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Publicado el 14 de diciembre, 2015

Reformita, reforma y contrarreforma tributaria

Parece que estamos ante una “reforma” en propiedad toda vez que el sistema actual es un híbrido -un chupacabras, como alguien ingeniosamente anotó-, que puede funcionar para quienes poseen un Ph. D. en Matemáticas, pero no para el resto de los mortales.
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A las 16 horas del pasado miércoles debió ingresar al Congreso el proyecto de ley que modifica la reforma tributaria, cosa que no ocurrió; se anuncia como nueva fecha hoy lunes.

En esta materia los atrasos son entendibles y hasta bienvenidos. Desde luego, el Ministro de Hacienda debe ser la persona más ocupada del país, con directrices políticas que -a mi entender- le llevan seguidamente a tratar de dirigir elefantes por cristalerías con las consecuencias esperables, como ocurrió la semana pasada con la glosa por la que se intentaba implementar la gratuidad vía secretaría.

Por otra parte, precisamente el apuro, adobado con ideologismo trasnochado, resentimiento y soberbia intelectual curiosamente fusionada con una importante dosis de ignorancia sobre el mundo real, llevó a “parir” una reforma tributaria que, sin estar aún en plena vigencia, explica varios puntos de retroceso del PIB (como algunos proponen tipificar como delito la colusión, modestamente propongo sancionar de igual manera a los promotores de proyectos que generan un daño tan grande y manifiesto al país).

El discurso oficial nos indica que esta ley tiene por objeto “simplificar” la reforma pues las aproximadamente 50 circulares dictadas por el SII no lo lograron. Pero las cosas son lo que son y no lo que queremos que sean y si bien tal es el motivo confeso de la autoridad, la manera de lograrlo puede variar y llevar las cosas más allá.

Puede ser una “reformita” o “ajuste” tributario, como peyorativamente se criticó la reforma de Piñera el 2012, si su objeto es sólo el anunciado; pero nadie lo cree así. Parece que estamos ante una “reforma” en propiedad toda vez que el sistema actual es un híbrido -un chupacabras, como alguien ingeniosamente anotó-, que puede funcionar para quienes poseen un Ph. D. en Matemáticas, pero no para el resto de los mortales.

Hagamos breve recuerdo. El proyecto original del Gobierno proponía un giro de 180 grados al sistema actual para la tributación de los dueños, socios y accionistas de empresas: en vez de pagar impuestos sobre las utilidades efectivamente retiradas desde ellas, lo harían sobre la totalidad de la utilidad generada por la empresas, estuvieren o no percibidas.

Las nefastas consecuencias para el ahorro y la inversión, la complejidad del sistema y lo injusto que resultaba para los pequeños accionistas, llevó al Gobierno a aceptar a regañadientes la introducción de un segundo sistema en el que, como hoy, los dueños, socios y accionistas tributarán exclusivamente por la parte de las utilidades que efectivamente perciban de la empresa que las generó, con una importante diferencia: en vez de emplear como crédito contra su propio tributo -global complementario o adicional- el 100% del impuesto corporativo pagado por la empresa, podrán imputar solo el 65% del mismo. Así, nos quedamos con dos sistemas generales (sic), el de renta atribuida y el parcialmente integrado.

Han corrido diversas versiones sobre la solución que el Gobierno dará a esta intríngulis tributaria. En «El Líbero« del viernes pasado se publicó el reportaje titulado Los errores en la reforma tributaria que obligaron al Gobierno a modificarla un año después de su promulgación”, donde se cita una de las soluciones más probables: el sistema de tributación semi integrado quedaría como régimen general para las empresas donde hay, a su vez, personas jurídicas como socios o accionistas, mientras que el de renta atribuida se aplicaría a las empresa cuyos dueños, socios o accionistas son exclusivamente personas naturales las que, sin embargo, podrán optar por el sistema parcialmente integrado.

Bajo este esquema las empresas acogidas al régimen semi integrado serían menores en número pero mayores en su contribución impositiva y, tanto por la nueva regulación legal como por los hechos, el sistema original del Gobierno pasaría a un segundo plano. En definitiva, luego de un año y medio desde que se inició el camino de la reforma tributaria, estamos llegando a un punto parecido a lo que hoy tenemos y tanto se criticó, con costos enormes. Ah, ¿se acuerdan del vilipendiado FUT? Bueno, el viejo FUT de arrastre o “histórico” sobrevivirá en ambos sistemas y aquel que se genere en el futuro, con otro nombre aún no precisado, seguirá presente.

El ex Presidente Piñera ya anunció la necesidad que la reforma sea “reformada” por el próximo gobierno, anuncio que no debe tomarse a la ligera dada su posición en las encuestas. Añadamos que se necesita “cirugía mayor” y no solo una reforma para enmendar errores sino nuevas perspectivas y una regulación más simple propia de los impuestos del siglo XXI, una suerte de «Contrarreforma» como la de la Iglesia Católica ante la Reforma Protestante.

Chequeando dicho término para este artículo, me encontré con esta acepción: “movimiento de reforma que reacciona contra la realizada previamente: la célebre reforma del ministro que fue seguida vergonzosamente de su propia contrarreforma.” Esto último no lo digo yo sino la Real Academia Española de la Lengua mas, me he acordado del ex Ministro Arenas y concluido que pocas veces se ha visto un ejemplo más certero que éste. ¡Viva la R.A.E!

 

Pedro Troncoso Martinic, Abogado.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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