Para los más desaprensivos, y aquellos poco familiarizados con los temas internacionales, puede sonar a frivolidad el tema de los regalos durante las visitas de Estado. Nada más alejado de la realidad. Al estar conectado con los ánimos políticos que rodean los desplazamientos de las más altas autoridades, los obsequios representan mensajes acerca de cómo se ven el uno con el otro y sobre las posibilidades que se visualizan hacia el horizonte. 

Por lo mismo, muchas de estas tribulaciones deben haber estado presentes en el protocolo chileno a propósito de la visita presidencial a Buenos Aires. Según destacó la televisión trasandina se optó en esta oportunidad por una atención a Dylan, el perro presidencial. Fue un regalo apoyado en la visión compartida de una existencia inconcebible sin mascotas. En todo caso fue inesperado y peculiar. Por eso, el rostro de tierna sorpresa del dueño de Dylan fue tan expresivo. 

El tema parece muy sugerente. No es un misterio para la prensa, ni menos para el mundillo académico de las relaciones internacionales, la existencia de gobiernos que derechamente no están interesados en tomarse en serio estos asuntos y optan por regalos en extremo austeros. Nada que vaya más allá del gesto exclusivamente episódico. Parten de un razonamiento más bien “circunstancial”.

En el otro extremo están los gobiernos preocupados por cada detalle del regalo. Saben que en las relaciones internacionales no se actúa en solitario y están atentos a cómo cada obsequio es percibido por la contraparte. It takes two to tango, dicen proverbialmente los británicos.

Estos gobiernos parten de un razonamiento simbólico. Su extrema preocupación por estos asuntos tiene, por lo general, motivaciones culturales. Muchas veces obedecen al fuerte peso específico que se busca proyectar o a la tradición o a las ambiciones políticas coyunturales. Con alguna frecuencia se utilizan estas ocasiones para retribuir gestos previos.

Al hilo de estas ideas resulta pertinente traer al recuerdo los pandas chinos como ejemplo excelso de tales motivaciones. Estos queribles animalitos han sido transformados en un tema de Estado por China continental, desde que Mao regaló al presidente Nixon una pareja en 1972. Ling Ling y Hsing Hsing, ambos entregados al zoológico de Washington DC, terminaron convertidos, con el paso de los años, en ícono de aquella apertura geopolítica tan significativa.

Pekín ha utilizado tan profusamente a los pandas para propósitos políticos, que ya son símbolo del poder blando chino y protagonistas de la llamada diplomacia panda. Pekín los regala a países seleccionados con riguroso criterio político, por lo que no extraña que en la época de Deng, decenas de pandas hayan sido destinados a zoológicos de las principales ciudades de potencias capitalistas. En tal contexto, no deja de llamar la atención el sorprendente detalle referido a América Latina. El único país de la región merecedor de este gesto chino con pandas ha sido México. Ocurrió cuando China se llenó de júbilo ante la decisión del presidente Luis Echeverría de establecer relaciones diplomáticas en 1975, pese a que Cuba y Chile le precedieron en tal paso. Ejemplo de que el tamaño sí importa.

Desde luego la historia recoge algunos casos patológicos relacionados con regalos oficiales. Digno de atención es el del líder soviético, Leonid Brezhnev, quien tuvo la curiosa afición de coleccionar autos de lujo, incrementada no sólo por la vía de adquisiciones personales, sino muy especialmente por medio de obsequios oficiales. Tres Roll Royce Silver Shadow, uno de ellos regalado por la Reina Isabel, eran sus favoritos, dice su biógrafo Michael Morozow. Al desplomarse la URSS, se descubrió que su colección llegaba a la obscena suma de 320 vehículos. De cuando en cuando aparecen estas reliquias en subastas de millonarios. 

Otro caso patológico son los regalos para los tres líderes norcoreanos, Kim Il Sung, Kim Jong Il y Kim Jong-un. La propaganda oficial suele referirse a ellos con cierto orgullo e informa sobre el delicado trato que se brinda a cada objeto. Por eso se sabe que están depositados en la Exposición de la Amistad en la capital norcoreana. Allí destacan algunas piezas que hablan mucho de sus remitentes, como la maleta de piel de cocodrilo regalada por Fidel Castro, la cabeza de oso obsequiada por el líder comunista rumano Nicolae Ceauscescu o el león de marfil en tamaño natural enviado por un presidente de Tanzania. Comentan que habría 220 piezas. Seguramente, cada una poseedora de historias muy curiosas.

Sin embargo, no siempre los regalos son bien recibidos. En el antiguo imperio chino ocurrió el primer caso registrado de abierta incomodidad. El emperador, Qianlong se negó a recibir “los objetos extraños e ingeniosos, que no nos hacen falta”, le dijo al emisario del Rey Jorge III a fines del siglo 18. El conde George MacCartney había sido comisionado por Londres para abrir el comercio y lo intentó entregando numerosos obsequios. 

Por el contrario -y un plano más local- se sabe del efecto alucinador provocado en las poblaciones indígenas latinoamericanas los abalorios de vidrios y espejos traídos por los conquistadores españoles. Muchos de estos objetos eran entregados como regalos oficiales para entenderse mejor con las autoridades lugareñas. El asombro e interés por estos objetos explican no pocos aspectos de las indumentarias autóctonas popularizadas con el paso del tiempo. 

En definitiva, el tema de los regalos oficiales no es menor. En nuestra vida doméstica no hay que ser muy imaginativo para divisar una clara opción por la austeridad en el regalo entregado al presidente Fernández. Por lo mismo, no le traerá dolores de cabeza, como ocurrió con el Ferrari de casi US$150 mil donado a Menem. 

Mirado desde este lado de la cordillera, puede decirse que un ejercicio interesante sería tratar de descifrar el significado real del mantel perruno. Preliminarmente podría asumirse la posibilidad de que la pulsión por irradiar modestia, con toque de novedad alternativa, sea la médula de un nuevo soft power chileno. 

*Iván Witker es académico Universidad Central. Investigador ANEPE.

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