En Chile, residir en provincia supone dar un salto atrás en el tiempo. No solo por el ritmo más parsimonioso y el aire, en general, más puro, sino porque en las regiones existe un notorio retraso respecto de Santiago. Basta salir de la capital para notar la diferencia. Por ejemplo, las micros en regiones son aquellas que ya no se ven en la Región Metropolitana desde hace décadas: viejas, incómodas y donde el agobiado chofer conduce y cobra a la vez. Hasta los semáforos lucen anticuados. 

Una serie de indicadores evidencia esa brecha temporal. En Santiago hay más camas de hospital por cada 100 mil habitantes que en provincia; más doctores por cada diez mil habitantes. El 48,7% de las farmacias de Chile están ubicadas en la RM. Once de los 32 equipos de fútbol profesional de Primera A y B son de Santiago. Diecisiete de los 20 colegios que obtuvieron los mejores puntajes en la última Prueba de Transición para acceder a la universidad están ubicados en la capital, donde se halla también el 49,4% de la matrícula total de educación superior. El 45% de las sucursales bancarias se sitúa en Santiago, así como el 73% de los empleados bancarios. La capital concentra también la mayoría de las salas de cine y de teatro del país. 

La Región Metropolitana cobija al 42% de los 19.678.363 chilenos que, se estima, viven actualmente en el territorio nacional. Pese a ello, genera el 46% del Producto Interno Bruto, aunque con una composición bastante distinta a la que prevalece en provincias. En el resto de las regiones, el sector productivo posee un peso muy importante en la actividad económica, mientras que en la capital casi dos tercios del PIB corresponde a servicios y solo 20% a la producción de bienes. Santiago administra la riqueza material que producen las regiones. Por eso, por ejemplo, prácticamente la totalidad de los bancos, las AFP y las isapres que operan en el país tienen su sede central en Santiago. Y, pese a que el Congreso está oficialmente en Valparaíso, los legisladores se las han arreglado para funcionar en comisiones y oficinas en la capital.

Salta a la vista que la vida en provincias a menudo es más relajada que la de Santiago. También que allá hay peores servicios básicos, menos oferta comercial y oportunidades laborales, educación de menor calidad, acceso precario a cultura y esparcimiento, falta de infraestructura y conectividad. Es por eso que, no obstante que la mayoría de las faenas productivas se encuentra en regiones, las empresas ubican preferentemente sus oficinas centrales en Santiago, sede del poder político y administrativo y donde sus ejecutivos y empleados pueden gozar de una mejor calidad de vida. Tampoco el Estado se salva. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que Codelco y ENAP tengan sus oficinas centrales en la capital?

Detrás de estas cifras y datos se esconde una postración que es connatural al centralismo que caracteriza a Chile. Muchos problemas que encontrarían respuesta relativamente ágil en Santiago no encuentran solución en provincia y se arrastran por años, lustros e incluso décadas. No es descabellado pensar que, si la violencia que golpea a la Macrozona Sur tuviera lugar en la capital, las autoridades habrían abordado el problema con decisión hace rato. Hoy, en cambio, el conflicto sigue creciendo en intensidad y cobertura geográfica, pese a lo cual no existe siquiera una propuesta para acabar con él y la discusión se reduce a qué tipo de inefectivo despliegue policial/militar debe fijarse para la zona. 

El último ejemplo de ese proverbial descuido que hiere a las provincias: el MOP acaba de informar que, una vez más, ha reprogramado las obras que, desde 2015, se llevan adelante para construir un bypass que impida que cientos de camiones y vehículos pesados circulen por el centro de Castro. Los castreños temen que la obra nunca llegue a terminarse, a raíz de las objeciones que ha levantado el Consejo de Monumentos Nacionales por los hallazgos arqueológicos registrados en la construcción del trazado, que debió haber estado listo en 2018, pero que solo registra 60% de avance y no tiene clara fecha de término. La consecuencia es que Castro, una ciudad de no más de 50 mil habitantes, sufre congestiones viales propias de una megaurbe. 

Lo de Castro no es sino uno más de una seguidilla de casos que abre espacio a lo impensable: la increíble ineptitud mostrada en la construcción del puente Caucau en Valdivia difícilmente sea igualada en la capital; sin embargo, el derrumbe del puente Loncomilla en 2004, apenas diez años después de su construcción, es otro buen ejemplo de esas cosas que solo pasan en regiones, como también lo fue la situación del Estadio Municipal de San Antonio, que a principios de año quedó atrapado en una disputa entre la municipalidad y el MOP. 

Donde la diferencia entre Santiago y provincia parece más acentuada es en el campo. Más de dos millones de chilenos viven allí y sufren condiciones que no se encuentran en la capital, como un suministro irregular de agua potable o energía eléctrica y falta de desagües. La encuesta Casen 2020 muestra que, mientras la pobreza alcanza a 13,82% en las zonas rurales, en Santiago es de 9%, menor que el promedio nacional (10,8%), y solo superior a la de Aysén y Magallanes. 

La “solución” para dotar de mayor capacidad a las regiones ha sido la creación de Consejos Regionales y de Gobernadores Regionales electos, pero sin dotarlos de atribuciones reales para generar cambios decisivos. O sea, la configuración de toda una estructura que, finalmente, apenas sirve para crear más cupos para los partidos y sus maquinarias. Sería cómico si no fuera trágico, tan típico de una élite política que solo se mueve cuando encuentra la manera de beneficiarse a costa de Moya. Para qué hablar de la propuesta constitucional, que propone dividir al país e incluso llevarlo a la quiebra, siguiendo un modelo que mezcla lo peor de la plurinacionalidad boliviana y el federalismo argentino, lo que no es poco decir. 

Así, una vez más, gane quien gane en el plebiscito de septiembre, parece que las cosas volverán a cambiar para las provincias… para que todo siga igual. Vivir en provincia sigue significando dar un salto sin nostalgia al pasado. 

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