 280 páginas.

 

“Mientras se eleva parsimoniosamente hacia el cielo, con ese movimiento neumático y basculante que no deja calcular la velocidad, el general ve la ciudad plateada por la luz brillante de la mañana”. Este pasaje no forma parte de una novela, sino que es el comienzo de Los hombres de la transición, la ágil crónica de Ascanio Cavallo sobre la recta final del proceso que permitió el retorno a la democracia. Publicada por primera vez hace 25 años y reeditada por Uqbar hace algunos meses en forma muy oportuna, la obra de Cavallo transmite con la fluidez de una obra literaria y la precisión de una monografía histórica las tensiones de los años finales del régimen de Pinochet, aquel momento en que “la política lo era todo”, según señala el prólogo a esta nueva edición. De la mano de episodios e imágenes articuladas a partir de 16 protagonistas de la época (desde Augusto Pinochet a Gabriel Valdés, pasando por Andrés Allamand y Ricardo Lagos), este libro subraya los complejos obstáculos que debieron superarse para transitar de modo pacífico desde la dictadura hacia un régimen democrático.

 

Más que anécdotas

El libro de Cavallo registra con asombroso detalle una serie de situaciones que manifiestan la enorme cantidad de factores contingentes que supone todo proceso político; desde luego, el origen y desarrollo de la transición no es la excepción. No hablamos únicamente de entretelones, sino de una combinación variable de factores deliberados y azarosos, cuya sumatoria ayuda a conocer no sólo la trastienda de los hechos, sino la humanidad y cotidianidad de sus protagonistas.

 

Aunque el libro entretiene a lo largo de sus 280 páginas, sus anécdotas, imágenes e historias están al servicio de algo más profundo.

 

Ahí asoman las “mordientes imitaciones” de Pinochet que practicaba en sus tertulias Jaime Guzmán, quien aparece en varios momentos en la trama, pese a no ser uno de los 16 hombres elegidos por el autor. Ahí están también la rabia que le producían a Alejandro Foxley las comparaciones con Hernán Büchi (“nada representa mejor cuánto ha detestado del régimen que ese técnico excéntrico”), y la falta de confianza que generaba el mismo Foxley a Patricio Aylwin una vez que éste asumió la candidatura presidencial. Asimismo, el fortuito origen de lo que a la postre conoceríamos como el “dedo de Lagos”, cuando el fundador del PPD intentó conmover a un auditorio escéptico de La Serena, apelando inesperada y muy exitosamente a la segunda persona singular (“A usted le digo que lo vamos a derrotar”). O la invitación a último minuto de Enrique Correa a un ignorado Andrés Allamand para asistir al traspaso del mando entre Pinochet y Aylwin (“amigo, usted no puede estar ausente en esto, usted se merece un lugar”). Y en fin, la sorpresa tanto de Sergio Fernández como de la esposa de Andrés Zaldívar cuando este último saluda en forma muy caballerosa al exministro del Interior de la dictadura en el salón de honor del Congreso Nacional, a pocos minutos de que Patricio Aylwin se calzara la banda presidencial.

 

Aunque el libro entretiene a lo largo de sus 280 páginas, sus anécdotas, imágenes e historias están al servicio de algo más profundo. En efecto, una de las mayores virtudes de Los hombres de la transiciónes es reflejar de manera diáfana las hondas dinámicas políticas que permitieron una salida pacífica del régimen autoritario. El último hecho referido es un excelente ejemplo. Tras la sorpresa de Sergio Fernández ante la cortesía mostrada por Zaldívar (y también por la dirigente del PPD Laura Soto), Cavallo extrae una de sus principales conclusiones: “mucha gente aquí está haciendo esfuerzos para que todo resulte bien”. El autor dibuja con claridad la trayectoria de esos esfuerzos, que permitieron saltar diversas vallas a izquierda y derecha del espectro político. Basta reparar en la temprana convicción de Edgardo Boeninger acerca de que “la transferencia del poder no significará su total restitución a la soberanía popular”; en el recelo de Clodomiro Almeyda respecto de Aylwin y su papel en la novel Concertación el año 87 (“entregar la jefatura de la Concertación es regalar, muy temprano y sin retribución, la candidatura presidencial”); o en la única y “obsesiva preocupación” con la que arriba Carlos Cáceres a La Moneda el año 88: “que el general Pinochet no quiera postular a retener la presidencia”. Mirados los procesos de larga duración, las inquietudes de Cáceres terminaron calzando muy bien con las de Patricio Aylwin, y ello influirá en el hecho de que nunca regirá en democracia el articulado originario de la Constitución aprobada en 1980 por la Junta Militar.

