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Publicado el 30 de diciembre, 2018

Rafael Ruano: ¿Un futuro sin trabajo?

Asesor de empresas Rafael Ruano

Si cruzamos los índices de innovación a nivel mundial con los datos del paro, el resultado es significativo: el desempleo desciende casi exponencialmente con la intensidad tecnológica del territorio. Las políticas de innovación, pues, son excelentes políticas de empleo. 

Rafael Ruano Asesor de empresas
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Hemos venido hablando de los efectos esperados y no esperados de la cuarta revolucion industrial y de la implantación de la robótica en las empresas y en la vida diaria. La tecnología, ¿crea o destruye empleos? ¿Nos enfrentamos a un jobless future?

A corto plazo, si observamos los mapas de la tecnología y del empleo en el mundo, vemos una fuerte correlación: los clústeres innovadores, de alta intensidad tecnológica, son zonas de bajo desempleo, también llamadas 3T: Talento, Tecnología y Trabajo. Territorios donde se han creado marcos institucionales y de Estado que aceleran el cambio tecnológico. A ellas acude el talento científico, emprendedor e inversor, y las renovadas industrias digitales, mucho más móviles que la vieja industria analógica. En ellas se reconcentra la manufactura avanzada, cerca de los centros de I+D. Regiones exportadoras y competitivas. Si cruzamos los índices de innovación a nivel mundial con los datos del paro, el resultado es significativo: el desempleo desciende casi exponencialmente con la intensidad tecnológica del territorio. Las políticas de innovación, pues, son excelentes políticas de empleo.

¿Vamos hacia escenarios “a la japonesa”, de sociedades extremadamente viejas y tecnificadas?

En el medio plazo, el futuro es menos nítido: se contraponen fuerzas difusas. Por un lado, se acelerarán los procesos de automatización impulsados por la inteligencia artificial. Las inversiones en I+D de los líderes digitales en este campo alcanzan dimensiones casi macroeconómicas. Y eso producirá una substitución considerable de personas en los sectores productivos. Sin embargo, se nos presenta también una bomba demográfica: la gran masa de población nacida durante el baby-boom se jubilará hacia 2030. Se avecina una reducción de la demanda de trabajo, por robotización, pero también una disminución de la oferta, por envejecimiento. ¿Podríamos ir hacia escenarios “a la japonesa”, de sociedades extremadamente viejas y tecnificadas? En cualquier caso, la solución a la ecuación es indiscutible: incrementos drásticos de la productividad para sostener a crecientes clases pasivas. De nuevo, la tecnología se revela como fuerza necesaria.

Y, a largo plazo (2060), parece que el desarrollo exponencial de la tecnología nos lleva a reconfiguraciones radicales del mercado de trabajo. Si, como anticipan algunos estudios, para esa época las máquinas podrán realizar cualquier trabajo humano (manual o cognitivo), desde escribir un best-seller a hacer investigación matemática, o atender clientes con inteligencia emocional casi humana, entonces quizá el trabajo (como ahora lo conocemos) esté reservado a las máquinas. En cualquier caso, necesitaremos productividad tecnológica para apalancar las grandes innovaciones sociales que serán necesarias para redefinir el sistema.

¿Que haremos en Chile? Seguir la huella de países más avanzados, porque lamentablemente no hemos hecho nada por estar en la cabeza y eso nos pasará factura en nuestra fuerza de trabajo, que solo se beneficiará de lo que otros ya habrán hecho. Si no, lo veremos en el tiempo.

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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