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Publicado el 12 de junio, 2015

¿Quién manda en esta casa?

Mientras usted lee esta columna, la Presidenta mantiene a Chile sin nombrar una serie de autoridades, varias en cargos muy sensibles para el buen funcionamiento del Estado.
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Hay ya demasiada evidencia: la Presidenta Michelle Bachelet ha renunciado a darle a Chile un buen gobierno, entendido como aquel que se ejerce, además de con buenas ideas y capacidad técnica para ejecutarlas, con liderazgo para conducir y autoridad para tomar decisiones.

Partamos por la autoridad. Vamos a saltarnos todas las expresiones controvertidas de autoridad, desde las de control del orden público en las marchas, hasta las de paz social en La Araucanía. Digamos simplemente que mientras usted lee esta columna la Presidenta Bachelet mantiene a Chile sin nombrar una serie de autoridades, varias de ellas en cargos muy sensibles para el buen funcionamiento del Estado. Nadie hasta ahora nos ha explicado las razones de esta inexcusable renuncia a la más esencial de las tareas presidenciales.

El país está sin Contralor General de la República desde hace dos meses (sí, en la mayor crisis de confianza que se haya registrado en el país ¡No tenemos Contralor!). Ni siquiera se ha iniciado el proceso proponiendo un nombre al Senado. Como dato, en su primer mandato, la Presidenta Bachelet se tomó nueve meses para designar al sucesor de Gustavo Sciolla.

Tampoco tenemos Embajador en Argentina, desde que Marcelo Díaz se convirtiera en el nuevo vocero de gobierno. Nótese que se trata de la misión en el país con el que compartimos más de cinco mil kilómetros de frontera y en el que residen el mayor número de compatriotas.

Estamos también, desde hace un mes, sin Presidente del BancoEstado, pues el anterior es ahora nuestro ministro de Hacienda. Para qué vamos a enumerar la cantidad de decisiones que toma esa autoridad todos los días, digamos sencillamente que en abril informó un patrimonio de dos mil millones de dólares.

Y la Presidenta de la República tiene pendiente nombrar a un subsecretario de Previsión Social, desde que hace un mes Marco Barraza asumiera como ministro de Desarrollo Social.

En materia de liderazgo, la performance presidencial es, por decirlo de una manera elegante, ausente. Por ejemplo, no hemos oído en las últimas semanas una voz fuerte y clara de la Mandataria para defender el proyecto de Nueva Carrera Docente, firmado de su puño y letra y que su ministro de Educación impulsa en el Congreso desde hace dos meses. El liderazgo se pone a prueba en momentos de dificultades y en esta materia el gobierno las enfrenta: el primer proyecto que propone cambios que impactan al corazón de la calidad en la enseñanza es rechazado por el Colegio de Profesores, comandado por el PC Jaime Gajardo, básicamente porque se opone al sistema de evaluación periódica de los profesores (tal como todos los trabajadores de Chile somos evaluados por nuestros empleadores, sin estatuto que nos garantice, como a él, el trabajo de por vida).

Los parlamentarios de la Nueva Mayoría, que el año pasado decían estar comprometidos con los alumnos y sus familias, para garantizarles equidad y calidad, hoy les han dado la espalda y exigen el retiro del proyecto de ley, para respaldar al Colegio de Profesores, negándole una vez más a la educación pública la oportunidad de contar con un estándar docente similar al de los colegios privados. La Presidenta Bachelet podría romper su silencio para explicarle a Gajardo que la dignidad que reclama está íntimamente relacionada con exigencias mínimas en la tarea que cumplen los profesores; y para exigirle respaldo a los parlamentarios oficialistas, elegidos todos con el aval de su figura (en ese entonces muy popular).

Liderazgo también es lo que exige un gobierno cuyo principal problema político no es la corrupción ni los aportes irregulares a la campaña presidencial, sino la caída en picada de la economía en 15 meses de mandato y el deterioro progresivo del empleo (8 de cada 10 empleos asalariados creados en los últimos 12 meses son en el aparato público, calcule), en un país acostumbrado a progresar y en el que una creciente clase media (más de siete millones de personas) no está dispuesta a sacrificar por una quimera difusa, aquello por lo que ha trabajado décadas. Cuando se le plantea esto a la Presidenta Bachelet, su respuesta se remite invariablemente a “nos hemos comprometido con El Programa de gobierno”, sin entender que es precisamente ese el origen del problema.

En fin, estamos lejos de contar con un buen gobierno, ni en las tareas esenciales, en la frontera de lo administrativo –como el nombramiento de autoridades-, ni en las de envergadura, como el liderazgo necesario para conducir la única reforma que hasta ahora vale la pena respaldar o la flexibilidad política para entender que un programa de gobierno es un documento, no el Corán ni el Iching, que puede perfectamente verse superado por la realidad.

No es gratis el rechazo mayoritario en las encuestas por ocho meses, más de la mitad del tiempo que ha transcurrido del mandato.

 

Isabel Plá, Avanza Chile.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO.

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