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Publicado el 14 de diciembre, 2014

Qué cosas tiene la vida Mariana

¿Quién está siendo fiel a la defensa del proyecto DC, los que defienden a ultranza la adhesión al programa de Bachelet y su fidelidad a la NM o Mariana Aylwin?
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Un consejero de la juventud DC, junto a dos militantes, presentó un requerimiento solicitando la expulsión del partido de la ex Ministra de Educación Mariana Aylwin, fundamentalmente por sus críticas a la reforma educacional. En sí el requerimiento no es sorprendente, después de todo proviene de dirigentes juveniles y los jóvenes son por definición impetuosos, pero el Tribunal Supremo acogió a tramitación la presentación y esa ya es otra historia.

Todo Tribunal es la expresión material de la justicia, garantía de racionalidad en las relaciones sociales. Es conocida la leyenda, relatada de distintas maneras, según la cual Federico II de Prusia habría ordenado a un molinero demoler su molino, porque afeaba la vista de su palacio, pero el humilde vecino rechazó la orden del emperador; consultado el molinero si comprendía la irracionalidad de su posición, pues no se podía negar a una orden del monarca, éste respondió que sí podía hacerlo “porque todavía hay jueces en Berlín”.

La historia es suficientemente hermosa como para que quienes nos formamos en el Derecho queramos creerla, porque la civilización, o sea el imperio de la libertad individual, merece que lo sea. En eso consiste un Tribunal, ya sea del Estado, de una organización empresarial, deportiva, de una junta de vecinos o de un partido político.

Sin embargo, los partidos tienen la singularidad que exigen una necesaria coherencia de pensamiento, es razonable que solo puedan pertenecer a un mismo partido los que comparten los aspectos esenciales de una forma de organización social. Así, para ser democratacristiano se requiere suscribir y defender principalmente los fundamentos del pensamiento socialcristiano; vale decir, una fuerte adhesión a la libertad de organización social, lo que conduce a la libertad de enseñanza y religiosa; así como una concepción del rol de Estado que se aleja de las posiciones liberales, en cuanto lo ve como un ente que debe intervenir en la organización económica modificando coercitivamente las relaciones que produce el mercado, en aras de una visión de la dignidad de la persona y, por ende, de la justicia.

Esta definición compleja, en cuanto se funda en distintos elementos difíciles de compatibilizar, ha llevado a la DC a jugar un rol de centro en el campo político chileno. Su visión del hombre y la sociedad le permitirían formar parte del mundo de la derecha, como ocurre en la mayoría de los países, pero sus posiciones económicas la llevan a simpatizar más con posiciones socialdemócratas. En Chile, por múltiples razones, terminó gravitando más esta segunda dimensión y por eso está en el pacto gobernante.

Pero la reforma educacional, de corte socialista, ha tensionado al máximo lo que para muchos DC es aceptable en la dimensión social. Las críticas de Mariana Aylwin indican que, en su argumentada y respetable opinión, este proyecto vulnera aspectos esenciales del ideario de su partido. La pregunta que cabe formularse entonces es: ¿quién está siendo fiel a la defensa del proyecto político democratacristiano, los que defienden a ultranza la adhesión de la DC al programa de la Presidenta Bachelet y su fidelidad a la Nueva Mayoría o Mariana Aylwin?

No pretendo responder yo a esa pregunta, mi domicilio político es otro y, por lo tanto, no me corresponde hacerlo. Pero para cualquier observador es claro que la respuesta se debe buscar en sede política y no en un Tribunal, aunque sea el del partido. Mariana Aylwin ha dado argumentos serios, técnicos y con fundamento doctrinario que en nada traicionan la esencia de la Democracia Cristiana; claro que sus puntos de vista incomodan al pacto que integra su partido, pero ni en el fondo, ni en la forma, ella se ha apartado de las normas que regulan el debate y la convivencia en una organización política.

Los Tribunales resuelven los conflictos, pero sólo cuando en esos desacuerdos está envuelta la trasgresión de alguna norma que regula la convivencia en una sociedad. No corresponde a los jueces dirimir entre legítimos puntos de vista, en lo que es opinable. Mariana Aylwin tiene derecho a plantear sus puntos de vista porque, en el fondo, ella no está actuando para horadar la lealtad de su partido al gobierno o al pacto, sino representando que el apoyo a la reforma educacional traiciona el ideario democratacristiano.

La única conducta que honraría el título de Tribunal sería la defensa del derecho de Mariana Aylwin a plantear el debate y de ser escuchada en todas las instancias, de su colectividad. Pretender negárselo con el imperio de una jurisdicción sería contradecir la esencia del rol de juez, que existe para asegurar las libertades de conciencia y de opinión, nunca para ahogarlas.

La familia Aylwin se ha caracterizado por vivir alrededor de dos grandes vocaciones: la abogacía y la política. Destacados en los dos ámbitos, es precisamente el padre de Mariana, don Patricio, quien mejor encarna ambas vocaciones. Ejerció su profesión de abogado y la docencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, con la misma pasión que dedicó a su vida a la política en la DC.

Es una paradoja que sea Mariana, un miembro destacado de esta familia, la que es llevada al Tribunal de su partido y se solicite su expulsión en esa instancia jurídico/política, precisamente por defender lo que ella entiende que es la esencia del pensamiento democratacristiano. En la historia con la que inicié esta columna el molinero germano confiaba en que había jueces en Berlín, por eso se enfrentaba al emperador; ojalá Mariana pueda decir que “hay jueces en la DC” y enfrentar, con la misma confianza del molinero, la reforma educacional de la Nueva Mayoría.

Cómo no recordar al gran Alberto Cortez: “Qué cosas tiene la vida Mariana… que cosas tiene la vida”.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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