 

El eje constitucional

Al lector quizá podría defraudar que un texto de crónica con tintes literarios dedique varias páginas a una cuestión aparentemente árida, como la polémica sobre el texto constitucional con el que tendría que gobernar Patricio Aylwin. Otro de los méritos de Los hombres de la transición, sin embargo, es que no deja lugar a dudas acerca de la centralidad de este asunto (y Cavallo, además, logra narrar ese parentesco de modo bastante amigable para el público no leguleyo). Por donde se le mire, la disputa sobre la Constitución y el retorno a la democracia guardan muy estrecha relación. Se trataba, a fin de cuentas, de la arquitectura institucional y del símbolo del poder a partir del cual el nuevo gobierno buscaría instalarse y proyectar los años venideros. De ahí la convicción de que el primer mandato de la Concertación no podía gobernar sustentado en exactamente el mismo instrumento que la dictadura. El regreso a la normalidad democrática exigía enfrentar esta realidad, y el autor documenta el itinerario de manera pedagógica y fluida.

 

Así, yendo a la génesis del período, Cavallo repara –tal como Rafael Otano en su Crónica de la transición– que en junio del 84, en un seminario del Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, Aylwin sugiere por primera vez la tesis de reconocer la Constitución del 80 “como un hecho”, para salir “del atolladero de la ilegitimidad total contra la sacralización absoluta”. El autor cuenta además la trastienda de esa sugerencia, que tuvo a Gutenberg Martínez, Francisco Bulnes y Enrique Silva Cima como protagonistas. Todo esto fue crucial en la posterior estrategia de intentar vencer a la dictadura sobre la base de sus propias reglas, con un papel y un lápiz: precisamente aquello que conmemoramos el 5 de octubre. Por otro lado, y yendo ahora al ocaso del régimen de Pinochet, Cavallo anota que una vez nominado como candidato presidencial por la DC, Aylwin advirtió que una reforma a la carta constitucional era “el paso más importante del largo camino a la transición”.

 

Además de los liderazgos del momento y del anhelo de paz de la ciudadanía, el retorno pacífico a la democracia y la evolución posterior también se vieron favorecidos, paradójicamente, por la institucionalidad legada por la dictadura.

 

La tarea no era nada de fácil. En la primera reunión del gabinete ministerial nombrado luego del triunfo del “No”, Augusto Pinochet sentó como uno de sus principios orientadores para los meses siguientes justamente “no reformar la Constitución”. Las negociaciones entre el régimen autoritario y la oposición –verdaderos dimes y diretes, con mensajeros que iban y venían– que a la larga posibilitarían la modificación constitucional, son trazadas en detalle. Ahí se presta especial atención al papel que desempeñó Carlos Cáceres en la interna del régimen, quien aprovechó al máximo la “ventanita” que le abriera Augusto Pinochet, y quien a ratos se sintió “en el medio de una comedia de equivocaciones en la que nadie parece entender nada”. Según explica Cavallo, el ministro del interior “tendrá que luchar contra las tentaciones” del mismo Pinochet, pero “sobre todo contra los numerosos orejeros que se las estimulan en privado”.

 

Lo anterior tal vez podría sorprender a quien no vivió o no ha estudiado el período. Pero después de leer este libro puede concluirse que, además de los liderazgos del momento y del anhelo de paz de la ciudadanía, el retorno pacífico a la democracia y la evolución posterior también se vieron favorecidos, paradójicamente, por la institucionalidad legada por la dictadura; la misma que algunos de sus partidarios imaginaron como refundacional (no por casualidad) y la misma que muchos de sus detractores juzgaron como poco democrática en sus orígenes (no sin razón). Es una de las tantas singularidades de la época que Los hombres de la transiciónretrata de manera magistral, y que haríamos bien en considerar a la hora de aproximarnos a este proceso en la actualidad.

 

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