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Publicado el 24 agosto, 2020

Pilar Molina: ¿Wishful thinking?

Periodista Pilar Molina

Los analistas de centro izquierda también se muestran preocupados del incumplimiento de las reglas del juego democrático, pero confían que construyendo “la casa común”, los elegidos respetarán las normas que los convocarán. ¿Qué los hace pensar que lo harán, cuando han descubierto cómo legislar torciéndole la nariz a la Constitución, interviniendo en materias exclusivas del Ejecutivo, por la vía de la reforma constitucional?

Pilar Molina Periodista
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Curioso lo que está pasando con el plebiscito y la posibilidad de tener una asamblea (o convención) constituyente (AC) o una convención mixta que redacte una nueva Constitución. Dejando fuera a políticos de derecha, he leído y oído a columnistas y ex ministros y personeros de los gobiernos de Michelle Bachelet, es decir, gente de izquierda o centro izquierda, criticar ácidamente el deterioro del clima político y las malas prácticas que amenazan gravemente la institucionalidad democrática. A pesar de su desvelo por la crisis política, ponen todas sus esperanzas en el nuevo proceso constituyente. Lo ven como la gran oportunidad para curar los males que asolan el deteriorado panorama político hoy. Confían en que los elegidos echarán las bases institucionales de una democracia estable y duradera por las siguientes generaciones y seremos un mejor país y más feliz.

Una de sus preocupaciones es el actual menosprecio de los acuerdos que han logrado imponer en el Congreso minorías de ultra izquierda (PC y Frente Amplio) seguidos mansamente por los ex Concertación y Nueva Mayoría. Los consideran “deleznables y traición del pueblo”. Pues bien, escribir el nuevo ordenamiento jurídico que regirá en Chile exigirá necesariamente llegar a acuerdos en las cuestiones básicas de qué se va a incluir en la Constitución, y cómo, y qué se dejará a la ley y a las mayorías ocasionales.

La pregunta es si la constituyente será realmente la oportunidad para retomar los acuerdos que sacaron a Chile de la mediocre pobreza y lo pusieron a la cabeza del continente en todos los indicadores de desarrollo humano y felicidad. ¿Será posible, si a los parlamentarios que osan negociar con el gobierno los tildan de traidores, los funan y los pasan al tribunal supremo? ¿Será viable si le han cerrado el paso a todas las reformas gruesas del Gobierno que buscan hacerse cargo de la deuda con la infancia, la mala atención en salud, los problemas de las isapres o la desregulación de la inmigración, entre otras? ¿Creen, realmente, que será posible negociar cuando se han negado sistemáticamente a llegar a acuerdo en materias claves, como la inteligencia o la reforma previsional? En este tema se han contentado con extraerle recursos al sistema, asegurando así pensiones futuras más pobres que las actuales que tanto critica. ¿Piensan que estarán dispuestos a sentarse a negociar quienes lideraron el retiro del 10% de las AFP y que ahora proponen dejar los cambios para la constituyente y, si es posible, darle antes otro mordisco a los fondos y el golpe final al sistema de capitalización individual?

Si no cumplieron el Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución (en función del cual se embarcó Chile en el proceso constituyente) y tampoco fueron fieles al acuerdo económico para enfrentar la pandemia que la DC, el PS y el PPD suscribieron con el Ejecutivo el 5 de junio, ¿por qué van a buscar acuerdos en la constituyente? Hasta ahora los únicos consensos opositores han sido para actuar contra el Gobierno y para echar abajo sus autoridades, pero llegado el momento de construir el futuro, la diversidad de posturas impide a la izquierda aunar posiciones.

Los analistas de centro izquierda también se muestran preocupados del incumplimiento de las reglas del juego democrático, pero confían que construyendo “la casa común”, los elegidos respetarán las normas que los convocarán. ¿Qué los hace pensar que lo harán, cuando han descubierto cómo legislar torciéndole la nariz a la Constitución, interviniendo en materias exclusivas del Ejecutivo, por la vía de la reforma constitucional? ¿Qué le impedirá a nuestra asamblea constituyente atribuirse facultades plenipotenciarias por sobre todos los otros poderes del Estado, como lo hizo la de Venezuela en 2017? Si hoy justifican incumplir la Constitución, ¿por qué reconocerán sus límites mañana?

Los bienaventurados confían, sin embargo, que habrá una gran oportunidad para una reforma gradualista, dejando de lado los ánimos refundacionales de la República de las minorías ultristas del Congreso. ¿Cumplirán con que el espíritu del acuerdo del 28 de noviembre para exigir un quórum de 2/3 era llegar a grandes acuerdos o intentarán usar ese quórum para que nada quede en la Constitución y sean mayorías ocasionales las que resuelvan los aspectos más claves de la institucionalidad democrática?

Otra preocupación entre personeros de la ex Concertación y Nueva Mayoría es el salto de las reglas de la democracia representativa con el respeto a sus instituciones. “Nadie cree que la Cámara de Diputados represente al Pueblo Chileno” (Fernando Atria). Pero en abril se elegiría una Convención Constituyente que será la réplica de la actual Cámara. Los mismos partidos, que ya escalan a los 30, seleccionarán sus candidatos y se aplicará el idéntico sistema electoral que ha permitido que estén legislando 35 diputados con menos del 5% de los votos, constituyendo los del 1% una verdadera bancada. Los esperanzados apuntan a que eso cambie cuando llegue el momento de reescribir la Carta Fundamental.   Pero, ¿podrán los ultristas iluminados, y su cohorte de ovejas, conformarse con votar en la AC cuando no creen en ninguna institucionalidad, asimilan a los parlamentarios a “castas políticas” y sólo confían en los colectivos, en las funas a la élite y la violencia como instrumento de cambio?

Estos optimistas que gobernaron Chile por 24 años quieren creer que esta izquierda dejará de ser ambigua frente a la violencia, abandonará el “sí, pero…”, la considerará incompatible con el Estado de Derecho y jamás la tolerará aunque incline la balanza a favor de sus propuestas. Ya hemos visto, sin embargo, que muchos diputados de Evópoli, RN y la UDI que apoyaron inicialmente y de buena fe la opción de darnos en conjunto una nueva Constitución de la cual nadie se sienta excluido, han evolucionado al Rechazo del proceso constituyente. Lo han fundado en el ambiente crispado que hoy predomina en la Cámara, que impide cualquier discusión serena y racional, en la violencia y en las amenazas que reciben para legislar como quiere el ultrismo. ¿Alguien cree, sinceramente, que nunca más veremos las noches de destrucción e incendios como las que presenciamos recientemente, previo a las votaciones clave en la Cámara y en el Senado del proyecto de retiro del 10% de las AFP?

En verdad que reescribir la Constitución sobre una hoja en blanco puede ser una gran oportunidad para hacer renacer las virtudes en que descansan las democracias exitosas, esas que logran conciliar la libertad con el desarrollo económico que a todos beneficia.  Pero si esas virtudes desaparecieron del todo, y un sector reniega de ellas como defectos, más bien puede convertirse en un salto al vacío.

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