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Publicado el 29 de abril, 2020

Rafael Rincón-Urdaneta: Ahora sí, por las malas

Consultor | Proyecto Quadriga Rafael E. Rincón-Urdaneta

El COVID-19 es el cruel recordatorio de que afuera, allende la Cordillera, el desierto, la costa y el hielo, pasan cosas… las cruciales; las disrupciones que pegan y pegarán fuerte en nuestras vidas, y las que están transformando las instituciones, la economía y hasta la cotidianidad, queramos o no.

Rafael E. Rincón-Urdaneta Consultor | Proyecto Quadriga

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Hará unos siete abriles, dijo un académico y político chileno que el problema constitucional se resolvería «por las buenas o por las malas». Y por las malas fue. O quiso ser. El 18 de octubre pasado entramos a dirimir el asunto a cuchillo, plomo y candela… y aquí estamos, en las mismas o peores. Destruimos cuanto pudimos —no usted ni yo, pero como chilenos, aunque mal esté asumir culpas colectivas— y nos cargamos el prestigio, miles de empleos y hasta vidas humanas, sin contar daños psicológicos y similares. Acuchillamos la confianza y la civilidad, si alguna vez la hubo, y apenas si nos dimos tregua en verano, dizque para recuperar fuerzas y terminar de masacrarnos entre marzo y abril. Para el 26 del cuarto mes, fuego, «muerte a los pacos» y guillotina de por medio, ya teníamos que haber aprobado o rechazado el siguiente nivel, un viaje terminal a destino desconocido. De ahí lo bueno: mínimo dos años más de infiernillo nacional, de dame que te doy, con gesta independentista y refundación incluidas. Refundación de lo que quedara, claro.

En un santiamén, el minoritario Chile de las grandes cosas —el que pensaba estratégicamente en el futuro, en la posición en el mundo, en la proyección al Asia Pacífico, en los embates tecnológicos, en el cambio climático y tal, todo con impacto en la vida diaria de millones— quedó sepultado por la gran prioridad de algunos políticos e intelectuales: cambiar la Constitución. Y por las razones más exóticas. Que el «pecado original», que el neoliberalismo, etcétera. A la pobre Greta, que teníamos en los cielos, a la diestra del Padre, la mandamos de vuelta a Escandinavia; que se las arregle con Thor, Odín y esa gente. La COP25, a freír espárragos. O a comer tortillas con cañas en Madrid. ¿La APEC? Que no fastidien esos asiáticos; bastante liados estamos salvando la Patria.

Pero la globalización, los retos de estos tiempos turbulentos y las fuerzas planetarias no perdonan a quien osa ignorarles. Y se impusieron por las malas. Vamos, ni constitución, ni refundación, ni nada. Tomáš Nídr, un amigo periodista que escribe para el diario checo DeníkN, y que me había entrevistado en diciembre, me dijo hace poco que lo actual ayer ya parecía prehistoria.

El COVID-19 es el cruel recordatorio de que afuera, allende la Cordillera, el desierto, la costa y el hielo, pasan cosas… las cruciales; las disrupciones que pegan y pegarán fuerte en nuestras vidas, y las que están transformando las instituciones, la economía y hasta la cotidianidad, queramos o no. No hay montaña ni «barrera natural» que las pare. A esas no las retiene el SAG en el aeropuerto, por muy implacable que este sea, ni necesitan visa. Y la política no las contiene porque, como dice Joseph Nye, se rigen por las leyes de la física y la biología; información y datos, automatización, un virus de vocación pandémica, por ejemplo.

Lo decisivo se juega en el plano global, damas y caballeros. La minucia local y la riña política de matinal son irrelevantes. Ruido. Atender lo inmediato y pequeño, sin visión amplia y estratégica, es terrible. Desgastarnos así, y además jugar a la revolución, termina mal. La legendaria Fuente Alemana, a la que embistió el coronavirus después de nuestro arrebato de octubre, simboliza lo letal que es distraer y debilitar a una sociedad que debe estar lista y firme para prever, prepararse y enfrentar las crisis de verdad. Y las que no están en nuestras manos ni evitaremos.

Pero ahora, aún «por las malas», podemos hacer mucho y es ponernos serios. Debemos replantearnos la agenda con visión. Cualquier reporte de riesgos, analista de inteligencia y consultor decente avizora ya las posibles próximas crisis, que vienen por la tecnología, el cambio climático, los recursos hídricos, la ciberseguridad, la democracia y pare de contar. Y quizás pandemias, por supuesto. Pero se pueden encarar. En eso deben estar hoy think tanks, industrias, academia, gremios, periodistas, intelectuales, partidos, legisladores, etcétera. En eso que sí es existencial, trascendental, enorme. Habrá que globalizar radicalmente la mirada y formar redes de trabajo adecuadas entre centros de estudio, universidades, fundaciones, empresas y hasta medios. Y a ponerse en plan de update y upgrade con estos temas y enfoque. Los políticos tendrán que cambiar sus mentalidades y luego sus discursos y acciones a un modo más visionario y responsable. Los ciudadanos debemos ser más exigentes con ellos. Es el momento y no hay mucho margen. Que una más no la contamos.

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