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Publicado el 26 abril, 2021

Pilar Molina: Salvarse solo

Periodista Pilar Molina

Sin confianza no existe la política, porque, ¿se puede ceder o negociar con alguien que no cumplirá su parte del trato?

Pilar Molina Periodista
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Las confianzas se rompieron y será difícil salir de esa dinámica, que tiene graves consecuencias para la institucionalidad democrática. Los parlamentarios enjuician duramente al gobierno, pero se les olvida que los ciudadanos confían en ellos menos que en nadie. No honran su palabra, tampoco respetan la Constitución que juraron defender y creen que pueden cambiar las reglas de juego a su amaño.

Lo peor, ni se sonrojan. Ya no tiene que dar explicaciones Matías Walker cuando asegura que el primer retiro de los fondos de pensiones será único y excepcional y a poco andar pone en tabla el segundo y luego promueve el tercero. Tan poca memoria en cuestión de meses. Por eso a nadie le extraña la vuelta de carnero que se dieron en un par de días el PS, el PPD y la DC respecto a presentar una nueva acusación constitucional contra el Presidente, promovida por el PC y el Frente Amplio. La reacción parlamentaria inicial fue crítica, pero cuando creyeron ver un dividendo fácil, se abrieron a buscar fundamentos diferentes al disparate de acusar al Mandatario por cumplir con su deber de defender la Constitución llevando al Tribunal Constitucional (TC) un proyecto que infringe la Carta Magna.

Sin confianza no existe la política, porque, ¿se puede ceder o negociar con alguien que no cumplirá su parte del trato? Es que “Chile cambió”, fue la excusa para desconocer un acuerdo político con el oficialismo que pretendía reflejar en las comisiones del Senado la proporcionalidad de los representantes políticos. Y sin ningún miramiento, votó por incumplir lo acordado la ex presidenta de la Cámara Alta, Adriana Muñoz, dejando en la presidencia de la comisión de derechos humanos al más férreo defensor de las violaciones en Venezuela, el senador Alejandro Navarro. No hay vuelta atrás ni excusas. Sólo justificaciones inconsistentes para lo obrado.

Cada uno hace lo que quiere cuando no hay política. ¡Sálvese quién pueda! Campea el desorden, la improvisación en pro del pueblo, el aprovechamiento oportunista y, como siempre, la ley del más fuerte. Son los tiempos para el que más daño hace, llamando a derrocar a Piñera o a cacerolazos y movilizaciones para promover el #estallido2021. En eso han sido campeones los de izquierda, seguidos sumisamente por la otrora socialdemocracia.

En ese espacio de amenazas con la violencia, la política no da certezas ni rinde frutos a nivel institucional. Se acuerdan las condiciones bajo las cuales operará la Convención Constituyente y queda impreso en la Constitución que la Convención no podrá asumir otras atribuciones que las que expresamente le reconoce la Carta Fundamental, pero dirigentes del PC y del Frente Amplio ya empiezan a socavar lo estipulado en la reforma constitucional proponiendo darle nuevos poderes que permitirían plasmar textos sin acuerdos amplios de 2/3. Empujar un nuevo estallido social puede ser una buena pieza para el jaque mate fuera del tablero.

La política es negociar, es la medida de lo posible, transar algo a cambio de una renuncia de la otra parte. Todo, supuestamente, por el bien común. Pero, ¿qué va a negociar el Presidente con la oposición ahora que lo tienen en las cuerdas? Está el riesgo de una acusación constitucional, la calle ha vuelto a agitarse el ritmo del tambor de guerra del PC; sus partidarios votaron con la oposición y se confunden con sus dirigentes, y está la crisis económica y sanitaria. La pandemia, insólitamente, ha pasado a segundo plano y es más importante como instrumento en contra del gobierno que por el peligro de sus efectos sobre la salud y vida de los chilenos.

La oposición le exigió al gobierno retirar el requerimiento contra el tercer retiro ante el TC para darle un poco de oxígeno. Cumplida esa condición exigía también, entre otras cosas, una reforma tributaria y un ingreso básico de emergencia (600 mil para cada chileno, propusieron las presidenciales Narváez y Rincón, es decir, la totalidad de la recaudación anual de impuestos más un 40%. La mitad de los chilenos gana menos de $400 mil). Y como ofrecía la presidenta del Senado, Yasna Provoste, se abrirían a negociar para evitar ¡un cuarto retiro!

Pero si “Chile cambió” y las volteretas de posiciones ya ni tienen qué explicarse y hay sospechas de cohecho de los parlamentarios que aprueban medidas contrarias al bien común a cambio de votos, ¿qué garantías tiene Sebastián Piñera que, proponiendo un nuevo paquete de medidas (luego del fracaso de los dos anteriores que lanzó sin concordar ni con los suyos ni sus adversarios, en menos de un mes), no haya un cuarto y quinto retiro? Y, ¿que el impuesto a los súper ricos “por una vez”, aprobado con votos de sus diputados, no se convierta en ley, obligándolo a recurrir de nuevo al TC? ¿Y no se detenga ninguna de las amenazas a que pueda concluir su período en La Moneda?

La situación no está fácil para el Presidente. Sin las armas de la política y sin apoyo del oficialismo, tiene que salir solo de esto. Está en deuda con los pocos parlamentarios de Chile Vamos que, a tres semanas de las elecciones, pagaron el costo de rechazar el tercer retiro, para encontrarse con que nuevamente (como ocurrió con el segundo) él está dispuesto a legislarlo para que sea constitucional.

Probablemente, esta vez el Mandatario tendrá que optar por vaciar las arcas fiscales porque todas las millonarias ayudas anunciadas son criticadas como un “desde” insuficiente. Aunque la oposición no quisiera darle una salida, tampoco podrá negarse a aprobar un nuevo gasto millonario y él podrá aparecer como mecenas y retribuir a los leales del oficialismo que suben la puntería pidiendo cosas tan insólitas como que el Estado restituya los retiros. Es decir, un estímulo para seguir con los rescates previsionales hasta agotar el pozo de oro que significará pensiones paupérrimas.

Incertidumbre, violencia, caos es lo que se prevé de no mediar cambios. Son los tiempos cuando no hay límites institucionales, no hay palabra y, en consecuencia, no hay política.

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