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Publicado el 29 de enero, 2018

Piñera hacia el futuro: estrategia y relato

Podría pensarse el nuevo gabinete más que como una declaración de guerra, como una “medición de fuerzas”. Y que Piñera ha dispuesto los batallones de su coalición para, desde ahí —desde lo que la derecha es—, dialogar con sus adversarios.
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El gabinete ministerial que comenzará acompañando a Sebastián Piñera en su segunda aventura presidencial ha llevado a algunos analistas a hablar de “sobredosis” de liberalismo económico o, precisamente por esto mismo, de una suerte de “declaración de guerra” a la izquierda, icónicamente hoy representada en el Frente Amplio. Asimismo, se ha dicho que la composición del gabinete en cuestión no se condeciría con el afán, anunciado durante la campaña, de construir una “segunda transición” que sea capaz de reeditar la “democracia de los acuerdos” de principios de los 90.

¿Es cierto lo anterior? ¿Puede así leerse el gabinete designado por Piñera la semana pasada?

Creo que, si bien la lectura referida no es enteramente falsa —en términos descriptivos, al menos—, no da cuenta de una explicación algo más compleja en torno al momento político que vive Chile desde el año 2011 y que, al decir de varios autores (me incluyo) puede ser calificado como un “cambio de ciclo”. ¿Por qué? No sólo porque plantea avanzar en determinadas reformas (en particular, la educacional), sino sobre todo porque se orienta a superar el actual modelo económico-social con el objeto de reemplazarlo por otro, cualitativamente distinto: por un Estado de bienestar que tenga como herramienta principal el paradigma de los derechos sociales, entendidos como universalmente gratuitos.

La visión precedente se sostiene en algunos tópicos fundamentales que, en general, pueden sintetizarse en la consideración de que el mercado no constituiría un sistema de cooperación social, sino que de competencia despiadada; competencia que, en último término, vaciaría de sentido la vida social. Por eso es que, bajo esta visión, no sólo se critica el mercado en materia educacional (una de las cosas que el dinero no podría comprar, parafraseando a Michael Sandel), sino también el acto mismo de consumir, especialmente en los grandes centros comerciales. De acuerdo a este prisma, las personas vivirían hoy alienadas y carecerían de “vínculos comunitarios” que las ayuden a salir de sí mismas y a “pensar el país entre todos”.

¿Puede, en términos históricos —es decir, mirando las cosas más allá de la coyuntura veraniega de hoy—, considerarse seriamente que el nuevo gobierno de Piñera se concentrará únicamente en hacer una buena gestión, en empujar al país hacia un mejor crecimiento económico y, a partir de ello, generar una mayor cantidad de puestos de trabajo? ¿Puede, asimismo, y en la misma línea de análisis, estimarse que los desafíos políticos de Piñera 2 se reducirán a su capacidad de negociación con la izquierda para enfrentar la tramitación de sus proyectos de ley o, al menos, para mitigar los efectos negativos de las reformas ya implementadas por la Nueva Mayoría?

Pienso que no. Y que el gran desafío político de Piñera será dar cuenta de un relato ideológico (no meramente comunicacional) que le permita correr el cerco a favor de la libertad individual, entendida como el derecho de todos a buscar su propio destino. En el caso de nuestra derecha —hegemónicamente conservadora—, esto (al menos) debería traducirse en potenciar la capacidad de las personas para, de manera creativa, buscar oportunidades por sí mismas, sin perjuicio del rol subsidiario que le corresponde al Estado en materia social.

Considerando todo lo anterior, podría perfectamente pensarse el nuevo gabinete, más que como una declaración de guerra, como una “medición de fuerzas”. Y que, al igual que en los campos de batalla del Medioevo, Piñera ha puesto en fila a los distintos batallones que conforman su coalición para, desde ahí —desde lo que la derecha es (y podría ser, en el sentido de si será o no capaz de construir el relato indicado)—, entrar en conversaciones con sus adversarios. Pero también para, desde esa “línea de fuego”, establecer alianzas estratégicas con los sectores más moderados de la oposición.

La designación de Gerardo Varela en el Mineduc —un liberal clásico, no un libertario anti-Estado, como algunos han insinuado— constituye precisamente una señal de la estrategia que Piñera parece haber instalado. Eso le podría enviar un mensaje nítido a la futura oposición: que Piñera 2 no será pusilánime frente a la idea de que las personas tienen derecho a buscar su propio destino (a generar proyectos educativos autónomos o a aportar libremente a la formación de sus hijos), sin perjuicio de que quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad puedan recibir ayuda del Estado. Y que, si bien entrará en conversaciones con sus adversarios, lo hará desde su propia cancha, sin tenderle —como erróneamente lo hizo en su primer gobierno— una alfombra roja al movimiento estudiantil, desde el cual la Nueva Mayoría construyó su relato y, con mucha mayor radicalidad, el Frente Amplio. En esta misma línea, un segundo mensaje podría ser que el nuevo gobierno negociará por la vía institucional —en el Congreso—, y en primer término con los sectores moderados de la oposición, quienes podrían aportarle la cantidad de votos que le falta, al menos para los proyectos de ley que requieran de mayoría absoluta.

De ser cierta la lectura anterior, Piñera 2 estaría buscando cerrar el ciclo comenzado en 2011 (no por él, sino por la oposición de la cual fue víctima), y a iniciar así uno nuevo desde, ahora, su propio relato ideológico. De este modo, la derecha chilena no sólo sería capaz (como ya lo ha demostrado) de ganar una elección, sino también una próxima generación. O dicho de otra forma, de correr el cerco en favor de sus propias ideas para así, como guinda de la torta, entregarle la banda presidencial a uno de los suyos en 2022.

Aquí, en este momento, recién podrá hablarse de un triunfo cultural de la derecha frente a la izquierda. Faltan todavía cuatro años, pero el trabajo hay que hacerlo desde ya y el nuevo gabinete parece apuntar estratégicamente a ese objetivo. Todo esto explica, por cierto, la alharaca del Frente Amplio y de esos analistas que, no declarándose de izquierda, suelen ser muy condescendientes con ella cuando arremete, pero muy críticos cuando lo hace la derecha.

 

Valentina Verbal, historiadora, consejera de Horizontal

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

 

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