En la incesante búsqueda de la perfección, un debate recurrente es el lugar temporal donde se ubican las utopías, así como sus rasgos principales. Meditar sobre las utopías es un ejercicio inagotable y encuentra eco en la literatura, las artes visuales e incluso en disciplinas duras. Desde luego, también en la política, pues en ese campo ayudan a ficcionar sociedades, grupos e individuos perfectos, a ordenarlos y conducirlos a final de cuentas hacia el soñado u-topos

Pero ante todo son fuerzas movilizadoras. Entregan claves relevantes para entender las narrativas presentes en cada momento político. En tal línea de razonamiento, América Latina no sólo nunca ha permanecido ajena a estos esfuerzos, sino muestra un interés desmesurado por cuanta utopía circule en el mundo. Estos últimos meses se habla de la posibilidad de una nueva, referida a la ola de gobiernos progresistas que sacude a la región. Unos cuantos desean ver en esto una nueva tierra elegida y, por ende, hablan de una novedosa gran utopía en ciernes. La mayoría, en cambio, está tratando de colegir qué diablos sucede en realidad con esta ola progresista, bautizada por medios de comunicación algo siúticos con la expresión inglesa pink tide. 

Pese al escepticismo respecto a lo que este heterogéneo grupo representa, no puede negarse que en él se divisa un claro spiritus movens. Hay algo -quizás una simple inercia histórica- que los impulsa a hacer unas cuantas cosas en común. A articularse. Y parece lógico. Tienen al menos un punto que los une; un acendrado interés en la disputa por las almas y mentes de los ciudadanos. Es decir, es una ola que busca el poder a través de las elecciones y no de la lucha armada. Subyace aquí un rasgo que los distingue de la antigua utopía revolucionaria de los sesenta y setenta. 

En aquellas décadas, los antecesores de los partidos del pink tide, despreciaban explícitamente los ejercicios electorales. Eran farsas burguesas. Desterrarlos era parte de sus objetivos y, por lo mismo, un elemento clave de su utopía. Por eso, incrustarse ahora en el fragor diario de la política mediante elecciones, podría significar un cambio cualitativo. 

Sin embargo, persisten varias dudas. Hay unos pocos partidos que renunciaron a sus referencias previas y desean integrarse de veras, de manera estable, al sistema de partidos. Otros lo ven como una estrategia muy plástica de sobrevivencia. Si fracasan, no retornarán a la utopía del foco guerrillero, pues consideran más benigno difuminarse en otros grupos contestatarios, tal cual ocurrió con los partidos comunistas europeos tras el fin de la Guerra Fría. Y están, desde luego, quienes usan las elecciones como subterfugios para reelegirse, una y otra vez, mediante métodos muy cuestionables. A varios, la estratagema les ha resultado; otros han debido huir al devenir la operación en grandes fiascos.

Inmersos en estas dudas capitales, los partidos que integran el pink tide, pese a dejar de lado las estructuras leninistas esenciales, como esa verticalidad total que eufemísticamente denominan centralismo democrático, mantienen ciertos cultos idolátricos propios de la vieja utopía. Del mismo modo, siguen dividiendo el mundo casi de manera instintiva entre buenos y malos. Hay un neblinoso impulso a delinear una utopía más asimilable a Tomás Campanella y Charles Fourier que a Marx y Lenin.

Independientemente de estas consideraciones sobre sus dudas existenciales, pueden aventurarse cuatro motivos para mirar con escepticismo la posible gestación de una nueva utopía.

En primer lugar, esta ola no tiene repercusiones globales ni grandes conexiones con el resto del mundo. Sólo contactos aislados. A diferencia de los años sesenta y setenta, África ya no es vista como un continente con el que se comparte utopía. Hoy la gobiernan sátrapas demasiado sangrientos. Lo mismo pasa con el desaparecido socialismo árabe de Gamal Abdel Nasser, Houari Boumedienne y otros, quienes fueron sucedidos por figuras enigmáticas, que también nadan en ríos de sangre. Esto no hace muy reconfortante ser considerados subproducto de un mismo big bang planetario, como ocurría en los sesenta y setenta.  

