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Publicado el 13 enero, 2021

Rafael Rincón: Antisemitismo en Chile: Crítica sí, odio no

Consultor | Proyecto Quadriga Rafael E. Rincón-Urdaneta

Los palestinos de Chile han hecho y hacen al país un aporte inmenso, sea a la economía, la cultura, la academia o la democracia. Precisamente por eso preocupa que expresiones radicales y antisemitas se divulguen a través de un canal de participación de la comunidad palestina, cuyos miembros tienen todo el derecho a una postura crítica y a expresarla sin caer en lo que acusa el CSW.

Rafael E. Rincón-Urdaneta Consultor | Proyecto Quadriga
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La controversia en torno al alcalde de Recoleta Daniel Jadue, destacado por el Centro Simon Wiesenthal —en adelante CSW— como figura antisemita de marca mundial, no cesa. Ni cesará sin dejar cicatrices y rencores. No solo por el alcalde, sino también por el liderazgo de la comunidad palestina, al que el CSW acusa de haberse «radicalizado y alineado con la ideología de Hamas».

Así, entre discusiones y hasta una entrevista en este medio a Ariel Gelblung, representante del CSW, la Comunidad Palestina se ha defendido en la voz de Maurice Khamis. En una carta pública, Khamis dice que «a raíz de los infundados ataques […] en contra del alcalde Daniel Jadue y en contra de la dirigencia de nuestra Comunidad  […] pareciera ser más bien una instrumentalización política del sionismo para acallar a quienes se atreven a criticar a Israel, tratando de ocultar la ilegal e interminable ocupación de Palestina». Khamis descarta, además, que en los últimos años el liderazgo de la comunidad se haya radicalizado.

Sin embargo, el CSW parece no haber actuado a la ligera. Es probable, de hecho, que el sitio web de la Federación Palestina y sus perfiles en redes sociales, entre otras cosas, hayan nutrido las razones para lanzar y sostener una acusación tan seria.

Si los responsables del informe revisaron, por ejemplo, la oferta de opinión alojada en el portal oficial de la comunidad, de seguro distinguieron una línea editorial muy dedicada a Israel, a los judíos y al sionismo, que en su acepción moderna no es más que la defensa y apoyo a la existencia y prosperidad del actual Estado israelí. Pero no hubiesen podido acusar antisemitismo por esto ni por el legítimo derecho a criticar políticas, acciones, gobiernos o líderes israelíes. Lo han hecho —se puede inferir—  por el acento del discurso y por las referencias peyorativas de al menos parte del contenido, que en varios casos activan los criterios de la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA).

Los puntos son varios —más de una decena—, pero basta saber que se considera antisemitismo el discurso o la acción que pide, apoya o justifica «el asesinato o daño de judíos en nombre de una ideología radical o de una visión extremista de la religión». También lo es la formulación de «acusaciones falsas, deshumanizadas, perversas o estereotipadas sobre los judíos, como tales, o sobre el poder de los judíos como colectivo» (típicas son las teorías sobre la conspiración judía mundial y el control de los medios de comunicación, la economía, el gobierno u otras instituciones). Asimismo entran la acusación a los judíos como «pueblo responsable de un perjuicio, real o imaginario, cometido por una persona o un grupo judío, o incluso de los actos cometidos por personas que no sean judías» y el responsabilizarlos de las actuaciones del Estado de Israel.

Quizás el equipo del CSW, en su examen, se topó con el artículo Gaza en Cuarentena: Bajo Ataque del Virus Sión-48. En él, el autor, un prolífico colaborador del portal palestino, se refiere a «uno de los virus, una toxina, un veneno de los más mortales que han existido en la humanidad: el sionismo. Un Virus que denominaré Sion-48». Este «virus ponzoñoso» —sigue— ha provocado la «pandemia Sion-48» y «hay que aislarlo, propiciar su desaparición […] Se requiere, tal vez, una solución política militar, al estilo del Interferón Alpha (IFNrec), este antiviral cubano que está apoyando la lucha contra el Covid-19». Y es que al «virus», claro, hay que matarlo.

No es fácil dar una lectura metafórica inocente al analista, muy activo en la televisora chavista Telesur, en el abiertamente antisemita medio iraní HispanTV y en el canal de YouTube Arab TV, donde en octubre pasado cuestionó a la embajadora de Israel en Chile, Marina Rosenberg, por sus orígenes germano-argentinos y la trató como «engendro político de la sionista falsaria, mentirosa y cómplice de todos los asesinatos que se comenten contra el Pueblo Palestino».

Esto es solo una muestra. Y podría explicarse que las opiniones expresadas en el portal «no representan necesariamente a la Comunidad Palestina de Chile», pero siendo ya difícil escudar al alcalde Jadue, complica aún más la defensa una selección de contenidos donde tantas veces emerge la misma voz que, además de llamar a aniquilar al «ponzoñoso, tóxico y venenoso virus sionista» —¿a (casi) todo Israel?— con una solución político militar, glorifica a los grupos terroristas Hamas y Hezbollah.

Los palestinos de Chile han hecho y hacen al país un aporte inmenso, sea a la economía, la cultura, la academia o la democracia. No hay espacio ni rincón donde un apellido palestino no haya dejado una huella positiva, como la han dejado croatas, alemanes o judíos, por citar algunas de las antiguas comunidades influyentes. Y en el directorio de la federación hay nombres muy respetables y conocidos por sus valiosas contribuciones, de personas que difícilmente se identifican con odiosidades tan graves. Precisamente por eso preocupa que expresiones radicales y antisemitas se divulguen a través de un canal de participación de la comunidad palestina, cuyos miembros tienen todo el derecho a una postura crítica y a expresarla sin caer en lo que acusa el CSW.

En Chile, el odio en general —el antisemitismo es solo una manifestación entre otras— amenaza seriamente nuestra democracia. Y lo estamos viendo. Odiar a un grupo humano erosiona la cultura democrática y la destruye. Tanto la comunidad palestina como la judía pueden contribuir con un diálogo constructivo, difícil, sí, pero que urge lograr. El reciente acercamiento entre Israel y varias naciones árabes con los Acuerdos de Abraham es un gran ejemplo. Y si algo tiene que desaparecer son las manifestaciones que deshumanizan, las que colectivizan críticas y culpas y las que insinúan justificaciones para dañar a otros, cualesquiera sean sus vitrinas y su origen.

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