Un viejo dicho dice que entre el big bang y la inmovilidad hay un universo de diferencia. Bien podría graficarse así el paso dado por España un 30 de mayo de 1982 cuando entró a la OTAN. A partir de ese momento, allí se vivió un big bang hacia la modernidad y el país ya nunca más fue el mismo. Desde entonces ocupa un lugar muy central en las democracias desarrolladas occidentales.

Fue el Estado número 16 en ingresar al Pacto Noratlántico. Se trató de una opción política del todo voluntaria, pues el régimen que sucedió a Franco tuvo ante sí diversas posibilidades en materias de política exterior, de seguridad y defensa. Por ejemplo, pudo haber hecho caso omiso de todo y haberse mantenido ajeno a la OTAN. O bien haber privilegiado la continuidad del pacto de asistencia militar con EEUU (1953) y haber desarrollado una relación sólo tangencial con la OTAN. También podría haber optado por acercarse a otra potencia. Y, si se hubiesen impuesto algunos fanáticos, pudo haber pedido su ingreso al Movimiento de Países No-Alineados, muy de moda en las izquierdas de aquellos años. O también haber optado por una neutralidad de cualquier tipo, equidistante de todos. Hubo muchas alternativas para escoger.

Pero como cada época tiene sus signos y símbolos, puede decirse con convicción que, al ingresar a la OTAN, España se adaptó al Zeitgeist predominante en Europa; es decir al signo de los tiempos. Cabe preguntarse, ¿cuál fue el gatillante de una opción tan polémica aunque a la vez tan cargada de simbolismos?

El giro del PSOE

La respuesta es firme y categórica. Fue posible por el deseo generalizado de los españoles por alcanzar símbolos de la modernidad, pero ante todo, por el cambio copernicano adoptado en los años previos por el viejísimo Partido Socialista Obrero Español, PSOE. El mismo fundado por Pablo Iglesias en 1879. Poco más de un siglo después -en 1982- el partido ganó las elecciones generales y accedió al gobierno. Pero lo hizo ya lejos del marxismo y de la lucha de clases. Ocurrió de la mano de un grupo de preclaros dirigentes, como Felipe González y Javier Solana, entre otros, así como de la influencia de algunos intelectuales de la talla de Ludolfo Paramio. Fue ese partido el que terminó avalando una decisión tan significativa para la España actual.

Pocos años antes de ganar aquellas históricas elecciones, el PSOE había dado un giro ideológico total, abrazando una genuina línea socialdemócrata europeísta. 

Fue un giro meditado, que venía incubándose desde finales del franquismo, cuando el partido se mantenía entre el exilio y la clandestinidad sin saber muy bien cómo afrontar el nuevo período que se avecinaba tras el deterioro de salud del Generalísimo y las primeras señales de apertura que asomaban. Figura central de aquel cambio fue, sin dudas, Felipe González, el clandestino y escurridizo Isidoro, que dirigía el partido desde 1974.

El entonces joven y carismático abogado sevillano, propiciaba una renovación ideológica profunda del vetusto partido, consistente en alinearse con una transición pacífica y en apoyar tanto la figura del Rey Juan Carlos como los Pactos de la Moncloa propiciados por Adolfo Suárez, como elementos claves de la estabilidad del país. 

Pero González tenía la vista puesta más adelante aún y deseaba proyectar a España en las nuevas realidades mundiales. Por esos años, pronunció una frase que conmocionó a las izquierdas de todo el mundo, pues implicó una adhesión indubitable a los ideales democráticos de Occidente: “Prefiero morir en el metro de Nueva York que en un gulag soviético”.

Un nuevo paradigma

González claramente vitalizó la izquierda democrática española y europea, en general, como pocas veces antes. Fue una tarea homologable al giro adoptado por el socialdemócrata Willy Brandt en la Alemania de la posguerra. González se convirtió en los 80 en una especie de nuevo paradigma. 

