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Publicado el 25 de febrero, 2017

Populismo al acecho

The Economist hace un llamado de atención a Occidente, un aviso de que incluso un país como el nuestro podría ser escenario del populismo del siglo XXI.
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En el último tiempo, el concepto de populismo debe ser uno de los más usados por los analistas políticos occidentales. Un concepto que en la jerga de Latinoamérica antes se reservaba para referirse a regímenes como el de Perón en Argentina o el de Carlos Ibáñez del Campo en Chile, hoy es un lugar común en cualquier discusión sobre política contingente. Lamentablemente, producto de ese excesivo uso, a veces se utiliza como un comodín, carente de contenido, y como forma de agredir a un político con el que no se está de acuerdo. Sin embargo, en ciertos casos –pocos a estas alturas– el concepto es bien utilizado, como es el caso de Donald Trump en los Estados Unidos.

¿Estamos a salvo del fenómeno populista en Chile? Creo que no. Y así lo ha destacado The Economist al señalar que nuestro país no está exento de verse dirigido por un populista, comparando a Alejandro Guillier con Trump. En ese sentido, la revista británica afirma que “incluso Chile no está inmune: Alejandro Guiller, un ex conductor de televisión que hace alarde de un lazo especial con ‘la gente’, tiene posibilidades en la elección de noviembre”. Pero seamos justos, es muy temprano para calificar al senador por Antofagasta de populista, pues lo que hoy lo caracteriza es más bien una atmósfera de indecisión, incertidumbre y una liviandad propia de los novatos políticos.

Así las cosas, ¿adónde apunta la insidiosa declaración del semanario? En mi opinión es un llamado de atención para Occidente, un pequeño aviso de que incluso un país como el nuestro, celebrado históricamente por su estabilidad y respeto por las instituciones democráticas –salvo el período de la Unidad Popular y la dictadura–, podría llegar a ser escenario del populismo del siglo XXI.  

La percepción ciudadana que se tiene del escenario político actual, tan desprestigiado por quienes constantemente participan en él —con chambonadas como la Javiera Blanco, el caso Caval y SQM entre otros—, ha generado tal clima de desconfianza, que la posibilidad de que surja un populista que prometa arreglarlo todo está a la vuelta de la esquina. Es la propia clase política la que, por su desconexión y falta de sintonía con la gente, nos ha colocado en la posición actual. Para la gente, el ejercicio del llamado servicio público es, lamentablemente, sinónimo de corrupción, nepotismo y ansias de poder, contexto perfecto para que alguien recuerde el viejo eslógan que terminaba con “la escoba a barrer”, y se nos presente como alguien nuevo, y por ende limpio de lo que pretende barrer. Pero de esa pose inocentona –propia de quien dice ser un iniciado– al populismo hay un paso, ya que una vez asentada la idea de ser un afuerino o un novato en política, para acrecentar el concepto no es poco frecuente que se pongan en duda las estructuras tradicionales y se juegue “con el tejo pasado”, aprovechándose del desprestigio del establishment. Críticas al sistema, una actitud desafiante, y promesas de cambios estructurales o reformas polémicas, son partes del menú.

Hoy vemos cómo abundan en Occidente los aspirantes al poder que nos ofrecen grandes y sustanciales cambios, aires de un mejor porvenir, pero sin explicar nada del  plan que tienen para lograr aquellos nobles objetivos. Simplemente hacen una superficial lectura del sentir popular –como puede ser la crítica al sistema de AFP–, y de forma grandilocuente ponen el grito en el cielo en los distintos espacios públicos, sin ofrecer respuestas concretas. Estos ofertones políticos son peligrosísimos para la democracia, pues de forma irresponsable se juega con las ilusiones de la gente, con sus sueños, manipulando para hacerse con el poder, y jugar al mesías omnipotente, al estilo Trump.

En definitiva, resulta un poco forzado, al menos por ahora, la comparación que plantea The Economist, ya que como dije hay tierra fértil para aquello, pero aún es temprano para tildar a los candidatos de populistas. Más allá de quién gane la elección presidencial este año, resulta importante hacer un llamado a repudiar las candidaturas que prometan la ilusión de un cambio radical, poniendo el riesgo la democracia que con esfuerzo se ha construido desde los 90, y a que volvamos a ser territorio prohibido para el populismo.

 

Esteban Montaner Rodríguez, investigador Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: JUAN GONZALEZ/AGENCIAUNO

 

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