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Publicado el 31 de octubre, 2019

Rafael Rincón: El secuestro de una nación

Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP Rafael E. Rincón

Enfurece ver cómo algunos políticos, cualesquiera sean sus intenciones, acaso por el puro azar de las circunstancias, hacen de voceros de los secuestradores, de los que tienen a la sociedad entera como rehén. No sé si se entienden entre sí o sí es puro oportunismo, pero así se ven, quieran o no. Como extorsionadores. Como diciendo «dado que no gobernamos, les someteremos en la calle. O mandamos nosotros o se atienen a las consecuencias».

Rafael E. Rincón Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP
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Suena el teléfono en el despacho del Presidente. Una voz masculina, calmada, sin mediar saludo, expone punto por punto las exigencias. «Queremos que liberen a todos nuestros combatientes, diez millones de dólares y un avión con salida segura. Y su renuncia en cadena nacional». Enumeradas, claras, precisas. Esas son las demandas. El Presidente, impotente, se seca el sudor con un pañuelo. «Ud. sabe que no puedo hacer eso. He accedido a lo pedido antes», le dice al hombre que, al otro lado del teléfono, hace de vocero y negociador de los secuestradores. «Ese es su problema. Ud. no ha entendido lo que queremos. Tiene hasta la medianoche. Después de esa hora morirá un rehén cada 15 minutos. Luego desataremos el infierno en la capital y Ud. será el culpable». El teléfono se cierra… empieza la cuenta regresiva. Así es esta escena ficticia de uno de esos thrillers de acción.

Santiago de Chile. Van ya unas dos semanas de protestas y actos violentos, los más salvajes de los últimos tiempos. Estaciones de metro, que sirven —o servían— a millones de santiaguinos, están totalmente destruidas. También muchos buses. Los trabajadores caminan durante horas hacia sus hogares o simplemente no pueden ir a trabajar. Isabela es mesera y lleva todo este tiempo sin la mayor parte de sus ingresos: las generosas propinas que recibe. El restaurante donde trabaja no ha podido abrir. Marcelo es barbero y el centro comercial donde presta sus servicios es una fortaleza improvisada, sellado casi herméticamente con paneles y láminas de metal que cubren todo por temor a la turba furiosa. Pequeños, medianos y grandes comercios han sido saqueados y robados enteramente. Sus dueños están con las manos en la cabeza. Hay muertos y heridos, algunos calcinados al interior de lugares incendiados. Barrios en manos de delincuentes están con sus habitantes aterrados.

A otras ciudades no les ha ido mejor. Valparaíso y Concepción, por ejemplo, son tierras de una especie de autoritarismo sin rostro, perverso. Cubierto con la capucha de la cobardía.

El Presidente toma medidas y hace cambio de gabinete creyendo que se calmarán las cosas. Sin embargo, he debido caminar más de 50 minutos para tomar el metro. Fue una eternidad avanzar desde ahí solo dos estaciones, para que al final evacuaran todo luego de una interminable espera. La gente con rabia, humillada. Yo también. Escribo esto al llegar a casa a pie, casi dos horas y media después de salir de mi trabajo y acompañado de muchos más en las mismas.

Abro la aplicación de Twitter y me encuentro con la publicación de un conocido diputado que enumera exigencias claras, justo en medio del caos y la violencia. La tercera y última de ellas es el punto central de una agenda que hace tiempo trata de torpedear las instituciones políticas y económicas de Chile. Quieren liquidar eso que llaman «el modelo neoliberal». Es paradójico que esto pase en el país más próspero de la región, que hoy atrae a miles de inmigrantes esperanzados. Y dice: «Cambios estructurales. Nueva constitución mediante Asamblea Constituyente». No pude evitar pensar en la voz del teléfono, en la del negociador, con el infierno de fondo.

La comparación es odiosa, lo sé ¿Extrema? Quizás. Pero así lo sentí en ese momento de indignación. Enfurece ver cómo algunos políticos, cualesquiera sean sus intenciones, acaso por el puro azar de las circunstancias, hacen de voceros de los secuestradores, de los que tienen a la sociedad entera como rehén. No sé si se entienden entre sí o sí es puro oportunismo, pero así se ven, quieran o no. Como extorsionadores. Como diciendo «dado que no gobernamos, les someteremos en la calle. O mandamos nosotros o se atienen a las consecuencias». Se hacen los intérpretes de un pueblo al que, ojalá, quisieran más de lo que odian a «la derecha» y al gobierno. Instrumentalizan desvergonzadamente el auténtico descontento o las frustraciones de quienes se manifestaron sin violencia y con honestidad.

Llegué de Venezuela hace 14 años. Sé muy bien de lo que hablo. Les veo, a estos contrabandistas de chantajes, y pienso sinceramente que están matando a puñaladas y a traición la democracia que les dio la oportunidad de servir al país y a su gente. A nosotros. A mi país, Chile.

Acaban de cancelar las reuniones de la APEC y de la COP25. «¡Un golpe al gobierno y a los ricos… ja ja ja!». Eso creen. Quizás no saben que es una operación suicida. Sigue la cuenta regresiva… tic tac… y no hay avión con salida segura. Para nadie.

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