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Publicado el 16 de abril, 2020

Rafael Rincón-Urdaneta: Covid-19: ¿Pudimos prepararnos mejor?

Consultor | Proyecto Quadriga Rafael E. Rincón-Urdaneta

La crisis es una realización repentina de presiones que se han ido acumulando durante mucho tiempo. No «salen de la nada».

Rafael E. Rincón-Urdaneta Consultor | Proyecto Quadriga

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Antes de responder a la pregunta del título, permítanme hablarles de Jeff Cooper (1920-2006), marine estadounidense y creador de la técnica moderna de disparo con arma corta. Quienes somos devotos de la pólvora y del tiro táctico y defensivo, consideramos sus libros y contribuciones sacros y esenciales. Y entre lo más valioso está un célebre código de colores ideado para eso que llaman situational awareness, un estado mental de permanente alerta y conciencia de lo que ocurre alrededor. Se trata de estar en capacidad y disposición para observar, evaluar e identificar potenciales amenazas a fin de anticipar peligros, decidir y actuar oportunamente según las circunstancias. Hay cuatro condiciones: blanca (sujeto completamente desprevenido, acaso confiado, sin preparación y por tanto vulnerable); amarilla (alerta relajada; sin amenaza específica, pero atento); naranja (alerta y preparado para actuar ante una amenaza específica); roja (situación de crisis, listo mentalmente para escapar o pelear; flight-or-fight response). La orden es evitar la condición blanca y estar siempre en amarilla, para no pasar por sorpresa a una situación roja sin más aliado que la suerte. Esta sabiduría es tan útil para lo cotidiano —caminar por la calle— como para los negocios, la política y el conflicto. En un mundo tan acelerado, donde estar atentos hace la diferencia entre el éxito y el fracaso, a Cooper debemos tenerlo activado 24/7.

El supuesto subyacente es que los cambios, aún abruptos, violentos y disruptivos, siempre avisan. Jared Diamond, en su libro Upheaval: How Nations Cope with Crisis and Change, dice que la mayoría de las crisis nacionales e individuales —añado las globales— son la culminación de cambios evolutivos que se extienden a lo largo de años. No «salen de la nada». La crisis es, entonces, una realización repentina de presiones que se han ido acumulando durante mucho tiempo.

Pensemos en el COVID-19, el virus que nos tiene globalmente sitiados. ¿Se pudo anticipar lo que vivimos? ¿Pudimos prepararnos mejor? ¿Qué avisos tuvimos?

Para empezar, el reporte de riesgos del Foro Económico Mundial dice anualmente mucho de lo que podría ocurrir en el planeta, todo a partir de datos, observación, experiencia, análisis de tendencias, etcétera. Y entre las posibilidades, sea por probabilidad y/o por impacto, cuentan problemas medioambientales a gran escala, uso de armas de destrucción masiva, pérdida de biodiversidad, desastres naturales creados por el hombre, cibertaques, crisis de agua, falla de la gobernanza global y —¡atención!— enfermedades infecciosas. Un estudio reciente, citado en la edición de 2020 del reporte, advierte que ninguno de los 195 países evaluados está completamente al día para enfrentar una epidemia o una pandemia.

Jared Diamond, por cierto, identifica en Upheaval peligros como la explosión de armas nucleares, el cambio climático, el agotamiento de recursos y las desigualdades en los estándares de vida. Y suma el fundamentalismo islámico, enfermedades infecciosas emergentes —sí, otra vez— y hasta la colisión de un asteroide.

Sigo. Hace poco me topé con un trabajo científico de 2007 titulado Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus as an Agent of Emerging and Reemerging Infection, que proyectaba, ya en aquel entonces, nuevas y serias dificultades ocasionadas por —¡oh, sorpresa!— los coronavirus. Los autores, Vincent C. C. Cheng, Susanna K. P. Lau, Patrick C. Y. Woo y Kwok Yung Yuen, del centro de investigación de infecciones e inmunología de la Universidad de Hong Kong, calificaron como «bomba de tiempo» la alta presencia de murciélagos de herradura combinada con los exóticos hábitos alimenticios del sur de China. Y advirtieron sobre la necesidad de estar preparados. Entre las conclusiones se ven tres factores que, combinados, pueden desatar pandemias: la destrucción del hábitat natural de muchos animales, que les lleva a acercarse a las poblaciones humanas; el aumento en el consumo de animales salvajes exóticos; y la masividad del transporte aéreo. Les cuento que el 25 de junio de 2019 volé a Chile desde el extranjero. Mi vuelo fue uno de los 230.409 registrados ese día. Hablamos de 160 vuelos por minuto. Fue un día movido, sí, pero habitualmente se oscila entre los 150 mil y los 200 mil vuelos por jornada. Hagámonos una idea…

¿Han visto la charla TED de Bill Gates, The Next Outbreak? Were Not Ready, de 2015? Dice que el gran riesgo de catástrofe global no es tanto una guerra nuclear como un «virus altamente infeccioso». Micah Zenko, en Foreign Policy, cuenta que el vicepresidente de riesgos de una compañía Fortune 100 en Washington y ex analista de inteligencia le habló en septiembre pasado de su mayor temor: «un virus altamente contagioso que comienza en algún lugar de China y se propaga rápidamente».

Dato freak: Lawrence Wright, premiado periodista estadounidense que sigo por sus experiencias en Oriente Medio, ha escrito un thriller que sale a fines de abril y se titula The End of October. Trata sobre una devastadora enfermedad que recorre el planeta desatando un verdadero Apocalipsis. Su plaga imaginaria, la gripe Kongoli, bastante más mortal que el COVID-19, surge en Indonesia, no en China. La periodista Michelle Goldberg escribe en el New York Times que leer la novela durante su cuarentena fue una experiencia misteriosa. Al inicio se sintió maravillada por la adivinación literaria de Wright, pero a medida que veía las noticias más recientes iba quedando claro que, para quienes estaban prestando atención, hubo muchas advertencias de que una pandemia estaba por venir. Wright las tomó en serio, pero —opina Goldberg— el presidente Trump y su círculo no.

Wright no es vidente ni tiene una bola de cristal. Es sencillamente un brillante reportero. En una nota sobre su novela contó cómo investigó para escribirla. Lo hizo con rigurosidad, como si se tratara de un trabajo de periodismo. Entrevistó científicos y epidemiólogos, habló con altos funcionarios gubernamentales y obtuvo información de expertos militares. Todos coincidieron en que algo así podría pasar.

¿Por qué, con tantas señales, no estábamos bien preparados como humanidad? ¿Olvidamos la «condición amarilla»? ¿Fuimos irresponsables? Aunque no hay un único factor, las pequeñeces locales, el ruido y el corto plazo tienden a distraer a las sociedades de los desafíos globales y del horizonte estratégico, como si caminaran desprevenidas, jugando con el smartphone en una calle peligrosa. En Chile tendemos a esto. El año pasado nos desconectamos del mundo. Y cayeron la COP25 y la APEC, dos grandes foros sobre el cambio climático y la importancia de Asia, respectivamente. Estábamos distraídos en pugnas nacionales alejadas de las reales prioridades estratégicas. Hoy llegó el virus, solo para recordarnos por las malas que afuera, en el resto del planeta, pasan cosas. Que el desierto, el mar, la cordillera y el hielo no paran la globalización. Estamos avisados ya de otros retos gigantescos. No podremos decir que no los vimos venir… porque, como el COVID-19, de la nada no van a salir.

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