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Publicado el 23 de marzo, 2020

Pilar Molina: La Moneda retoma el control

Periodista Pilar Molina

Nadie mejor que Sebastián Piñera para enfrentar esta situación inédita de crisis, donde hay que buscar los equilibrios para que una medida dirigida a salvar vidas no traiga como consecuencia la aparición de otra epidemia desconocida por las generaciones vivas: la hambruna. Ésta podría aparecer como la consecuencia de la quiebra de las empresas de todo tamaño, el desempleo, la escasez y el agotamiento de los recursos del Estado.  

Pilar Molina Periodista

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Junto con dictar el estado de catástrofe el miércoles 18, el gobierno recuperó el control del Estado, cuya dirección había perdido tras el estallido del 18 octubre. En este nuevo escenario, los mismos que antes procuraron que no tuviera las herramientas para enfrentar el desorden público y satisfacer nuevas demandas sociales y que incluso le impusieron su programa de gobierno, se encuentran ahora sin poder.  

Hoy el poder lo tiene el virus Sars-CoV-2, el que desencadenó la pandemia más grave que recordamos todos quienes estamos vivos en este planeta. Y el protagonismo lo tiene el gobierno para resolver qué medidas tomar para proteger a la población, a quiénes reasignar los escasos recursos para no paralizar la economía, cómo asegurar la cadena de producción, distribución y pagos, etc. Además, cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas para hacer cumplir las medidas administrativas que decrete.

En las situaciones extremas, cada uno muestra su verdadera cara. Y al Presidente Sebastián Piñera se le presenta inesperadamente una cruel situación –más aún que el terremoto de 2010 o los 33 mineros sepultados vivospara exhibir nuevamente las ventajas comparativas que indudablemente tiene en materia de gestión. Nadie mejor que él para enfrentar esta situación inédita de crisis, donde hay que buscar los equilibrios para que una medida dirigida a salvar vidas no traiga como consecuencia la aparición de otra epidemia desconocida por las generaciones vivas: la hambruna. Ésta podría aparecer como la consecuencia de la quiebra de las empresas de todo tamaño, el desempleo, la escasez y el agotamiento de los recursos del Estado.  

La oposición se quedó sin tablero para continuar empujando movidas radicales como adelantar elecciones generales o destinar el 60% del alza de cotización previsional a un sistema de reparto. Y tuvo que aceptar que en el nuevo escenario nadie quiere oír hablar del plebiscito, aceptando así reprogramar los plazos del camino constituyente que hasta hace una semana era un intransable.

Lo que probablemente seguiremos viendo son intentos de minar la autoridad sanitaria del gobierno exigiendo la cuarentena nacional hoy. Esa insistencia parece empatizar más con el temor de la calle (entendible) que con la razón.

Hoy el foco está en otro lado y por eso no extraña que la crítica al Ejecutivo se haya trasladado a esa arena. Hemos visto mociones parlamentarias pidiendo prohibir los despidos por necesidades de la empresa, como si tuvieran el poder de arreglar el desplome de la economía con una medida así de básica. Los mismos que lo acusaron hace un par de semanas de estar usando el coronavirus para impedir “la legítima protesta social”, ahora le imputan estar llegando tarde con las medidas. Los propios que llamaron a paralizar Chile a través de la movilización, hoy quieren inmovilizarlo a través de medidas sanitarias extremas, acusando al Ejecutivo de estar jugando con la vida de las personas.

Nada más atractivo que aparecer representando ahora el derecho a la vida y acusando al gobierno de jugar con él. Se pueden así entender las descalificaciones desde la trinchera de la oposición imputando medidas tardías (Fuad Chahín) o desgobierno (Felipe Harboe).  Tampoco sorprenden los recursos de protección que han presentado parlamentarios de oposición para que sean los tribunales los que le quiebren la mano a la estrategia del gobierno para enfrentar la pandemia. Lo insólito ha sido la supuesta proactividad de los alcaldes oficialistas que, liderados por Joaquín Lavín, se han sumado a la exigencia de la cuarentena nacional, en oposición a la política de medidas progresivas que ha instalado La Moneda para mantener funcionando el país con identificar los enfermos y sus contactos, aduanas sanitarias para proteger las regiones limpias y cordones sanitarios para aislar los focos de contagio como Chillán. Ayer agregó a las restricciones de movimiento y cierre de plazas, malls y cines el toque de queda y anunció testeos rápidos del virus a población sana, especialmente jóvenes y niños.

Es cierto que se vienen las elecciones municipales en octubre (que serán postergadas sin duda al próximo año), pero sorprende ver a los alcaldes anunciando medidas (como “cuarentenas preventivas” en Las Condes, la Reina y Vitacura) para las que ni siquiera tienen atribuciones. Lo más fácil y popular, ya que “la calle lo pide”, según las encuestas, sería “cerrar Chile”. Es lo que defiende además buena parte de la oposición. La presidenta del Colegio Médico incluso procura reemplazar a los epidemiólogos y virólogos del gobierno, haciendo exigencias que no tienen nada que ver con su rol gremial y que más bien parecen afines a su postura como ex comunista y ahora independiente de izquierda.

Lo que probablemente seguiremos viendo son intentos de minar la autoridad sanitaria del gobierno exigiendo la cuarentena nacional hoy. Esa insistencia parece empatizar más con el temor de la calle (entendible) que con la razón. Ni la OMS comparte esa estrategia para suprimir el virus (en vez de mitigar los contagios). Fernand Leanes, su representante en Chile, señaló que, aunque sea una idea “popular”, no le ve viabilidad en el mediano plazo.

Chile no es China, donde el Partido Comunista impone sus políticas de clausura total sin ninguna consideración por las mínimas formas democráticas, como el disenso. Quizás haya que decretar el cierre más adelante, pero eso no justifica continuar minando la autoridad del gobierno imputándole negligencia por no ordenar lo fácil: cierres y desfonde de los recursos del Estado. Si los alcaldes no quieren sumarse a la poca legitimidad de los políticos, debieran comenzar a actuar menos para la TV.  

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