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Publicado el 11 de diciembre, 2015

¿Político, y católico?

Periodista y Licenciada en Historia Paula Schmidt
Vivimos en un contexto donde abundan las opiniones que exigen que las creencias religiosas queden relegadas al ámbito de la conciencia personal.
Paula Schmidt Periodista y Licenciada en Historia
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La relación entre cristianismo y política es compleja de discernir y encierra un universo de interpretaciones. Para algunos, dos mundos contrapuestos, para otros, en cambio, complementarios, ya que ambos se esfuerzan por alcanzar el mismo fin. Esto es, trabajar, por medio de aquellas instituciones que estructuran la vida civil, política y cultural, por el bien común de la sociedad. En consecuencia, el católico (independiente a si es servidor público o no) no es un observador pasivo de los asuntos del mundo, sino que está llamado a la acción, a la participación y a la mejora de las condiciones materiales guiado por la justicia y la libertad. Pero, ¿cómo debiese ejercer su rol cuando opta por el camino de la política?

Acorde al humanista y jurista inglés, Tomás Moro, en política existe una inalienable dignidad de la conciencia, una primacía de la verdad sobre el poder y una coherencia moral de todo político que debiera ejercer su labor al servicio de la persona. Es por esto que al político se le confiere una magna responsabilidad, ya que su verdadero “poder” es estar al servicio del otro y, por lo tanto, debe dar el ejemplo a través de una conducta personal íntegra, abierta y dialogante.

Por otra parte, la política es una realidad autónoma respecto de la religión y el político católico no habla en nombre de la Iglesia. Sin embargo, se podría argumentar que ésta constituye lo que podría denominarse como su cultura política. A esto se adhiere que todo político, por esencia, está llamado a transferir sus ideales durante el ejercicio de su cargo y que su labor no sólo se llevará a cabo en el campo de los principios, sino también a través de un compromiso individual que busca resolver efectivamente los problemas actuales que afligen a las personas. Es por esto que la tarea del político no es imponer su proyecto personal, sino que reconocer qué es lo más justo y equitativo para todos.

Vivimos en un contexto donde abundan las opiniones que exigen que las creencias religiosas queden relegadas al ámbito de la conciencia personal. Es así como hablar de Dios resulta improcedente e incluso irritante para aquellos “tolerantes”, quienes dicen abrazar a la libertad como la gran promotora de sus discursos.

La imposición de ideas dogmáticas disfrazadas de tolerancia es discriminatoria. Descalificar a alguien porque abraza una religión no es una crítica legítima que se relacione con su correcto desempeño profesional. A la vez, la expresión de verdades absolutistas son peligrosas, los fanatismos, en cualquiera de sus formas, también lo son, ya que ninguna de las dos ofrece la oportunidad para que surjan opiniones constructivas dentro del debate público.

El reinante escepticismo frente a la labor pública arroja las luces y sombras que encierran al ejercicio del poder. Hoy, los políticos son escrutados por una ciudadanía cada vez más informada y exigente y frente a este escenario, sobre todo en temas relacionados a asuntos éticos y morales, ésta posee la expectativa de que los argumentos serán sólidos, informados y desprejuiciados a la hora de elaborar y aprobar las leyes. Sin embargo, el panorama es otro. Uno que hace crecer la desconfianza y que surja una peligrosa animadversión frente a la labor pública, debido a que, en múltiples oportunidades, el actuar de los políticos aparece como inconstante, lo que se traduce en criterios débiles, poco predecibles e inciertos para la sociedad.

Acorde al actual Papa, enmendar el alicaído prestigio de la política requiere poner freno a la retórica y que los servidores públicos se inclinen a solucionar realmente los problemas sociales a través de liderazgos coherentes, y relacionados a los valores que  dicen representar.

Por último, el juicio relativista de que la verdad es incierta (¿salvo tu verdad?) y que el político católico debe abdicar de sus creencias para reinstaurar un ordenamiento social más justo y vinculante es perjudicial para el sano desarrollo de las ideas. Sobre todo en una sociedad contemporánea que se dice pluralista y que valora la transmisión de la diversidad.

 

Paula Schmidt, historiadora y periodista Fundación Voces Católicas.

 

 

 

FOTO.VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO

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