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Publicado el 07 de agosto, 2015

Rescatando a los otros chilenos

Periodista y Licenciada en Historia Paula Schmidt
Como sociedad debemos recuperar aquel impulso que nos situaba como una de las naciones más pujantes de América Latina, y cuyo premio inmanente fue el rescate de los mineros.
Paula Schmidt Periodista y Licenciada en Historia

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Cinco años atrás, un inesperado evento sacudió nuestra historia y agrió las conciencias y el corazón de los chilenos. Uno de los accidentes mineros más grandes de los cuales haya registro, el derrumbe en la antigua mina de San José en Copiapó, convulsionó el ritmo nacional y produjo la inesperada tragedia para 33 hombres aprisionados bajo 700 metros de roca, polvo y oscuridad.

La incertidumbre sobre el destino de los mineros hizo que surgiera un esfuerzo mancomunado transversal y mundial, ya que la fragilidad del rescate era inminente y la posibilidad de un desastre indiscutible.

Fue así como, durante 69 días, el mundo contuvo la respiración sin saber bien a qué atenerse, los familiares en la superficie imploraban por un milagro, mientras que miles de toneladas de roca más abajo la supervivencia humana se construía a base de resiliencia, dignidad, solidaridad y confianza.

Con la consigna, “nadie se queda abajo”, el equipo rescatista que permaneció a los pies de San José logró ahogar el escepticismo y refundar nuevas esperanzas que culminarían con el exitoso rescate de los 33.

Actualmente, el espíritu chileno se circunscribe a otro difícil momento, uno en donde la ciudadanía ha acrecentado su frustración y experimenta un alejamiento y casi indiferencia frente a la solvencia y el correcto funcionamiento de las instituciones.

A esto se adhiere un desequilibrio y desconexión entre el gobierno y la población lo que reproduce una deserción de las lealtades ciudadanas. Si no, basta revisar las últimas encuestas. Surge así la desconfianza, los resguardos para una sana convivencia social se ven resquebrajados y el espíritu cívico de la democracia se ve alterado. Panorama nada alentador.

Por otra parte, dentro de nuestra agenda nacional se están debatiendo diversos temas de gran connotación social, tales como educación, un sostenido aumento de la delincuencia y en los índices de violencia en La Araucanía y las consecuencias de una próxima reforma laboral, entre otros. Todo esto, debido a nuestra magra proyección de crecimiento y empleo, ha ido acelerando el desánimo, logrando que el chileno “de a pie” prefiera replegarse en sí mismo porque siente que, bajo el escenario actual, a diferencia de los mineros, nadie lo vendrá a rescatar.

La tragedia de Copiapó sirve para contextualizar el panorama social y político por el cual atraviesa nuestro país, porque los desafíos (al igual que en aquel entonces), que son numerosos: combatir la delincuencia y la violencia social, disminuir la desigualdad de oportunidades por medio de la educación y energizar nuestra economía, se han convertido en anhelo nacional.  Sin embargo, nada de esto es posible si no existe consenso y coordinación que permitan un trabajo en equipo mancomunado y transversal. La oportunidad se encuentra latente. Sólo basta con que surja un “golpe de timón” que sea efectivo y adecuado a las circunstancias, ya que no hay nada más difícil de recuperar que la confianza ciudadana para el fortalecimiento de las instituciones.

Previo a que el letargo se convierta en irreversible, como sociedad debemos recuperar aquel impulso que nos situaba como una de las naciones más pujantes de América Latina, y cuyo premio inmanente fue el rescate de los mineros. Es por esto que el tiempo apremia.

Cinco años atrás el suceso en la mina de San José se percibía como un desafío imposible de solventar. Cinco años después, en medio de la incertidumbre que nos corroe, ya es hora de que todos nosotros, especialmente nuestras autoridades, se preocupen de que, a través de nuestras acciones, “nadie se quede abajo”.

 

Paula Schmidt, Historiadora y Periodista, Fundación VC.

 

 

FOTO:FRANCISCO HUERTA/AGENCIAUNO

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