Su influencia se expandió por el mundo y llegó a América Latina, siendo el tenue halo socialdemócrata sobre el sector socialista chileno dirigido por Carlos Briones el hecho más significativo. Los contundentes textos de Brünner y Flisfisch son fundamentales para entender aquel momento. Desde el punto de vista gráfico, la portada del libro de Hernán Vodanovic, publicado a fines de los 80, “Un socialismo renovado para Chile” y que mostraba a González y Fidel Castro mirando en direcciones opuestas, es con toda seguridad el gran ícono de aquel gravitante -pero breve- proceso que llegó a su clímax con el gobierno del presidente Ricardo Lagos.

De forma paralela a González, las figuras del ministro de Defensa, Narcís Serra, y muy especialmente de Javier Solana, fueron decisivas en los cambios en materia de seguridad y defensa. Solana incluso llegó a ser secretario general del Pacto Noratlántico en los 90. Es evidente que la cúpula del PSOE de entonces concibió la modernización de la sociedad y de todo el nuevo régimen en el marco de las estructuras comunitarias europeas y de la OTAN. 

Los historiadores contemporáneos rescatan el trascendental paso de someter a referéndum el ingreso a la OTAN como el gran momento metamórfico del PSOE. Por lo mismo, debió enfrentar al no poco influyente Partido Comunista de Santiago Carrillo, así como a numerosos intelectuales (encabezados por Antonio Gala, entre otros). González ha reconocido en numerosas entrevistas que aquella fue la mayor prueba de fuego a que se sometió en su vida política. Algunos datos apuntan a que su éxito posterior se puede asociar al anuncio de su dimisión si perdía el referéndum pro-OTAN. Obtuvo el 56,8% y en los años siguientes mantuvo mayoría absoluta.

España, parte medular del pacto

Con posterioridad a aquellos dramáticos acontecimientos, el gobierno de Aznar reforzó la presencia española en la OTAN, introduciendo enmiendas que permitieron el emplazamiento de armas nucleares y la adhesión a las estructuras militares, asuntos que habían quedado pendientes. Hoy, lo único que sigue en una nebulosa es si las ciudades de Melilla y Ceuta, ubicadas en suelo africano, están cubiertas o no por la OTAN. Sin embargo, el entrevero militar entre España y Marruecos por unas diminutas islas hace pocos años, dejó en claro que EEUU apoyaba a Madrid, por lo que se entiende que los territorios de Ceuta y Melilla no quedarán desprotegidos ante una eventualidad bélica.

Mucha agua ha corrido desde que España ingresó a la OTAN. Hoy es considerada parte medular del pacto. Hasta la fecha, ha participado en 22 misiones, varias de ellas en zonas calientes de la conflictividad internacional, como Afganistán, países bálticos y muchos otros. En su territorio alberga al Centro de Operaciones Aéreas del pacto (Torrejón de Ardoz, que controla partes el espacio aéreo sureuropeo), al llamado Centro de Excelencia contra Artefactos Explosivos Improvisados (Hoyo de Manzanares) y al Programa de Liderazgo Táctico de las Tripulaciones Aliadas de Aviones de Caza (Albacete). Sus bases en la Rota son también esenciales para el funcionamiento de la OTAN. Como se puede ver, un universo de diferencia con la España previa. La OTAN claramente significó un big bang para la España de hoy en día.

Las lecciones que se pueden extraer de aquel histórico paso son varias. Primero, la necesidad de configurar consensos políticos acerca de las fuentes del poder real y de contar con liderazgos capaces de desbrozar todo tipo de matorrales para alcanzar los objetivos trazados. Segundo, la OTAN, pese a cualquier reparo, representa un signo de modernidad que actúa como una especie de simetrón (esas paredes invisibles que dividen las galaxias) respecto a los demás países. 

Es cierto que pocos países fuera de su área natural de actividad pueden acceder al status de “socios en todo el mundo” (partners across the globe) o aliado principal extra-OTAN (Major Non-NATO Ally). Pero, como sea, sus estándares fijan un horizonte en un mundo convulsionado y ya dividido por algo semejante a una guerra fría.  

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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