Por fin empiezan a abrirse los ojos y cae la venda que los cegaba total o parcialmente. Estuvimos comulgando con ruedas de carretas por meses y por más de un año, pensando que los problemas de Chile terminarían con la Convención Constitucional que iba a reemplazar a los parlamentarios -denostados como privilegiados, corruptos, elitistas y todos los adjetivos que pudieran colgárseles- en la misión sagrada de redactar una nueva Constitución.

Y siguiendo la ola emancipadora, no cuestionamos que se refugiaran bajo la llamada bandera mapuche para arengar a los movimientos sociales en la inclemente protesta callejera. Y los parlamentarios, culposos, incluso de la derecha, accedieron a crear un mamarracho electoral para facilitar que los independientes fueran electos en listas, aunque de independientes no tenían nada, sino que eran activistas de ultra izquierda. Los ciudadanos se volcaron a esas listas y votaron, más que por las personas, por los que estaban en primer o segundo lugar en las listas (estudio de Unholster). Además se aceptó la paridad de género por resultado y que fueran electos 17 representantes de pueblos indígenas con menos de la mitad de los votos que obtuvo Chile Vamos en el distrito 11. En función a esa proporcionalidad, la centroderecha debió elegir 32 convencionales en ese distrito, pero sólo eligió 4 y en total, 37. Un estrepitoso fracaso.

Recién ahora vemos con preocupación lo que entonces se aceptó celebrar. Se suponía que los convencionales electos eran un mejor reflejo de Chile, de su diversidad y verdaderos intereses. Pero no esperaron ni un día para develar sus posturas extremas y que en realidad no iban a actuar por el bien de Chile, sino que por el suyo propio. Ni canción nacional, ni propiedad privada, liberación para todos los que cometieron delitos desde el 18 de octubre de 2019 era lo que los ocupaba. Agréguense las boletas para inflar gastos, el fraude de Rojas Vade -que ahora quiere volver como héroe a votar en el pleno- y la distracción para dilatar la tarea para la cual fueron electos.

Tan imbuidos están en su cometido refundacional y revolucionario, que no se dieron cuenta que apenas seis meses después de ser electos, cambió drásticamente el panorama electoral y Chile Vamos eligió la mitad del Senado y un candidato presidencial de derecha conservadora obtuvo del 44% de la votación nacional. La mayoría de los convencionales, sin embargo, sigue legitimando marginar a la derecha de la discusión constitucional (porque es problema de ellos que no obtuviera ni el tercio para vetar, como dicen los Fernando Atria) y se afanan en intercambiar votos entre las causas feministas (como el aborto libre y sin condiciones) con los proyectos del Frente Amplio  (asambleas legislativas regionales), los intereses comunistas (nacionalización de toda la minería) y las pretensiones de los pueblos originarios (indemnizaciones y participación en la rentabilidad de cualquier iniciativa o proyecto sobre los territorios que reclaman, los que cubren todo Chile).

Pareciera que la mayoría de los convencionales no tiene ningún interés en moderar su afán de refundar Chile, destruyendo la nación unitaria que nació con la República, fragmentando su territorio en autonomías de tipo geográfico y de diferentes etnias, y repartiéndose la riqueza que florece en sus suelos entre el Estado y los pueblos originarios. Es obvio que creen que la ultra izquierda permanecerá por siempre en el poder y buscan crear las condiciones para ello. Eso es lo que explica el afán por eliminar los contrapesos y concentrar el poder terminando con el Poder Judicial que conocemos, suprimiendo el Senado y el Tribunal Constitucional y postulando una Cámara legislativa única que se elegiría con las mismas reglas que la Convención. Con la igualdad del voto valiendo cero, podría así la extrema izquierda arrogarse la conducción del país para siempre en nombre de los movimientos sociales, el feminismo, las etnias y otras minorías y seguir así ungiendo a personas electas con menos del 1% de los votos (hoy hay 5 convencionales electos con menos del 1% y 67, con menos del 5%).

No hay lugar para “los otros”, dictaminan estos convencionales, que nos amenazan con el negacionismo y nos acusan de no querer renunciar a nuestros privilegios cuando se les critica por privarnos de las cuestiones mínimas de un sistema democrático, como la libertad de conciencia y de prensa sin condiciones.

Recién se empieza a escuchar lo que debimos oír en mayo del año pasado. Esta Convención no es el espejo de Chile. Habrá sido electa en forma legítima, pero el mecanismo usado distorsiona el principio básico de la democracia que es la igualdad del voto, y esta asamblea no representa, ni pretende hacerlo, a la totalidad de los chilenos. Menos está pensando en el bien común. Están mirando sólo su proyecto revolucionario que no sabemos cómo evoluciona, ni menos cómo termina.

*Pilar Molina es periodista

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