A pocas horas de entregar este texto a la editora, generalísima con los plazos como debe ser, no tenía idea de cómo iniciarlo. Algo había visto del cambio de mando presidencial y oído de episodios penosos, por lo que quería dejar muy clara la relación entre el liderazgo y las formas. O más bien lo vital de las formas en el liderazgo, que nada tienen de superficiales ni de mero envoltorio de la realidad y de los hechos porque suelen ser la realidad y los hechos mismos y un reflejo del alma.

Cuando dudas así me agobian, cierro los ojos para extraer de la oscuridad algún recuerdo —una anécdota, una imagen— o miro a mi alrededor en busca de auxilio. El buen Bernhard Roetzel, un refinadísimo alemán con estampa inglesa que habita en mi biblioteca, me ha sacado de apuros no pocas veces. En esta ocasión me ha ayudado con El caballero: Manual de moda masculina clásica. Y como vamos a referirnos a un líder masculino, sin que los principios esenciales aquí expuestos excluyan a las damas, pues vamos.

En el prólogo de Nick Yapp, titulado El carácter de la distinción, se lee: «El genio, según reza un dicho muy extendido, es la “ilimitada disposición al esfuerzo”, y esa no sería una mala definición de un caballero. Un auténtico caballero no deja nada al azar» […] Tampoco el poder o la riqueza sin límites hacen de un hombre un caballero. Ah, pero si usted se esfuerza, y su esfuerzo se ve coronado por el éxito, ante usted se extenderá un maravilloso mundo, un mundo cuyo acceso a pocos les es franqueado […] Y es que un caballero es siempre comedido, hace siempre por instinto lo correcto».

No dejar nada al azar, esforzarse y hacer lo correcto se espera de un caballero. Y caballero es lo que debe ser un líder. Esto es apenas una minúscula parte de la noción del término, por siglos asociado a la distinción, la nobleza, la cortesía, la generosidad… a tantas virtudes. Incluso al servicio; la voz knight, del inglés antiguo cniht, en una de sus acepciones evoca al sirviente, tal como la japonesa samurai, al parecer vinculada al verbo saburau que significa «servir», por lo que samurai sería «aquellos que sirven». Y de gentleman ni hablar, un calco del francés antiguo gentilhomme, nuestro gentilhombre español.

Pues la cosa es que a nuestro presidente, en todo esto de su arribo a La Moneda, le ha faltado esfuerzo y ha dejado demasiado al azar. O, al contrario, se ha esforzado, cuidando cada detalle, para transgredir las normas en plan revolucionario y no hacer exactamente lo correcto. Lo primero y más visible fue la apariencia, con dos observaciones que no perdona el ojo exigente: los zapatos usados en el Te Deum, que a lo lejos lucen sospechosos de insuficiente mantenimiento o al menos inadecuados por su estilo, y la ausencia de corbata. Si se trata de descuido y no de rebeldía, que sería aún peor, me opongo a quienes argumentan que el asunto es trivial. Ya hablamos de las formas y de lo que revelan. Mi razón es simple: el líder y caballero no piensa solo en sí mismo, sino en quienes representa y en lo que representa. Está al servicio de instituciones y de todos los ciudadanos. Así, el verdadero caballero no viste bien y elegantemente por vanidad sino por respeto a los demás y a su posición. Quien dedica tiempo, esmero, atención y hasta dinero a vestir para la ocasión le está diciendo a los anfitriones y presentes lo importantes que son para él y lo relevante del momento. El esfuerzo por lucir unos zapatos impecables todo el tiempo, especialmente elegidos, y el de anudarse una fina corbata, que bien le hubiese hecho honor a sus ancestros croatas —de jinetes croatas viene la palabra—, habría sido un bellísimo homenaje a quienes le llamaremos presidente. Y también una declaración de «aunque no es mi estilo, lo hago para bien representarlos ante el mundo y para recibir a las distinguidas personas que vienen a felicitarme y felicitarnos». A mí se me hubiese escapado una lágrima de emoción si veo al joven gobernante como nunca lo he visto… ni lo veré.

Luego, se reporta, hay una seguidilla de tropiezos en el protocolo y de poses impropias para quien ya no es un estudiante sino el inquilino máximo del palacio. No voy a referirme al disgusto personal con el cardenal, al desprecio hacia los empresarios, a la informal foto en Cerro Castillo (me quedo con la de los Men in Black de Aylwin) ni a la veneración religiosa de Allende, que claramente dice «gobernaré para los míos». Tampoco al protagonismo de la Directora General del Ceremonial y el Protocolo, de quien se espera discreción y camuflaje perfecto. Sin embargo, sí quisiera recordar el episodio con S.M. el Rey de España, que motivó comentarios nada halagadores del periodista español Carlos Herrera y de Juan de Dios Orozco, un experto en protocolo que escribió en un blog: «Hoy es la incapacidad, grosería extrema, escasos modales diplomáticos y poco sentido de la elegancia personal del joven e inexperto Presidente de Chile. Ni su juventud, ni su inexperiencia le eximen de culpa». Porque lo peor vino con las declaraciones del mandatario en un programa de televisión. O más bien las acusaciones contra S.M. el Rey —lo trató como culpable de los percances— que la propia Casa Real ha debido desmentir

Un caballero no hace eso aún siendo cierta su versión. Hay una vieja frase inglesa que pronuncia Harry Hart (Colin Firth) en el filme Kingsman antes de propinarle una paliza —merecidísima y como Dios manda— a unos maleducados y ordinarios matones en un bar: Manners maketh man. Los modales hacen al hombre. Y no son antojos anticuados sino la expresión de virtudes atemporales. Decía Maurice Francis Egan en A Gentleman (1893) que hay reglas hechas por la sociedad para evitar la fricción, preservar la armonía y quizás acentuar el inmenso abismo que existe entre el salvaje y el hombre civilizado. Las buenas maneras vienen del corazón y un hombre que las tenga genuinamente no necesita otra carta de presentación.

*Rafael Rincón en ingeniero comercial.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta