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Publicado el 26 de agosto, 2019

Pilar Molina: La política desfondada

Periodista Pilar Molina

Con tanta disonancia, La Moneda puso en riesgo la agenda legislativa en la que está al debe, logró unir a la oposición y hubo DC que se mostraron dispuestos a considerar la acusación contra la ministra Cubillos. Al otro lado, la música no sonó mejor.

Pilar Molina Periodista
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La semana pasada la política pareció desfondarse. Gobierno y oposición perdieron toda la mesura y el respeto por sus deberes republicanos y no cosecharon nada bueno ni para ellos ni para Chile.

Empecemos por La Moneda. Las palabras de la vocera de gobierno Cecilia Pérez, dichas en el mismo palacio, fueron destempladas y razón tuvieron los socialistas de enojarse con la imputación de que su partido procura “ocultar” los vínculos con el narcotráfico con la acusación en contra de la ministra de Educación, Marcela Cubillos.

No sólo no se excusó Pérez, sino que además la apoyó el Presidente. Aunque él le hubiera dado la orden de hacerlo, que es probable, igual podría haberle bajado el tono a la imputación de la vocera, que usó el twitter, en vez de La Moneda, para matizar al día siguiente que sus cuestionamientos no eran al “PS como institución”, sino que a los “lazos que algunos militantes pudieran tener con el narcotráfico”.

La idea de cuestionar el PS se comentó en el comité político del lunes, pero otra cosa era salir desde la máxima institución de la República a vapulear institucionalmente a un partido frente a la penetración del narcotráfico. Con tanta disonancia, La Moneda puso en riesgo la agenda legislativa en la que está al debe, logró unir a la oposición (incluso la “disidencia” del PS terminó del cuello con la actual directiva partidaria) y hubo DC que se mostraron dispuestos a considerar la acusación contra la ministra Cubillos.

Y no menor, el gobierno volvió a dividir los apoyos de Chile Vamos, renuentes a seguir respaldándolo en sus improvisaciones. Más cuando todavía no se acallaban los ecos del giro oportunista que encabezó el propio Presidente Sebastián Piñera dos semanas antes, acicateado por la iniciativa comunista de reducción de jornada laboral y que se convirtió en un autogol del que todavía no sabe salir. (¿Dónde está la indicación prometida al proyecto original de flexibilidad del Ejecutivo para hacer obligatoria la reducción de jornada a 41 horas, pero manteniendo la flexibilidad?)

Como si fuera poco, la intemperancia palaciega opacó dos triunfos: el primer éxito del Estado de Chile en traer de regreso a Santiago a uno de los asesinos del senador Jaime Guzmán (Hernández Norambuena), luego de extradiciones fracasadas con otros autores o cómplices que se encuentran disfrutando de refugio político en Francia (Palma Salamanca) y Argentina (Galvarino Apablaza) o, un tercero, Escobar Poblete que está condenado en México por un secuestro que repite el tipo de crueldad que usaron en el de Cristián Edwards. Y el segundo logro que el Ejecutivo aplanó con la gresca con el Legislativo es que después de un año de presentarla, el oficialismo por fin logró aprobar en una Cámara la primera de sus reformas ejes, la tributaria, que no sólo formaba parte de su programa, sino que considera clave para darle más bríos a la economía.

Al otro lado la música no sonó mejor. Los cargos de la vocera repusieron los cuestionamientos al PS, que si merece recibir recursos públicos un partido que no ha respondido adecuadamente hasta dónde influye en la organización partidaria  el cuestionado alcalde de San Ramón, que desde hace años reportajes han vinculado con el narcotráfico. Aunque las acusaciones de la “disidencia” socialista han sido similares a la de la vocera de gobierno, el inesperado golpe desde el palacio le permitió cosechar solidaridad para declarar un boicot legislativo. La oposición tiene mayoría en ambas Cámaras, pero los parlamentarios fueron electos y les pagan como colegisladores. No es una atribución legítima de ellos obstruir el trabajo legislativo impidiendo a los subsecretarios y asesores ingresar a las comisiones.

El boicot y la presión y descalificaciones a la DC por haber posibilitado que pudiera discutirse y aprobarse la reforma tributaria deja en evidencia que la ex Nueva Mayoría y el Frente Amplio no cejarán en su afán de usar cualquier arma con tal de hacer fracasar al gobierno, apostando además al daño que pueda producir un rendimiento económico inferior a las expectativas. La justificación para ni siquiera aceptar legislar, que la reforma es para beneficiar a los más ricos, ya no surte efecto porque cuando Bachelet subió los impuestos a esos mismos ricos, no benefició con ello a los más pobres ni a la clase media. A punta de repetir slogans manoseados, la izquierda parece creer que los chilenos son analfabetos políticos.

En medio de una fuerte sequía y la tormenta en ciernes de una recesión mundial, que no parece importar a nuestras máximas autoridades, la pregunta es cómo quieren que la política sea una actividad prestigiosa…

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