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Publicado el 28 de julio, 2017

Por qué sí un museo de la democracia

Un lugar como ése puede y debe expresar esa visión mayoritariamente compartida de lo ocurrido en Chile a partir de marzo de 1990. Si lo que pasó antes nos mantiene en conflicto, lo que vino después puede convocar a la unidad.
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El alma de Chile está dividida en dos desde hace casi 50 años. Hay dos memorias frente a la historia reciente que, me temo, son imposibles de conciliar. No tenemos por ahora la capacidad —probablemente tampoco la voluntad— de compartir pacíficamente, a veces ni siquiera en la intimidad de la familia y la mesa con los amigos, lo ocurrido durante la Unidad Popular y, luego, durante los 17 años del gobierno militar (o dictadura, como usted prefiera, porque no me desgasto en esa lucha semántica, mínima al lado de su dimensión histórica).

Salvo para un pequeño grupo que insiste en un estilo sectario y de confrontación para observarla, a partir de 1990 sí tenemos una historia común. Y hay una larga lista de razones para contarla.

Porque hemos gozado desde entonces de una democracia ininterrumpida, un hecho particularmente excepcional (desde sus propios retornos a la democracia han quedado inconclusos mandatos presidenciales en Perú, Argentina, Paraguay, Ecuador, Brasil, etc.).

Porque nuestra transición fue extraordinaria y da cuenta de líderes capaces de encontrarse con humildad, y de un pueblo que quiere progreso y valora la estabilidad, aun cuando ese mismo pequeño grupo que niega la historia común de los últimos 27 años se esmere por descalificarla.

Porque Chile dio un salto gigantesco a la modernidad, en libertades, prosperidad económica, igualdad ante la ley, educación, cultura. Y con ello cambiaron el destino y las condiciones de vida de millones de compatriotas (no obstante las obvias y enormes tareas que siguen pendientes).

Porque hay hechos significativos que no podemos permitir que se olviden: el asesinato del senador Jaime Guzmán, en total impunidad hasta hoy; el fin de los movimientos terroristas, que siguieron actuando en democracia; lo que para unos fueron las leyes de la impunidad y para otros las de pacificación (Leyes Cumplido); innumerables acuerdos políticos en decisiones trascendentes; las muertes de líderes que marcaron a Chile durante el siglo XX; la elección de la primera Presidenta de la República; la alternancia en el poder en 2010, cuando Sebastián Piñera puso fin a la derrota de medio siglo en la centroderecha. Etc., etc., etc.

Un Museo de la Democracia puede y debe expresar esa visión mayoritariamente compartida de lo ocurrido a partir de marzo de 1990. Si lo ocurrido antes nos mantiene en conflicto, lo que ocurrió después puede convocar a la unidad. Es difícil entender la oposición que ha generado la propuesta en un sector de la derecha. No sé si expresa aversión a la memoria (una palabra de la que, efectivamente, se ha apropiado la izquierda), o exige que todo ejercicio histórico deba incorporar el relato de lo ocurrido antes de 1973, de lo cual, ciertamente, no se hace cargo el actual Museo de la Memoria (tampoco entiendo esa confusa exigencia para un espacio creado con otro fin).

Ojo con mirarlo todo desde un estrecho catalejo. No sea que hechos posteriores claves para nosotros como pueblo se vayan por el “agujero de la memoria” y la historia sea reescrita y reacomodada “diariamente y casi minuto a minuto”, tal como en la novela 1984, de Orwell. Dentro de cincuenta años, será tarde para revivirla.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

 

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