Para quien esté convencido de las virtudes de la competencia y la libertad, la variedad de listas en la derecha debería serle más simpática que la lista única.

En muchos aspectos, la democracia puede compararse al libre mercado: ideas políticas encarnadas en candidatos que buscan convencer al electorado de que la suya es la mejor opción. Si desde el punto de vista del consumidor -y del mercado-, la diversidad de productos (y de precios) es preferible a la escasez, desde el punto de vista del votante -y de la democracia- la diversidad de opciones electorales es mejor que su contrario.

La lógica de la lista única está dominada por el interés de conservar una posición en el mercado; abrirse a dos listas obedece a una lógica más sensible a las preferencias de la ciudadanía. Se corren riesgos, por supuesto; pero también hay mayores esperanzas de aumentar la representación de la derecha.

Con el sistema electoral vigente, la derecha en lista única le abre un tremendo espacio de acción a la izquierda. Veamos un ejemplo concreto. Para elección de constituyentes en mayo de 2021 la derecha fue en lista única. En el distrito 13, la lista Vamos por Chile compitió contra ocho listas de izquierda. En la práctica, esto significó que la derecha tenía seis personas representando sus ideas en la calle, contra 46 que representaban las ideas de la izquierda. Simbólicamente, una vecina de este distrito tenía siete veces más posibilidades de cruzarse con las ideas de la izquierda que con las de la derecha.

Obviamente, la “mortandad” de candidatos en la izquierda es mucho mayor; pero el resultado de las campañas permea en el electorado y en el largo plazo se revela como una estrategia de infiltración cultural que explicará la sintonía con su discurso. Mientras tanto, la derecha, obsesionada por no retroceder, se atrinchera en la lista única. Así está segura, pero atrapada.

La lista única constriñe el crecimiento de la derecha en el electorado porque la poca variedad deja insatisfecho el gusto de muchos. Pero también lo constriñe porque cierra el tiraje a las vocaciones políticas emergentes.

Con la lista única es mucho más difícil conseguir un cupo. Un incentivo importante es la posibilidad de competir en campaña; si todos los partidos de la derecha deben repartirse los mismos cupos, es lógico que se repitan los nombres de los candidatos y que se perpetúen los reelectos. El intercambio generacional es más lento y los cacicazgos más frecuentes. 

Para avanzar sin dejar de pisar la tierra, hay que caminar. Para correr, hay que tener los dos pies en el aire, por momentos. La lista única es como caminar. Lento, pero seguro, sentenciarán sus defensores. Cierto, pero la seguridad no es el valor último. Si al paso que vamos la meta se nos aleja, hay que correr.

*Luis Alejandro Silva es abogado.

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