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Publicado el 16 de septiembre, 2019

Pilar Molina: La izquierda sorda de nuevo

Periodista Pilar Molina

Convengamos una cosa: Chile no se despegó de América Latina porque nuestros políticos legislaran mejor. Lo hizo porque tomó una serie de medidas estructurales (como abrir la economía y darle autonomía al Banco Central) y porque hasta el segundo gobierno de Bachelet procuró equilibrar la política con la técnica en comisiones expertas que analizaban primero los temas y formulaban propuestas que luego tomaba el legislativo.

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Como quieran llamarlo: el triunfo del populismo, el “entierro de los tecnócratas” o “la lógica política pasándole la aplanadora a la lógica económica”, como describía la situación un ex socialista. Este término era del economista, ex Ministro de Hacienda y vicepresidente del Banco Central, Manuel Marfán, respecto a lo que ocurría en 2015 durante la segunda administración de Bachelet, advirtiendo que cuando se ignora la lógica económica y se cree, por ejemplo, que puede mejorarse la equidad sin crecimiento, “la economía se toma revancha, viene un tsunami de vuelta”.

Lo claro es que una parte importante de la oposición continúa en esta postura que ha encontrado una mina de oro en promover reducir la jornada semanal de trabajo de 45 a 40 o 35 horas, si se incluye la colación. Le dan lo mismo los argumentos de prudencia y de probables consecuencias. La diputada comunista Camila Vallejo presentó el proyecto de recorte sin ningún estudio y cualquier objeción la despacha rápido.

El actual presidente del Banco Central, el simpatizante socialista Mario Marcel, por ejemplo, advirtió la inconveniencia de tramitar esta reforma junto a la de pensiones, que es indispensable, y calculó que los costos para las empresas subirán entre un 9 y un 22 por ciento (considerando además el incremento de la cotización para pensiones, la sala cuna universal y el seguro de dependencia). Pero también dio otra serie de argumentos: que el anterior recorte de la jornada en 2005 fue menor (de 3 puntos porcentuales) y gradual y ocurrió en un ciclo de crecimiento potencial del 5 por ciento y ahora es del 3 por ciento anual; que el mercado del trabajo está sufriendo una serie de cambios donde el contrato indefinido a tiempo completo se ha transformado en la excepción; que hay un fuerte impacto de la inmigración y de los cambios tecnológicos, además de una reciente reforma a la negociación colectiva de la administración anterior.

Aunque es inusual que el presidente de la macro economía repare un proyecto legislativo, la respuesta de la diputada comunista fue cuestionar que Marcel “se pronuncie sobre una propuesta específica” y que “la perspectiva no pueden darla solamente economistas que no tienen experiencia en materia de relaciones laborales (…), que muchas veces ni siquiera han sido trabajadores asalariados”.

La izquierda, buena parte de la DC y todo el PC no quieren oír a sus economistas, ni siquiera a los que fueron ministros de Hacienda y Economía del último gobierno de Bachelet, que han advertido que no es el momento de aumentar los costos laborales cuando el mundo enfrenta riesgos de recesión (Rodrigo Valdés); que no se puede avanzar en acortar la jornada si no se generan otros factores que mitiguen los efectos negativos sobre el empleo (Luis Felipe Céspedes), y que las menores horas de trabajo se van a reflejar en un menor salario (Nicolás Eyzaguirre).

Según la encuesta nacional de empleo del INE, el 95% de los trabajadores que tiene contrato por 45 horas no está dispuesto a trabajar menos si eso significa reducir sus ingresos. No es menor el punto de conservar sus sueldos porque la mitad gana $451 mil o menos. Esa no es una consideración, sin embargo, para algunos políticos que en vez de mirar las consecuencias de sus acciones en el mediano plazo (ya verán a quién culpar) prefieren navegar en la popularidad. Tampoco es raro que la izquierda no oiga a sus expertos, porque ya le había quitado los oídos en la administración de la Nueva Mayoría, cuando aseguraban que la reforma tributaria activaría la inversión y el crecimiento. Justo lo contrario de lo que ocurrió, como se les advirtió.

Tanto le costó a Ricardo Lagos vencer el “cuco” que la izquierda podía gobernar con apego a las leyes de la economía, sin emitir billetes falsos que generan riqueza momentánea y pobreza permanente. Y lo hizo tan bien, que fue en su mandato que el propio Marcel creó la regla del superávit estructural para mantener equilibrada la política fiscal en el largo plazo. No hay ninguna duda que, si la reforma a las pensiones de 2008 la hubieran hecho en el Congreso, en vez de una comisión de expertos que dirigió el mencionado Mario Marcel, habría salido un mamarracho o no habría habido la reforma que creó el pilar solidario e introdujo competencia entre las administradoras.

Convengamos una cosa: Chile no se despegó de América Latina porque nuestros políticos legislaran mejor. Lo hizo porque tomó una serie de medidas estructurales (como abrir la economía y darle autonomía al Banco Central) y porque hasta el segundo gobierno de Bachelet procuró equilibrar la política con la técnica en comisiones expertas que analizaban primero los temas y formulaban propuestas que luego tomaba el legislativo. Las decisiones y el rumbo lo marcaban la política, pero el sustrato fáctico lo daba la economía y el conocimiento especializado. Miraban el largo plazo y no la inmediatez del aplauso en las redes sociales. Hoy, en la izquierda, a falta de una identidad clara y propuestas alternativas, lo que se saborea es el populismo que es pan para hoy y hambre para mañana.

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