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Publicado el 02 de abril, 2020

Rafael Rincón: Siete razones y una lección en tiempos de coronavirus

Consultor | Proyecto Quadriga Rafael E. Rincón-Urdaneta

No se trata solo de adaptarse, reinventarse, reaprender y manejar la adversidad. Ni es únicamente una cuestión de resiliencia. Se trata también de lo vital que es hoy diseñar con visión y concebir las ideas para enfrentar embates ya no de una ley complicada, de un error o de la competencia, sino de fenómenos globales provocados por fuerzas aceleradas y disruptivas. 

Rafael E. Rincón-Urdaneta Consultor | Proyecto Quadriga

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En estos días de encierro, cuando tanto bien hacen, me llegan excelentes noticias de Seven Reasons. Hace poco más de un año que escuché por primera vez ese nombre, cuando mi buena amiga Lucía, argentina, en un tiempo fantástica compañera de aventuras y viajes de trabajo, me contó sobre el proyecto de su hermano residente en Washington. «¿Sabés que Eze está emprendiendo? A vos te va a encantar», me dijo.

A Ezequiel Vázquez Ger lo conocí hará unos tres veranos, estando él de paso por Santiago. Era consultor en asuntos políticos y a eso se dedicaba en la capital estadounidense. Pero un buen día decidió cambiar su oficio y dejar los análisis y reportes por los fogones, por el precioso arte y negocio de la gastronomía. Él no es chef, sino economista, pero Enrique Limardo, venezolano, sí que lo es. Y de los buenos. «El mejor del mundo», dice Ezequiel.

Los dos socios, ilusionados y motivados, tenían el concepto en mente. Y es que la magia en esto no sale de Excel, de las cartas Gantt, ni de los detalles técnicos. No del todo, al menos. Está primero en el diseño intelectual, en la idea, en el ingenio para imaginar y crear una experiencia memorable y única. Querían lograr una obra sofisticada, de buen gusto —muy gourmet, como dicen— con toques latinoamericanos que los comensales descubrirían en cada sensación, desde la música, la atmósfera, las mesas y la atención hasta los ingredientes. Y en las atrevidas combinaciones, como la de una milanesa argentina sobre un aligot de yuca en lugar de papas.

Seven Reasons llamaron a este proyecto que nació para ganar. Así se lo propusieron sus fundadores y así lo hicieron saber al nuevo personal desde el principio: tenían que ser el mejor restaurante de la ciudad. Y se hubiesen quedado las palabras solo en el discurso de motivación, de no ser porque a los seis meses de servir el primer plato, el Washington Post les premió con el primer puesto; a Tom Sietsema, crítico del diario, le fascinó lo de la milanesa, que contó entre sus siete razones para «observar» este lindo lugar de la calle 14. O, mejor aún, para reservar sin demora. Poco después, la prestigiosa revista Esquire les eligió como mejor restaurante nuevo de todo el país.

Todo iba viento en popa, con las reservas a reventar y los Obama buscando sitio para probar el restaurante del que tanto hablaban por allí… hasta que un microscópico virus venido de muy lejos puso al planeta en cuarentena. Y al Seven Reasons en un aprieto de Padre y Señor Nuestro.

Las restricciones de las autoridades empezaron a endurecerse rápidamente para contener el COVID-19, dejando nulo espacio para pensar y maniobrar. Primero hubo que limitar la ocupación de las mesas por lo del social distancing y luego fue inevitable cerrar.

Así se enfrentaron Ezequiel y Enrique a uno de esos momentos que pocos sobreviven para luego contarlo sonrientes. Hubo que comunicar a sus 49 empleados que no podían asistir más a trabajar, y la opción evidente era cerrar y pedir ayuda estatal, una especie de respirador artificial financiero para no morir. La metáfora perfecta en tiempos de coronavirus. Pero había otra solución que permitiría seguir vendiendo y pagarle a la gente. Implicaba repensar seriamente el asunto, renunciar a ciertas concepciones aparentemente no negociables y abrirse a la alternativa del delivery, de las entregas a domicilio. ¿Cómo un sitio cuya maravilla está en la experiencia y en la belleza artística de sus platos recrea eso en una bolsa de papel? Había que poner a trabajar la cabeza… y reaprender muchísimas cosas.

El día uno en modo de búnker, sitiado por el virus, Seven Reasons partió con apenas cinco personas, apostando a que, al fin y al cabo, la gente debe comer y mucha quizás no quiere cocinar cada día. Y cayeron 1.000 dólares la primera jornada, nada comparado a lo que se facturaba antes de la crisis. Luego tintinearon 3.000 en la caja. Y 4.000 después, hasta que el asunto explotó con más de 300 pedidos, imposibles de atender en su totalidad. El gerente, desesperado, le exclamaba a Ezequiel por teléfono «Close the system! Close the system! This is impossible! We cant handle it anymore!» Así cuenta Ezequiel el episodio en una entrevista al diario argentino Clarín y en una nota del Washingtonian.

La arriesgada movida funcionó y más de la mitad del personal se ha reincorporado, con nuevas contrataciones ad portas, una hazaña por estos días. Así, Seven Reasons deja una gran lección, obvia ahora que se cuenta la historia: los emprendedores y líderes —aquí Ezequiel y Enrique— deben estar equipados con una mentalidad y un carácter para estos tiempos tan turbulentos. Hoy es el virus, mañana quién sabe. No se trata solo de adaptarse, reinventarse, reaprender y manejar la adversidad. Ni es únicamente una cuestión de resiliencia, que es lo que suelen decir los emprendedores exitosos. Se trata también de lo vital que es hoy diseñar con visión y concebir las ideas para enfrentar embates ya no de una ley complicada, de un error o de la competencia, sino de fenómenos globales provocados por fuerzas aceleradas y disruptivas. Incluso de eventos que parecen salidos de un filme de ficción. ¿Quién iba a imaginar que un bicho de Wuhan, China, pondría en jaque a un restaurant gourmet de la calle 14 de Washington?

Hay una lección de bonus, menos obvia y quizás la más importante. Ezequiel y Enrique tienen un compromiso ético y un sentido de responsabilidad a toda prueba con sus trabajadores, con sus clientes y con sus inversionistas, a quienes pidieron redoblar la confianza. Y con ellos mismos como emprendedores. Lo expresa bien Ezequiel en una carta abierta publicada en redes sociales, donde explica por qué no querían ayuda del gobierno y cómo pretendían tomar la experiencia para ser mejores personas.

Hay miles de héroes en el mundo que no llevan capa. Y tampoco una pancarta o un discurso de lucha social, tantas veces carente de honestidad y autenticidad. Pero sí llevan ideas y principios a la acción. Los viven. Estos tiempos les están dando a conocer y son una gran inspiración para todos, para salir fortalecidos de las crisis y ser cada vez mejores seres humanos.

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