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Publicado el 22 de diciembre, 2015

Reprobados con nota 2,1

Frente al pesimismo económico declarado ayer por el BC, sería bueno que el gobierno siguiera las recomendaciones del camarada José Pablo Arellano: ajustar las expectativas, recuperar la disciplina fiscal, focalizar el gasto social y financiar las infraestructuras con inversión privada.
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La economía chilena crecerá apenas 2,1% este año, y las perspectivas para los próximos meses son muy desalentadoras, según se desprende del Informe de Política Monetaria (IPOM) presentado ayer por el Banco Central, que augura una mediocre expansión macroeconómica para el 2016 (entre 2 y 3%) y una inflación que se mantendrá sobre el rango meta del instituto emisor (2-4%) hasta 2017. Pero el Banco Central —con mayoría de consejeros afines a la coalición gobernante— insiste en echarle la culpa al resto del mundo, pues en el informe se indica expresamente que esta nueva revisión a la baja de las proyecciones de crecimiento —y ya van varias desde que gobierna la Nueva Mayoría— “se explica principalmente por el deterioro del escenario externo relevante para Chile”.

Peor aún, el Banco Central reconoce que, nuevamente, sus proyecciones de crecimiento podrían ser revisadas en el futuro cercano, pues “el balance de riesgos […] para la actividad está sesgado a la baja”. Y lo anterior se traducirá, inevitablemente, en un mayor desempleo: “No puede descartarse un ajuste significativo que reduzca el ritmo de crecimiento de los salarios, eleve el desempleo y afecte el gasto”, advierte el instituto emisor.

Que Estados Unidos empezaría a subir la tasa de interés era algo inminente, y que el súper ciclo del precio del cobre llegaría a su fin, también. Lo lógico, entonces, hubiese sido que el gobierno se hubiese esmerado en combatir esas amenazas impulsando políticas que incentivaran el crecimiento económico y generaran un entorno amigable para el desarrollo de las empresas y los negocios. Pero ha hecho todo lo contrario, impulsando una reforma laboral que amenaza con rigidizar peligrosamente el mercado del trabajo, imponiendo una reforma tributaria tan mal diseñada que ha debido ser reformulada antes de estar plenamente vigente, y gastándose el cada vez más escaso dinero público en impulsar un proceso constituyente que a la gente no le interesa pero que hasta podría poner en tela de juicio el derecho de propiedad.

Quien sí se ha preguntado qué deberíamos hacer ahora que se acabó el súper ciclo del cobre ha sido el ex ministro demócrata-cristiano José Pablo Arellano, quien acaba de publicar un inquietante paper en su calidad de investigador de Cieplan, en el que plantea que, como era de sentido común suponer, “el fin del superciclo [del cobre] obliga a reconocer esta nueva realidad y a ajustarse a estas condiciones”, y que “frente a esta nueva realidad lo más urgente es el ajuste de las expectativas”. Según Arellano, como algunos siguen creyendo que el erario es un saco sin fondo, eso se ha traducido “en demandas por aumentos de gastos, por reajustes, bonos y beneficios que pudieron financiarse y ser viables en el periodo de bonanza, pero que claramente han dejado de serlo”. En ese sentido, Arellano culpa al actual gobierno por demorarse dos años en reconocer esta nueva etapa de vacas light, pues “la demora en caer en la cuenta de esta nueva realidad, ha atrasado y hace más difícil la vuelta a la nueva normalidad”.

¿Qué problema tiene el hecho de que las actuales autoridades económicas hayan seguido alimentando utopías populistas que han demostrado ser absolutamente inviables, como la gratuidad universal para los universitarios? Que el endeudamiento público seguirá creciendo hasta niveles peligrosos. “Las proyecciones fiscales muestran una situación preocupante, no solo por los actuales déficits que se describieron, sino por las proyecciones para el próximo trienio, como por los gastos comprometidos y por las promesas realizadas”, explica Arellano. Según sus proyecciones, si la deuda neta del gobierno como porcentaje del PIB era del 2,1% a fines de 2014, ella llegará al  17% en 2019, lo que nos hará retroceder a la situación de endeudamiento que teníamos en 1994. Lo peor es que, cuando los países se sobreendeudan y gastan más de lo que deben, quienes pagan las consecuencias suelen ser los más necesitados, los menos cualificados o los que aún no ingresan al mercado laboral. Eso es lo que pasó en España, cuando la borrachera del despilfarro del dinero público financiada por una burbuja inmobiliaria que parecía no tener fin se reventó abruptamente y dejó al 50% de la población entre los 18 y los 25 sin trabajo.

Arellano entrega su receta para salir de este escenario con un precio del cobre por los suelos: al ajuste de las expectativas y la recuperación de la disciplina fiscal se deberían sumar aquellos objetivos sociales que tan buenos frutos le dieron a la conducción económica que impulsó la Concertación: a) focalizar el gasto social en los más necesitados, b) favorecer el financiamiento privado de infraestructuras, y c) fortalecer las instituciones que hacen posible una buena política fiscal.

Parece urgente que voces como las de Arellano sean más escuchadas por sus camaradas y compañeros de la Nueva Mayoría. De lo contrario, en 2016 el equipo económico volverá a sacarse un estrepitoso rojo. Y con toda certeza reprobará también en 2017.

 

Ricardo Leiva, académico de la Universidad de los Andes

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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