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Publicado el 26 de marzo, 2015

Renovar la democracia

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo
La tarea del momento entre nosotros es renovar la democracia. No demolerla ni contribuir al descrédito de las instituciones públicas y privadas.
José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Dos sentimientos parecen difundirse con la misma rapidez que los rumores en este período crítico de la vida nacional: malestar y desconcierto.

¿No había vuelto la democracia después de heroicas luchas, cargada de promesas y esperanza bajo el lema «la alegría ya viene»? Alegría porque derechos y libertades iban a ser respetados y los gobernantes elegidos trabajarían por el bien del país. Pero los escándalos que sacuden la vida pública y el sector económico desde hace meses parecen desmentir esos nobles propósitos, y algunos comienzan a dudar de la democracia mientras otros proponen soluciones que, desconociendo las instituciones, desemboquen en un nuevo esquema político y social. En un afán refundacional piensan que el atajo para resolver el problema es apelar directamente al pueblo soberano sin percatarse que el resultado de tal ejercicio depende totalmente del contexto histórico en que se dé, de las ideas dominantes y de los dirigentes que las propugnen. En el Chile actual puede ser un salto al vacío que los ciudadanos miren con justificado recelo.

El país quedó vacunado de aventuras políticas.

La democracia -como ha señalado Giovanni Sartori- es a la vez un ideal, un proceso y una conquista. No es algo dado. Siempre está en construcción y desarrollo. Como toda obra humana, es imperfecta y vulnerable a la corrupción. Presenta falencias, imperfecciones, límites y distorsiones que la alejan del ideal. No hay que ser ingenuos. Norberto Bobbio advirtió tempranamente sobre las contradicciones de la democracia moderna, asediada por las desigualdades y la pobreza y los avances de las nuevas tecnologías de la comunicación.

También nuestro sistema político ha mostrado en este tiempo el lado oscuro del poder, especialmente el talón de Aquiles del financiamiento de la política y de las elecciones. Ha salido a la luz una serie de vínculos indebidos entre algunos políticos y algunos empresarios. Es verdad que no alcanzan la dimensión de lo que ocurría en países como Italia cuando en 1992 la Fiscalía de Milán, dirigida por Antonio Di Pietro, inició la operación «manos limpias» que descubriría una red generalizada de corrupción («tangentopoli», de tangente en italiano como sinónimo de coima), que destruyó el sistema de partidos que habían protagonizado una etapa de notable progreso luego de la guerra: se hablaba del milagro italiano. Luego de dos años de investigación, los principales partidos se disolvieron, muchos de sus líderes pasaron a retiro y otros salieron fuera del país, como el principal dirigente del Partido Socialista Bettino Craxi quien buscaría refugio en Hammamed, Túnez, donde moriría desterrado seis años después.

Lo paradojal del caso es que la figura que reconstruyó a la centro-derecha y gobernó por más de 15 años el país fue el empresario Silvio Berlusconi, quien había hecho carrera y fortuna a la sombra de Craxi. En sus manos se concentró simbólicamente el poder económico, político y mediático. Ha sido objeto de múltiples procesos por corrupción. El mismo Sartori calificó su gobierno como una forma nueva degenerativa de la democracia parangonándola con el Califato. Los propósitos de sanación de la política que animaron a fiscales y jueces se vieron frustrados.

La tarea del momento entre nosotros es renovar la democracia. No demolerla ni contribuir al descrédito de las instituciones públicas y privadas. El puntapié inicial lo han dado los fiscales y los jueces, pero la tarea es propia de los políticos y en ella tienen un papel insustituible los agentes económicos. El país requiere estándares más exigentes de probidad en el ámbito público y privado.

Todos debemos entender que hemos entrado en una nueva fase política muy diferente a la de las últimas elecciones presidenciales. Las grandes reformas del programa de Michelle Bachelet conservan actualidad, pero para llevarlas a la práctica es preciso partir de un dato elemental: el cuadro cambió, como demuestra la disminución del apoyo ciudadano a la gestión del actual gabinete. El esfuerzo por resanar la democracia, restañar sus heridas y devolver credibilidad y confianza a la gente pasa por un compromiso nacional por establecer normas más exigentes de probidad y transparencia en el sector público y privado, comenzando por los partidos políticos.

Más allá de las leyes se requiere un cambio de mentalidad y de comportamiento, que se traduzca en buenas prácticas. Pero hay que partir manifestando una clara voluntad de cambiar las cosas impulsando una nueva legislación.

El malestar ciudadano exige que fiscales y jueces puedan hacer su tarea sin entorpecimiento de ningún tipo; hagan luz sobre lo ocurrido y sancionen a los responsables conforme a la ley, sea quien sea. Por su parte, el desconcierto comenzará a disiparse cuando quede claro que hay un gabinete cuya tarea principal es renovar la democracia y se comprometa con entusiasmo y perseverancia en lograrlo.

Ciertamente no todo depende del gobierno. Pero en sus manos está la batuta para conducir el proceso de recuperación de los valores y principios que fundan y dan sentido a la democracia, y no hay mejor arma que el ejemplo.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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