El seudo zar ruso, Vladimir Vladimirovich Putin, ha traspasado todos los límites de la racionalidad política. Si en la esfera interna este excoronel de la KGB se ha dedicado a construir una férrea dictadura, coartando la ya débil institucionalidad democrática rusa y eliminando físicamente a sus opositores (matando, envenenando, haciendo desparecer o encarcelando), en el campo externo ya no se limita a ser un mero actor obstaculizador en el sistema internacional (spoiler), sino que ahora procura restablecer el viejo imperio de zaristas y soviéticos a costa de guerras y ocupación de sus vecinos.

Como exdiplomático y entusiasta de la historia, veo en el megalómano de Putin al Hitler del siglo XXI, porque aprovecha la debilidad de terceros para conseguir sus fines, situación que podría conducir esta vez a una tercera guerra mundial y, por ende, a la destrucción del mundo. 

Ambos dictadores se concentraron durante sus primeros años en consolidar su poder interno (con relativa cautela y en forma aparentemente armoniosa), para luego proyectarse, cada vez más beligerantemente, hacia el resto de Europa. Si bien Putin fue inicialmente exitoso en Chechenia (1994 y 1999), Georgia (2008), Crimea (2014) y en Siria (2015), su agresión no provocada contra Ucrania (2022) enfrenta múltiples problemas y graves consecuencias. Y, al igual que el líder nazi, quien al verse derrotado por el avance de los aliados en 1945 ordenó a su consejero cercano Albert Speer destruir Alemania (porque su pueblo no merecía sobrevivir), el líder ruso ha amenazado ahora con emplear armas atómicas para destruir Ucrania, lo que acarreará represalias de Occidente (OTAN) y podría convertir la simple agresión contra un vecino en un verdadero holocausto nuclear.

Al exespía del Kremlin no le ha bastado con su práctica gansteril para controlar internamente a Rusia, sino que se ha convertido en el mayor de los terroristas en el mundo. Un personaje que busca cambiar el orden mundial sin respetar el derecho internacional y aplicando la amenaza o el uso de la fuerza, debería ser duramente sancionado por el resto de la comunidad de naciones. De lo contrario, estará creando un precedente muy peligroso. Otros regímenes dictatoriales, como China, Corea del Norte o Irán, podrían aventurarse no solo para ocupar Taiwán, anexar Corea del Sur, o dominar el Medio Oriente, respectivamente, sino que conseguir sus objetivos empleando el armamento nuclear sin ser castigados. Hasta aquí, Occidente no ha querido aceptar el bullying de Putin y se mantiene firme en la defensa de la democracia, los derechos humanos y del derecho internacional. 

Putin, hombre de mirada fría e impenetrable, ojos azules intensos y faceta típicamente eslava, explota muy bien tanto su imagen como pasado KGB para inhibir a sus adversarios (opositores, líderes empresariales o políticos extranjeros). Aunque de físico delgado y baja estatura, al provenir de una familia obrera de San Petersburgo se desarrolló como un hombre de acción, sobreponiéndose a una infancia con privaciones y luego sobreviviendo en el duro mundo de la inteligencia y los espías. Lamentó la caída del comunismo (la “mayor catástrofe geopolítica” de la historia) y, para recuperar el poderío ruso, exalta el nacionalismo y la doctrina del “mundo ruso” (idioma, etnia, religión ortodoxa, eslavismo, asianismo), que encarnan valores supuestamente superiores a Occidente. Ante un mundo caótico y la sociedad occidental decadente, Putin opone un sistema político autoritario-iliberal y un liderazgo fuerte. Por ello, no es que Ucrania constituya una amenaza para la seguridad de Rusia si ella ingresa a la OTAN (alianza meramente defensiva). El problema de fondo es que el dictador del Kremlin no puede permitir ni la democratización ni la independencia de Ucrania por su impacto directo en la política rusa.

Ahora bien, un estado revisionista como Rusia, que no dispone de una oposición interna lo suficientemente consolidada como para neutralizar las aventuras internacionales de su gobernante, resulta doblemente peligroso para la comunidad mundial. La voluntad de Putin se impone ante sus pares (siloviki o ex funcionarios de seguridad), la oligarquía económica local y entre sus principales asociados, siendo el caso más patético el hijo de armenio y rusa, Serguéi Viktorovich Lavrov (n.1950), desde 2004 su ministro de Relaciones Exteriores y un diplomático con 50 años de carrera. A pesar de su vasta cultura y preparación, dicho profesional se mantiene en la conducción de la política externa rusa como un vulgar peón de su amo, abjurando todos los principios de un buen diplomático: diálogo, entendimiento y cooperación. Sin duda, su formación durante el régimen soviético y su posterior desempeño en la dictadura de Putin, lo han acondicionado para solo flotar y sobrevivir: no refrena a su jefe, solo lo alaba para “escapar hacia adelante”, tal como el idiota de von Ribbentrop lo hacía con Hitler.

No habiendo una fórmula de contención interna adecuada, el gran desafío a futuro de la comunidad internacional es debilitar a dictadores como Putin y sus amigos (Erdogan, Lukaschenko, Kim Jong Un, Maduro, Ortega, Trump o Xi Jinping), exponiendo que se trata de una amenaza autoritaria per se, que se extralimitan en sus acciones externas (guerras, crímenes de guerra y genocidios) y, cuando no triunfan o se ven acorralados, son un peligro para la humanidad porque están dispuestos al todo o nada. En esa coyuntura, el apaciguamiento pre segunda guerra mundial no parece ser la respuesta indicada. Al contario, las democracias necesitan reaccionar unidas entre sí, en forma temprana y decidida, para lidiar con los desafíos totalitarios

Luego del error de cálculo de Putin de invadir Ucrania, la guerra relámpago inicial se transformó en una guerra de desgaste, abriéndose una nueva fase en el conflicto ucraniano: los ataques rusos contra la población civil (y fuentes de energía) dan cuenta de una acción descontrolada del líder ruso, decidido a redoblar su apuesta. Él sigue empeñado en forzar a Occidente a abandonar Ucrania y apuesta al “general invierno”. Por su parte, la resiliencia del heroísmo ucraniano y el apoyo de la coalición democrática occidental buscan debilitar -a la postre- la posición interna del dictador ruso.

*Juan Salazar es exembajador.

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