¿Qué pasa si no ganamos?

Como el resultado del plebiscito de salida puede ser Apruebo o Rechazo, y ambos tienen posibilidades de imponerse en las urnas, es insensato prepararse para el triunfo de solo una de estas opciones. Lo que importa es tener claros los cursos de acción que se seguirán, si se da el caso. Como nuestro gusto personal no es la medida de todas las cosas, lo prudente es estar preparado para si lo que el país decide es tomar el rumbo que menos nos gusta.

En realidad, sí sabemos lo fundamental de lo que va a ocurrir. Es imposible que alguna de las dos alternativas del plebiscito resulte por completo derrotada. Si gana el Apruebo, eso no impedirá que de inmediato se empiecen a preparar cambios y ajustes al texto, porque nadie estará plenamente conforme. Si gana el Rechazo, igual habrá que encontrar otro método para cambiar una carta fundamental ya demasiado dañada en su prestigio.

El cambio drástico, de una vez y para siempre, buscado por los más exaltados, se ha mostrado como una quimera. En cualquiera de los dos casos, el verdadero triunfador será siempre el “sigámoslo discutiendo” y eso va a producir realineamientos en cada tema.

La Convención entra en su etapa final, cada comisión concluye sus sesiones, aquellas que sobreviven terminarán de afinar y “armonizar” el texto borrador, así como proponer la transición hacia su plena vigencia. 

Los constituyentes dejan de vivir en un estado permanente de asamblea y la Convención más que ninguna otra cosa ha sido una asamblea, con todo lo que eso tiene de bueno y de malo. Esta instancia agotó su prestigio inicial de forma continua; puede que el texto que emita sea aprobado, pero su actuación colectiva no lo será. Hay que preguntarse cómo llegamos a este punto, y la respuesta está en el mundo político.

El problema empieza cuando te pasan la guitarra de vuelta

Los acuerdos nacionales requieren interlocutores a la altura. A medida que más se sabe de la Convención, menos aprecio se le tiene y las encuestas detectan ese descenso. Pero la idea de que los dirigentes políticos y parlamentarios estén siendo mirados con mejores ojos resulta más que discutible. Todo el mundo termina teniendo problemas cuando le pasan la guitarra.

La seguridad es la principal preocupación de los ciudadanos y ahora que se ha propuesto alcanzar un acuerdo por sobre las diferencias partidarias, nadie puede darse el lujo de sacar pequeñas ventajas.

Sin embargo, tanto el gobierno como la oposición han encontrado resistencias al momento de plantearse el acuerdo nacional en seguridad. Lo que menos se necesitaba era abrir temas laterales y polémicos que afectaban la coherencia de la acción gubernamental. La ministra de Justicia tuvo que rectificar sus dichos sobre Celestino Córdova, que iban en dirección inversa a la intención de Boric. 

Situaciones como esta alimentan las dudas. Se señala con frecuencia que la primera línea de gobierno no estaba preparada para gobernar. No por nada los principales errores iniciales se deben todos a zancadillas autoinferidas. 

Se dice con menos frecuencia que, en la última elección presidencial, el país estuvo encajado en dos opciones, prefiriendo lo nuevo sin experiencia, antes que a la experiencia en aquello que está quedando obsoleto. Puede que este gobierno no haya estado preparado para gobernar, pero lo más cierto es que los demás lo estaban aún menos. 

Asistimos a una falla generalizada de la buena política. Cuando asoma un acuerdo nacional, emergen de inmediato las objeciones en ambos polos que prefieren apostar a la polarización, menospreciando los costos sociales involucrados. 

Definitivamente lo que faltan son los liderazgos capaces de salir de su metro cuadrado. Si alguien quiere saber cómo es que llegamos aquí, lo mejor que puede hacer no es mirar a Boric en el sillón presidencial, sino mirar alrededor, los asientos vacíos a la espera que los líderes políticos reemplacen a los burócratas de partido.

*Víctor Maldonado es analista político.

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