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Publicado el 28 de enero, 2019

Pilar Molina: Las tareas para marzo

Periodista Pilar Molina

Lejos el conflicto más incendiario que debe abordar el gobierno es el de La Araucanía, mientras la oposición tiene el desafío de rearticularse y la Iglesia católica recuperar la confianza para retomar su labor pastoral.

Pilar Molina Periodista
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A esta altura en que la mayoría comienza o culmina sus vacaciones, muchas tareas quedan para 2019, donde el inicio simbólico parece ser marzo. Empezando por el Gobierno, que se anotó un poroto retomando la agenda con su proyecto de Admisión Justa, que repone el tema del derecho de la clase media y los más vulnerables a poder asistir a liceos de excelencia académica que les abrirán las puertas a la movilidad social. Pero el Ejecutivo tiene poco más de un año por delante para aprobar sus iniciativas fundamentales, más allá de este desafío al que se opone la izquierda, acomplejada con el mérito y que atribuye sólo a razones socioeconómicas, aunque el reto sea compartido por la mayoría ciudadana, según las encuestas de La Moneda. La reforma tributaria quedó pendiente y los empresarios han advertido a Sebastián Piñera que debe pelear por sus ideas y promesas de campaña y no adaptarse a las de la oposición, que quiere poner el eje legislativo en mantener la recaudación y no en los ajustes necesarios para retomar el ahorro y la inversión interrumpidos durante el mandato de Michelle Bachelet y asegurar así el desarrollo en el mediano plazo.

Qué decir del proyecto de reforma previsional, que sigue esperando los ajustes paramétricos que no se le introdujeron en la gran reforma de 2008 y que son los responsables principales del bajo ahorro que tienen los chilenos en sus cuentas y que están lejos de poder financiar pensiones acordes a los ingresos del período activo durante el largo tiempo de pensionados. El 10 por ciento del sueldo no alcanza, y jubilarse a los 60 las mujeres tampoco es viable, pero hay que tener coraje para hacer los cambios.

Hay una deuda de seguridad ciudadana con esas regiones, especialmente La Araucanía, que se ha convertido en un Estado fallido, según el senador Felipe Kast.

Pero sin entrar en la reforma a las isapres o al sistema del Sename, pendientes desde la primera administración de Piñera, lejos el conflicto más incendiario que debe abordar el Gobierno es el de La Araucanía. Si en el mandato pasado el problema mapuche se extendió a cuatro regiones, en el primer año de Piñera los ataques violentos subieron de 170 a 319 y los de tipo incendiario se duplicaron, creciendo desde 60 a 124, según el barómetro de la Multigremial Araucanía. A los agricultores de Ercilla, Collipulli y Victoria, las comunas más golpeadas, y a los que viven en Biobío, La Araucanía, Los Ríos o Los Lagos no los conforma saber que hay un plan para impulsar la zona en términos económicos y darle representación política a esa etnia. Hay una deuda de seguridad ciudadana con esas regiones, especialmente La Araucanía, que se ha convertido en un Estado fallido, según el senador Felipe Kast. El caso Catrillanca disparó la violencia, pero es tarea del Gobierno, y nada fácil después de la crisis con Carabineros, devolverle la paz a los ciudadanos que viven diariamente el conflicto, y están lejos de ser sólo forestales o contratistas.

La oposición, a su vez, no la tiene fácil. Durante el primer año de gobierno del Presidente Piñera no logró articularse de nuevo y continúa siendo sólo la “ex” Nueva Mayoría, que se desdobla entre tratar de mantener la unidad con el PC y el Frente Amplio y no aparecer negándole el agua a todas las iniciativas del Gobierno. El rechazo sistemático sin propuestas a cambio es mal aliado mediático y la DC ha encontrado una oportunidad para perfilarse buscando entendimientos con el Ejecutivo, lo que a su vez dificulta que la izquierda retome  la unidad política.

El FA no logra esconder, detrás de conceptos como “autodeterminación de los pueblos y de no intervención internacional”, que prefiere prolongar la agonía del pueblo venezolano antes que desafiar a un dictador que representa el socialismo del siglo XXI.

Este año 2019 el Frente Amplio tiene otro desafío: demostrar que no es una montonera, como se le vio el año pasado, fragmentado y alentando posiciones extremas para echar abajo autoridades y coquetear con la violencia política. El caso de Venezuela deja al descubierto toda su radicalidad y ánimo sesentero cuando saca comunicados condenando el reconocimiento de Chile e internacional a Juan Guaidó. No logra esconder, detrás de conceptos como “autodeterminación de los pueblos y de no intervención internacional”, que prefiere prolongar la agonía del pueblo venezolano antes que desafiar a un dictador que representa el socialismo del siglo XXI.

Y si pudiéramos dar un salto fuera de la política, la Iglesia católica tiene al frente las exigencias más severas por delante a riesgo de no reprobar de nuevo el año.  Los casos de abusos sexuales han dejado al descubierto que fueron muchos los que se aprovecharon de la fe y usaron el poder para abusar de los más vulnerables y cometer delitos. Recuperar la confianza para retomar la labor pastoral no se ve nada fácil y será una ardua tarea que posiblemente tome generaciones. La continua aparición de nuevos casos, como el del emblemático padre Renato Poblete, impide además dejar atrás la etapa negra.

 

FOTO: HECTOR ANDRRADE/AGENCIAUNO

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