Hasta hace muy poco, el Partido Comunista (PC) me tenía completamente sorprendido. En términos generales, pasó de ser el partido ícono de la “izquierda extraparlamentaria”, que tenía que rogar escaños por omisión, a convertirse en muy pocos años en el partido eje de la izquierda y el actual gobierno. Y en la Convención Constitucional, para qué decir: se opuso al acuerdo del 15 de noviembre de 2019, luego votó en contra de la reforma constitucional que permitió darle curso al actual proceso, y así y todo, logró adueñarse del debate, y hoy el texto de la Convención tiene mucho más de Barraza —el mayor operador político del PC en la Convención— que incluso de Atria, Bassa o Loncón.

El PC tiene un talento absolutamente innegable —y envidiable— para el manejo político, lo que les debería haber permitido aprobar con amplio margen su propia Constitución, un sueño que ni el mismo Allende pudo ver cumplido. 

Sin embargo, algo anda mal. Contra todo pronóstico, la constitución de Barraza no arrasa.

No digo con esto que ya hayan perdido el plebiscito. No señor. Aún queda mucho de partido. Pero no debe ser poca la preocupación en Vicuña Mackenna 31. Lo que parecía un sueño —tras el histórico 80% en el plebiscito de entrada y los escaños alcanzados entre el PC, la lista del pueblo, algunos otros independientes y los pueblos originarios— hoy parece una pesadilla. Hasta el mismo entorno del Presidente Boric se ha comenzado a desmarcar, presionados por conceder que tendrán un Plan B si gana el Rechazo, y por supuesto, admitiendo que la suerte de su programa de gobierno no depende del resultado del 4 de septiembre. Declaraciones, por supuesto, impensadas hace pocos meses atrás, cuando aún el Rechazo no se encumbraba en las encuestas.

Por eso digo que, hasta hace muy poco, el PC me sorprendía. Hoy, en cambio, me decepciona. Los comunistas han demostrado ser grandes estrategas, pero pésimos gestores. Es el mismo fantasma de la Universidad Arcis, que se repite una u otra vez. El PC no sabe administrar el éxito. Parece más preocupado de lo que pasa en la calle, que en los activos de sus propias empresas. Y era que no, si detestan las empresas. Y esto les impide pensar en dicha dimensión. Nunca entendieron que el manejo de la Convención era, precisamente, una empresa, y que un capital político como el conseguido en las urnas debía administrarse de forma eficiente, hábil y certera.

Pero los comunistas no aprenden. Barraza y compañía se metieron en este entuerto de forma completamente voluntaria, y con plena conciencia de las consecuencias. Si se hubieran moderado, si se hubieran abierto al diálogo, y si hubieran permitido otras visiones distintas a las extremas en el texto final, el 80% de entrada no se habría disipado de forma tan abrupta. Pero no; el enamoramiento por una propuesta refundacional, sumado a una Convención que ha funcionado como una echo chamber, y a la creencia de que la opinión pública es fácilmente manipulable —cosa que evidentemente no es— hoy tiene al PC y a la Constitución de Barraza pendiendo de un hilo.

La lección no debe ser para ellos, sino para el resto de nosotros. Si ya no aprendieron de los fracasos, es difícil que cambien su visión ideológica y hegemónica en el futuro. Ayer fue una universidad, hoy es un poder constituyente, y mañana quizás qué será. Lo único que queda claro es que lo que los comunistas tocan, rápidamente pierde valor. Y en política, eso no es poco. Por eso, urge preguntarle al Presidente de la República, ¿está seguro de que les podemos confiar algo tan sagrado como la administración del país?

*Roberto Munita es abogado, sociólogo y master en Gestión Política George Washington University.

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