Una segunda gran diferencia con la utopía revolucionaria de esas dos décadas es la evidente apatía intelectual que rodea la experiencia pink tide. El hechizo de antaño sobre intelectuales de gran calibre (tipo Althusser, Debray, Sartre) se evaporó y ahora se observa cómo cada triunfo progresista es acompañado sólo por grupos muy acotados, sin grandes proyecciones, sin magnetismo e integrado más bien por individualidades egocéntricas. A los pink tide los rodean principalmente turbas de estudiantes cuya prioridad existencial es la cuestión social. Además, no es necesario ser tan perspicaz para aventurar que la utopía viene ahora de la mano de políticos octogenarios, como Lula (o levemente menores, como Daniel Ortega), cuya realidad biológica no ofrece grandes certezas sobre un mandato presidencial esplendoroso.  

Las reservas de los intelectuales más connotados frente al pink tide tiene además una faceta de la que poco o nada se desea hablar. La gran incomodidad respecto al trasfondo de su heterogeneidad. Puesto en simple, hay figuras emblemáticas del progresismo que son sencillamente impresentables. Es evidente que en esa heterogeneidad conviven tiranuelos dedicados no a habitar el poder, sino a ejercerlo de una manera bastante brutal. El problema es que hoy en día, las redes sociales y la instantaneidad de la información invitan a una cierta cautela ante atrocidades visibles y arbitrariedades indisimulables. 

No es un misterio que algunos países donde reina el pink tide se exhiben realidades muy difíciles de ocultar. A diferencia de antaño, cuando la vieja utopía nunca vio necesidad de explicar lejanos gulags o herméticas cárceles, tipo Combinado del Este cubano, pues su presunta existencia y detalles eran pormenorizados por medios de comunicación algo cuestionados tipo Reader Digest, hoy en día, el asunto es muy distinto. Sólo esporádicamente uno que otro periodista se atreve a edulcorar la realidad de Venezuela, Cuba o Nicaragua y a procurar contra-narrativas.

Una tercera diferencia es el exceso de políticos hablantines que hablan en nombre del progresismo. Demasiados discursos abstrusos, mañaneras torrentosas y extensas, o flagrantemente contrarias a la evidencia histórica, como los pronunciados por AMLO, o bien monólogos insufribles, zonzos y ramplones, como Chávez y Maduro. Ninguno de los actuales emblemas del pink tide iguala a ese carismático tribuno, llamado Fidel Castro, cuyos discursos en la Plaza de la Revolución electrizaban a jóvenes cubanos y extranjeros, por igual. 

Podría ahondarse más y examinarse ciertas diferencias estéticas. Por mucho entusiasmo igualitarista que se destile, esta ola la representan personajes cuyas apariencias no invitan a sentirse muy representado. Para cualquiera, por ejemplo, el aura de Tania, la compañera sentimental de Guevara e ícono de la vieja utopía, irradia un magnetismo infinitamente superior al de Rosario Murillo, la estrafalaria esposa de Ortega.

En esta línea de búsqueda caótica, ninguno de los integrantes del pink tide ha encontrado la piedra filosofal. Algunos propugnan un surrealista retorno a las antiguas sociedades precolombinas, sacando la idea de la utopía instalada en el futuro y llevándola al pasado. Aunque suene delirante, a varios pro-hombres, entre ellos a AMLO y al matrimonio Ortega, les ha ido relativamente bien con este discurso indigenista bañado en demagogia. En tanto, menos promisoria se ve por ahora la búsqueda de otros sujetos sociales que reemplacen a la clase obrera o al campesinado.

En suma, pese a la fuerte efervescencia obtenida con sus victorias electorales, no podría decirse que la pink tide represente una nueva utopía, tal cual fue la marxista en todas sus variantes. Ni siquiera es una vaga continuadora de la vertiente guevarista, que polinizó a toda América Latina.

Quizás hay dos denominadores comunes entre todos estos grupos. Por un lado, un cierto mesianismo y una falta total de conciencia respecto a que, como bien dice Zanatta, la libertad económica es a la democracia política lo que el oxígeno es a la vida. Si nos atenemos a las palabras de Edmund Burke, quien definía a una nación como un pacto político entre nuestros muertos, quienes estamos vivos y quienes están por nacer, la evolución de las utopías es algo bastante complejo y que va más allá de un simple spiritus movens. Por eso, es muy probable que el pink tide no tenga larga duración. Su comportamiento es excesivamente terrenal. Sus preocupaciones son accidentales y reactivas. Sus aspiraciones, demasiado divisivas.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE. 

Ivan Witker

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta