«Para la próxima vamos juntas, querida [besito con emoticón, carita cool, diablito]», le dice la funcionaria de alto nivel, a cargo de importantísimos asuntos públicos de la Nación, a la futura ministra. Esta última, que también tendrá en sus manos los legajos y decisiones más relevantes de la República, responde: «[besito] Te llevaré de guardaespaldas [risitas]». 

Más o menos así fue. Colegial. Casi diez mil likes en Twitter, más que cualquier Nobel recién premiado, y una cadena interminable de comentarios entre insultos, reclamos, críticas, bobadas y cursilerías. Solo ahí, sin contar toda una semana de prensa, políticos, intelectuales y pueblo entretenidos con las bolsas del shopping day, fotos en probadores y algún comentario descortés, bien feo, alusivo a no sé qué temita anatómico. Y uno le pregunta al Altísimo si esto va a ser todo el tiempo. Porque si nos va a castigar así durante los próximos años es mejor que ponga al corriente a Noé para que martille el arca, recoja la fauna que pueda —yo lo ayudo a cambio de boletos de embarque para mi familia y mis cuatro gatos— y desate de una vez por todas el Diluvio universal. Y sanseacabó. Además, con esta sequía, bien le caería a las paltas.

Justo cuando me dispongo a cerrar el vertedero del pajarito, el tuit del día: «Quería ir al mall a comprarme ropa pero no puedo porque voté por Boric. Me convertiría en una hipócrita. Tendré que hacerme mi propia parca [sic] para el invierno… Porque eso tenemos que hacer los de izquierda, ¿o no?». Ahí se iluminó la pantalla del móvil con un brillante destello divino. ¡Por fin alguien dice algo importante! Plegarias escuchadas, Noé a la espera, el mundo a salvo por ahora… pero las paltas, carísimas.

No había querido referirme al affaire del mall por lo ordinario y bajo de la discusión, por su irrelevancia mientras el país está patas arriba y con las morgues gestionando asesinatos —eso sí que es serio— y por respeto a la futura ministra, que tiene todo el derecho, incluso humano, a proveerse de prendas y a vestir como Dios manda. O como manda quien mande si no es creyente… ella misma, no vaya a tomarse esto como una insinuación patriarcal. Y tiene derecho, añado, a ser nuestra Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno de España y ministra de Trabajo y Economía Social. Muy de izquierdas ella, comunista, pero siempre como en pasarela (caigo en el chisme: dicen que le copió nueve veces el look a Su Majestad la Reina). En fin… la cosa es que el tuit de la parca [sic] me hizo cambiar de parecer. Dejo en paz a la ministra y tomo el caso por su profundidad, porque la confesión ideológicamente más incómoda, desagradable y humillante que puede hacer el militante de izquierdas, al menos en el Chile que odia a muerte al «modelo neoliberal, legado de Pinochet», es la de «no puedo (sobre)vivir sin capitalismo». Aquí es donde se pone bueno el sarao porque lo que está en juego es la vida en capitalismo, o sea, la vida misma. Es decir, el no tener que recolectar o cazar el almuerzo, «hacernos la parca [sic] en invierno», remendar los calcetines o cosernos la ropa en casa. Digo, por necesidad y no por placer, como es el caso de la encantadora jefa de Providencia Evelyn Matthei, hada de la costura.

¿Exagerado? Puede ser, pero permítanme explicarlo con el experimento de la tostadora y la historia del lápiz, lo primero que se me vino a la cabeza con el tuit del abrigo. 

El experimento de la tostadora, The Toaster Project, es de Thomas Thwaites, que no recuerdo si me lo refirió hace años Johan Norberg en su departamento de Malmö, Suecia, o si lo leí en su libro En defensa del capitalismo global. El cuento es que el tal Thomas estaba maravillado con la idea de que mucho de lo que nos rodea existió al principio en forma de piedras y lodo cubriendo el suelo en distintas partes del mundo. Y que eso, ahora, no tiene la apariencia de piedras y lodo, sino de cámaras de TV, monitores, micrófonos, etcétera. Así que pensó en hacer una tostadora eléctrica desde cero. Y desde cero es desde cero. Tomó la más barata que encontró, asumiendo que sería la más fácil de estudiar, y quedó pálido al ver que lo que había comprado por apenas £3,94 tenía 400 componentes distintos, hechos con más de cien materiales diferentes. Thomas contaba con unos 9 meses como máximo y decidió empezar con cinco: acero, mica, plástico, cobre y níquel. Les voy a ahorrar la aventura, que la pueden conocer en su conferencia TED; fue una locura que implicó ir a centros especializados, bibliotecas, minas, etcétera. Trató de hacer plástico a partir de almidón de papa, luego de un intento fallido de conseguirlo con ayuda de British Petroleum. Como no funcionó lo de la papa, pensó que habría polímeros sintéticos y plásticos contenidos en la roca. Los buscó y así… cuento corto: Thomas armó un espantajo como pudo, haciendo muchas trampas que él mismo luego confesó, y lo enchufó. Como no logró aislar los cables porque en Kew Gardens no le permitieron cortar árboles de caucho, los 240 voltios en cables caseros de cobre y el enchufe casero lograron que la cosa tostara durante 5 segundos antes de derretirse por completo. La imagen deforme del frankenstein electrodoméstico de Thomas —la foto de la tragedia es una obra de arte— es un homenaje al capitalismo y a la globalización; recuerda que detrás de lo más sencillo que nos rodea hay miles de personas trabajando y complejas cadenas de extracción, producción y distribución. Hay servicios, publicidad, demasiado conocimiento e infinito ingenio… un universo. Intentar abarcarlo le costó a Thomas frustraciones y unos £1187,54. Eso con todo y las triquiñuelas que debió hacer. Y supongo que pudo costarle el pellejo si la iniciativa termina en incendio.

Para complementar, está la historia del lápiz. I, Pencil (Yo, el lápiz en español) es un ensayo de Leonard Read (1898-1983) escrito en 1958 y en primera persona, desde el punto de vista de un popular lápiz Mongol 482 de la compañía Eberhard Faber. Este expone la complejidad de su propia creación listando sus componentes —cedro, esmalte, grafito, latón, facticio, piedra pómez, cera, pegamento— y las numerosas personas involucradas, incluyendo el barrendero en la fábrica y el guardián del faro que guía el envío en el puerto. El lápiz concluye que él mismo existe en «la ausencia de una mente maestra, de alguien dictando o dirigiendo a la fuerza estas innumerables acciones que me dan vida». Así explica conceptos como el de la demonizada mano invisible y los de orden espontáneo y conocimiento disperso. También el rol del sistema de precios. 

En suma, cada vez que la ministra —vuelvo a importunarla— va al mall o respira, activa a bajo costo un complejísimo y virtuoso sistema global de creación y distribución de bienes y servicios que le permite a ella vestirse, a la tuitera abrigarse por poco dinero… y, bueno, a la muchedumbre molestar en redes sociales. Porque para que les digo que no si sí, como decía la Chimoltrufia.

Nadie racional le pide a nuestra izquierda anticapitalista que se abstenga de vivir o de consumir, pero sí que acepte la realidad. Que si quiere desayuno, almuerzo y cena, pues sea «egoísta» y piense bien lo que está haciendo. ¿Nacionalizaciones? ¿Liquidar tratados? ¿Abolir el «neoliberalismo»? ¡Cuidado! Y sea altruista por el bien de los demás. Recuerde a los millones de personas que ayuda —con empleos, accesos y comprando barato, por ejemplo— al adquirir una camiseta, un helado, un viaje, una tostadora o un lápiz. O con buenas políticas. No hay mejor política que aquella que facilita la economía ni peor que la que la dificulta. Es gente con nombre y apellido que come o que no come. Millones de chilenos y más en todo el mundo viven de nuestras necesidades, caprichos y lujos. No los/nos fastidien. Y créanme que no hay que volver a coser la propia ropa para malograr la calidad de vida.

Ah… y la próxima vez, ministra, invíteme a mí, entusiasta comprador, promotor y cultor de la moda. 

*Rafael Rincón es consultor y forma parte del proyecto Quadriga.

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