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Publicado el 23 de diciembre, 2016

Querido Viejito de Pascua

Lo que pedimos millones de chilenos es que la política vuelva a ser uno de los motores de progreso y justicia para nuestro país.
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En esta Navidad he decidido volver a creer en ti, básicamente porque fui muy feliz mientras formaste parte de mi vida, antes de que se me cruzara en el camino la cargante“realidad”. Y porque quiero pedirte regalos que son una fantasía para los escépticos de la energía transformadora del ser humano, y una realidad para aquellos que nunca dejaremos de soñar y trabajar por una vida mejor para todos.

El primer regalo que te encargo es dignidad para la política. Es cierto que nunca ha sido un jardín de rosas y que el legítimo derecho a aspirar al poder se ha prestado en incontables momentos de nuestra historia en un pretexto para la violencia y la traición. Jamás, sin embargo, la política había alcanzado en Chile su actual nivel de desprestigio. Una actividad noble, que debiera convocar a nuestros mejores hombres y mujeres, se ha reducido hoy a las caricaturas, la sospecha, el insulto y la vulgaridad; y el Congreso, el lugar de privilegio para su ejercicio, ha perdido la exigencia de decoro y solemnidad que alguna vez nos enorgulleció.

Lo que pedimos millones de chilenos es que la política vuelva a ser uno de los motores de progreso y justicia, y para que en momentos de enormes desafíos -desde terremotos, hasta crisis económicas- sea otra vez el espacio de encuentro y unidad que los chilenos nos merecemos.

El segundo regalo son espacios públicos para ser más felices, porque los chilenos estamos aspirando a más, las casas se están achicando y miles de niños pocas veces han tocado una flor o han experimentado la locura de escalar hasta la copa de un árbol. Pienso que, con creatividad y voluntad, cientos de rincones oscuros y tristes de nuestras ciudades pueden convertirse hoy mismo en plazas, parques o en paseos que, sin grandes pretensiones, inviten a jugar, leer, o a conversar con los vecinos.

Esa revolución solo será posible cuando integremos al mundo público y al privado, sin complejos y, por ejemplo, concesionemos una parte de esos espacios, a cafés, heladerías, librerías, financiando así su mantención. Y muy importante, cuando los ciudadanos aprendamos a compartirlos con respeto (perros con correa, ciclistas que no insultan, etc.).

Tercero, respeto para las mujeres. Es imposible deshacernos con pura voluntad de una mochila que cargamos todos desde hace siglos. Lo que es perfectamente posible y donde ya tenemos trabajo avanzado es comprender como sociedad que hombres y mujeres tenemos iguales derechos y dignidad, y que merecemos idéntico respeto. Si bien la muñeca inflable de Asexma se convirtió en un símbolo de lo que queremos erradicar, no nos engañemos: todos los días, en público o en privado, las mujeres siguen siendo objeto de distintos grados de discriminación.

En política podríamos escribir un libro. A la senadora Isabel Allende, uno de sus competidores le bajó su candidatura presidencial, notificándola en su casa. A Carolina Goic la portada de un diario le adjudicó su liderazgo a un mentor de la DC, que la instruiría respecto de lo que debe hacer y decir. Y Jacqueline van Rysselberghe, en vez de ser felicitada como la primera mujer electa presidenta de un partido en la derecha, ha sido convertida por algunos en una costilla de “Los Coroneles”.

Desde ya infinitas gracias, querido Viejo. Y a todos quienes han llegado hasta esta altura de la columna, deseo una muy feliz Navidad y un 2017 en el que se cumplan sus sueños.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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