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Publicado el 20 de abril, 2020

Pilar Molina: La peste de la guerra de clases

Periodista Pilar Molina

No conozco a ninguno de los tres funados y no soy yo la indicada para hacer justicia. Pero sí puedo apreciar cómo hasta la tragedia sanitaria se convierte en una buena excusa para seguir dividiendo a los chilenos. El odio y el resentimiento parecen ser un camino sin retorno.

Pilar Molina Periodista

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Son tiempos para enfocarse en lo fundamental. En el ataque de este virus desgraciado, que no terminamos de conocer y no empezamos a asimilar todas sus consecuencias. No sólo sobre cómo afecta a los adultos mayores, dando cuenta del 90% de los fallecidos hasta el jueves pasado y de la mitad de todas las hospitalizaciones. También cómo va distanciado el abrazo humano, encerrando a los niños en espacios chicos y paralizando las actividades productivas con dolorosas consecuencias. La letalidad quedó a la vista con los casi 300 mil despidos que hubo en marzo y los 786 mil (que son el 17% de los asalariados privados) que pueden ver suspendidos sus trabajos porque laboran en 57 mil empresas que declararon o ya hicieron efectiva su intención de acogerse a la Ley de Protección del Empleo.

Por eso duele ver cómo los medios de comunicación y las redes sociales concentran sus esfuerzos en hechos aislados y los levantan como si fueran una regla general, azuzando además la misma lucha de clases que avivaron a partir del 18 octubre. Qué cantidad de comentarios y opinología porque tres pilotos salieron fuera de Santiago, que estaba en cuarentena los días anteriores a Semana Santa, cuando las autoridades exigieron no movilizarse. El problema fue con los dos que fueron a Zapallar, el balneario símbolo de la élite. Todo el odio se concentró sobre ellos. Había que averiguar quiénes eran. Comenzó la caza de brujas, como si encontrarlos fuera a reparar o agregar algo a nuestros problemas.

Lo mismo dieron las explicaciones de los purgados. Ambos eran adultos mayores, a los que la autoridad sanitaria permitió expresamente hacer cuarentena en sus segundas viviendas. Además tenían otras causales como más de 75 años o una reciente operación al corazón. Pero qué da, era una oportunidad para volver a exacerbar a “los abusadores de siempre”, la “elite insensible”, la “desigualdad intolerable”. El caso de los dos adultos mayores se convirtió en una excelente oportunidad para seguir remachando la insoportable desigualdad, que justifica cambios radicales, como una nueva Constitución. Tomaron la vocería los mismos que antes hablaban de la “protesta legítima”, “las manifestaciones pacíficas” y condenaban la violencia de carabineros ignorando la de los manifestantes que quemaron, patearon, balearon a los uniformados y destruyeron lo que no les pertenecía.

Aunque había miles de personas incumpliendo la cuarentena en las calles y saliendo de Santiago, incluso contagiados comprando en supermercados y paseando por la Plaza de Armas, el odio y la cobertura periodística se centró en los pilotos mayores. Hasta las autoridades le echaron leña al fuego, buscando el aplauso del circo popular. La vocera, el Presidente Piñera, la alcaldesa Matthei, incluso, los denostaron. Hasta les imputaron querer llevar el virus al personal que supuestamente los servía en sus casas de veraneos, los que vivirían en comunas vulnerables de la V Región, con peores índices y atención de salud. No faltó ninguna conjetura.

La acusación de “asesino” llegó para otro “rico irresponsable”, un abogado que fue a comprar al supermercado el martes 14 de abril, tres días antes que entrara en vigencia la obligación decretada por el Minsal que amplió el uso de la mascarilla a todos los lugares privados con público. El abogado fue duramente atacado por Dante Pesce, que lo correteó por los pasillos del Jumbo de La Dehesa filmándolo y acusándolo de “irresponsable, asesino y criminal”. Este señor, que resultó ser director ejecutivo del Centro Vincular PUCV y Miembro de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, no buscaba denunciar un delito, que no era tal, sino que funar públicamente a un hombre que lo ofuscó por no llevar mascarilla. Cumplió su misión subiendo el video a las redes sociales, donde posteriormente se viralizó. Los medios lo convirtieron en un confeti, para humillarlo y condenar sin juicio a este “cuico irresponsable y criminal” y las redes sociales hicieron su labor habitual con epítetos y amenazas.

Pesce dio diversas entrevistas para justificar su hostigamiento, pero nadie le preguntó si alguna vez fue a la plaza Baquedano a increpar a los jóvenes que atacaban a carabineros y destruían la propiedad pública y privada. Nadie lo interrogó acerca de si también calificó de criminales e irresponsables a los que incendiaron estaciones del Metro, hoteles y supermercados, o saquearon el comercio. ¿O esos juicios sólo los emite cuando se trata de “símbolos de la desigualdad”?

Otro juicio popular, al más puro estilo Pol Pot o estalinista, sufrió un individuo que viajó en avioneta a Pichilemu, con todos los documentos en regla, a recoger una caja, supuestamente de jaibas, en un viaje de “toque (el suelo) y despegue”. Puede que este hecho haya movilizado la protesta de los lugareños que se sentían amenazados (con razón o por ignorancia), pero no daba la situación para convertirse en un nuevo paradigma de la lucha de clases y la amplia difusión que tuvo en la TV.

No conozco a ninguno de los tres funados y no soy yo la indicada para hacer justicia. Pero sí puedo apreciar cómo hasta la tragedia sanitaria se convierte en una buena excusa para seguir dividiendo a los chilenos. El odio y el resentimiento parecen ser un camino sin retorno.

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