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Publicado el 09 de julio, 2017

¿Qué hay detrás de la liberación de Leopoldo López?

Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política Alberto Rojas
El camino a la controvertida elección de la Asamblea Constituyente se ve difícil. No sería exagerado pensar que liberar al líder opositor venezolano es un gesto magnánimo hacia la oposición y la comunidad internacional.
Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política
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Sin duda, la liberación del líder opositor venezolano Leopoldo López, luego de permanecer tres años y medio en la cárcel, será una de las noticias más destacadas de los tradicionales balances que hagan los medios de comunicación a fines de este año.

López fue arrestado en febrero de 2014 por “incitación a la violencia”, luego de una jornada de protestas que exigía la renuncia del Presidente Nicolás Maduro, en la que murieron tres personas y decenas quedaron heridas o fueron detenidas. Finalmente, en septiembre de 2015, fue condenado a 13 años y 9 meses de cárcel en la prisión militar de Ramo Verde, al sur de Caracas, por los delitos de instigación pública a la violencia, asociación para delinquir, daños a la propiedad e incendio.

Su detención siempre fue vista por la oposición venezolana ―y buena parte de la comunidad internacional, también― como una estrategia destinada a neutralizar a quien entonces era uno de los más importantes líderes del movimiento antichavista. Pero su encarcelamiento solo acrecentó su figura. Sobre todo cuando, por ejemplo, Franklin Nieves, uno de los fiscales que llevó la causa en su contra, escapó a Estados Unidos y confesó que todo el juicio había sido “una farsa”.

La decisión de liberar a López no se puede entender ―necesariamente― como producto de la presión opositora venezolana, las numerosas declaraciones públicas hechas por países de la región o las gestiones realizadas por el secretario general de la OEA, Luis Almagro. Porque, después de todo, el Gobierno de Maduro ha demostrado ser impermeable a ese tipo de presiones durante años. La libertad de Leopoldo López ―quien ahora permanece con arresto domiciliario― se da en un contexto muy claro y definido, porque en este instante el oficialismo venezolano enfrenta uno de los escenarios más complejos y adversos que le haya tocado vivir, desde que llegó al poder en 1999.

En primer lugar, porque desde abril de este año, las protestas en contra del Gobierno no se han detenido. Según fuentes oficiales, los fallecidos ya llegan a los 90, aunque otras mediciones hablan de más de 110 muertos. Y todo indica que las manifestaciones podrían continuar.

Segundo, por primera vez estamos siendo testigos de un quiebre visible al interior del chavismo, como lo ha demostrado la fiscal Luisa Ortega, al criticar abiertamente al Gobierno por su llamado a una Asamblea Nacional Constituyente, argumentando que esa decisión es inconstitucional. Lo que posiblemente le cueste su cargo, sobre todo tras el nombramiento de la vicefiscal Katherine Haringhton como su posible reemplazo, si finalmente Ortega es destituida.

Y tercero, el hecho de que desde que comenzaron las protestas, cerca de 123 miembros de las Fuerzas Armadas venezolanas han sido detenidos por cargos que van desde traición y deserción hasta robo, según publicó recientemente Reuters. Un tema delicado, considerando que el gran pilar del régimen son sus Fuerzas Armadas, purgadas hace años para que fuesen incondicionales al chavismo.

De esta forma, el camino a la controvertida elección de la Asamblea Nacional Constituyente que reescribirá la carta magna de Venezuela, prevista para el próximo 30 de julio, se ve difícil. Y no sería exagerado pensar que la liberación de Leopoldo López es una medida destinada a “aquietar las aguas”, un gesto magnánimo hacia la oposición y la comunidad internacional.

Sin embargo, aún es muy pronto para saber si esta jugada tendrá el efecto que espera el oficialismo o, por el contrario, solo profundiza las protestas y la polarización de una Venezuela en que la crisis institucional se sumó al colapso de su economía y a la imparable inseguridad en sus calles. Un escenario insostenible, en el que la presión social solo aumenta día a día.

 

Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae

 

 

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