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Publicado el 28 de octubre, 2018

Rafael E. Rincón-Urdaneta: 100 años

Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP Rafael E. Rincón

Para los latinoamericanos, que nos quejamos de tanto y justificamos nuestro subdesarrollo como podemos —los «saqueadores españoles», los «gringos» o el capitalismo global—, esta historia fascinante, que comenzó en 1918, tiene sus mensajes. Uno, quizás el más claro, es que la democracia, la libertad y el progreso, incluso cuando brillan como si fuesen a durar para siempre, pueden ser muy frágiles.

Rafael E. Rincón Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP
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Si hay una fecha que recuerdo religiosamente, es el 28 de octubre, aniversario de la fundación de Checoslovaquia. Me atan fuertes lazos personales, culturales y sentimentales a la República Checa, que hasta “ayer” —¡cómo pasa el tiempo!— compartía Estado con la actual Eslovaquia.

 

Soy nacido en Venezuela, país de pasado promisorio que hoy yace estrangulado y acuchillado por la barbarie. Y resido en Chile, que, al contrario, prospera entre desafíos y con todo por ganar. Así, no puedo dejar de pensar en qué son 100 años para la vida de una sociedad. Porque este 28, para checos y eslovacos, es el centenario de aquel momento en que, como relata Jan Hajšman, el sol se levantó sobre súbditos del Imperio Austro-Húngaro y se puso sobre una nación libre. Para los latinoamericanos, que nos quejamos de tanto y justificamos nuestro subdesarrollo como podemos —los «saqueadores españoles», los «gringos» o el capitalismo global—, esta historia fascinante, que comenzó en 1918, tiene sus mensajes.

 

Uno, quizás el más claro, es que la democracia, la libertad y el progreso, incluso cuando brillan como si fuesen a durar para siempre, pueden ser muy frágiles. La alegría y los avances de los primeros años checoslovacos en sus instituciones, su economía y su situación social, pronto fueron frustrados; el Acuerdo de Munich entregó la cabeza de la joven república a los nazis y marcó, en 1938, lo que al año siguiente ya sería el Protectorado de Bohemia y Moravia, o la anexión de una tercera parte del país a los dominios de Hitler. Un episodio terriblemente doloroso fue la masacre de Lidice, el 10 de junio de 1942. Los nacionalsocialistas, en represalia por el atentado que mató a Reinhard Heydrich, máximo jefe nazi en la zona, liquidaron a un pueblo entero. Horas espantosas de fusilamientos, robos y ultrajes; los hombres fueron pasados por las armas, incluyendo adolescentes y ancianos; las mujeres terminaron en campos de concentración y los niños en cámaras de gas, mientras los “aptos” fueron “reeducados” y “arianizados”. Luego le tocó a la aldea de Ležáky.

 

Después del fin de la guerra en 1945, el país intentó recuperar la democracia y la libertad. Pero soviéticos y portadores del estandarte rojo cobraron caro sus “servicios de liberación”. El golpe comunista de 1948 pegó, y las fauces proletarias mordieron la garganta de Checoslovaquia, sin soltarla por cuatro décadas. La Primavera de Praga de 1968 quiso liberalizar el régimen —darle un “rostro humano”, aunque el comunismo es irreformable—, pero fue aplastada por los tanques del Pacto de Varsovia. Apenas en noviembre de 1989 la nación vio a sus opresores caer con la Revolución de Terciopelo. Hoy, casi 30 años después, checos y eslovacos viven en democracia y prósperamente, pero acechados por el iliberalismo y el populismo que tienen a Europa en vilo.

 

Este rápido relato de ochos —1918, 1938, 1948 y 1968—, con un final feliz el mismo año en que cayó el Muro de Berlín, introduce el segundo mensaje: el valor de la resiliencia. Y es que 100 años de adversidades y luchas, con nazis, comunistas y Guerra Fría, es demasiado. Checos y eslovacos tuvieron que comenzar, si no de cero, de muy cerca, pues debieron (re)integrarse al mundo libre; levantar industrias e instituciones, otrora pujantes pero destrozadas por la tragedia totalitaria; conectarse globalmente y poner en marcha una transición democrática. No todas fueron exitosas y hasta épicas.

 

Finalmente —no podía faltar— está el rol de los líderes. Cuando buscamos grandes figuras políticas en el siglo XX pensamos en Churchill, Thatcher, Mandela o Gandhi. Pues Checoslovaquia alumbró a dos colosos morales y éticos: Tomáš Garrigue Masaryk (1850-1937), el “Presidente Libertador” y fundador de Checoslovaquia en 1918, y Václav Havel (1936-2011), el hombre que, con otros, enfrentó el comunismo, para luego convertirse en el primer y último presidente de la Checoslovaquia libre y luego de la República Checa hasta 2003. De ambos destaco la visión, la madurez y la mejor vocación democrática en el sentido liberal del término.

 

Esta historia la cuento cada vez que puedo. Y hoy con más sentido que nunca, viendo a mi país natal en el mismísimo averno y a mi patria adoptiva avanzando, pero acechada por los saboteadores de la esperanza.

 

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