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Publicado el 21 de enero, 2019

Pilar Molina: El veto del Frente Amplio a la autonomía DC

Periodista Pilar Molina

Posicionarse como bisagra, actuando con autonomía frente al gobierno y la izquierda, es también un juego peligroso que exige percepción de coherencia por parte de la ciudadanía, que sanciona los movimientos pendulares que sólo buscan acomodarse a las ventajas que brinda el poder. Tan poco fueron entendidos “los matices” de Ignacio Walker frente al régimen de Bachelet, que no fue reelecto senador y salió quinto en Valparaíso, porque si bien su partido planteaba discrepancias de fondo con la alianza de izquierda, siempre terminaba plegándose al oficialismo al momento de votar los proyectos que criticaba.

Pilar Molina Periodista
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“No hay mayoría opositora en la Cámara”, remarcó el diputado Miguel Crispi de Revolución Democrática. No la hay, comparte la opinión el Frente Amplio, porque algunos DC y radicales han concurrido con su voto a los proyectos del gobierno, como aumentar la exigua subvención para los niños del Sename en residencias del sector privado o aprobar el proyecto de inmigración. Éste comenzó a tramitarse en la primera administración de Sebastián Piñera y recién la semana pasada, después de seis años, fue ratificado en la Cámara, sin las mañas que le había introducido la extrema izquierda. No obtuvieron los votos las indicaciones del FA y el PC, como permitir a los migrantes cambiar en Chile las condiciones de turista a residente, que es lo que hicieron casi 700 mil extranjeros que ingresaron al país en esa calidad, entre 2014 y 2017, pero para quedarse a vivir.

Hoy lunes, el Frente Amplio debiera resolver si sigue adelante y desconoce el pacto administrativo para distribuir los cargos de la testera de la Cámara entre la oposición, según el cual este año debía asumir la presidencia de la instancia el diputado falangista Gabriel Silber. Una minuta da cuenta que la DC ha estado votando “reiteradamente” con La Moneda los 27 proyectos que han sido resueltos en la sala, como se lo hizo ver Giorgio Jackson al presidente de la Falange, Fuad Chahín. Como si fuera un delito aprobar buenas iniciativas de bien común del gobierno o cuestiones administrativas imprescindibles.

El problema es que para el FA y el PC, nada que provenga del Ejecutivo merece ser apoyado, salvo cuestiones menores o que les signifiquen pagar costos altísimos, como sería rechazar un proyecto contra la violencia hacia las mujeres. En sus dos años de vida, la coalición de Beatriz Sánchez no ha estado pensando en cómo articular la oposición, sino que más bien en cómo eliminar las más altas autoridades por la vía de la acusación constitucional y el último año ha sido una sucesión de opiniones divididas y petición de perdón por sus actitudes de pololeo con la violencia política.

El actual sistema electoral, además -que tanto buscó la actual oposición-, alienta el multipartidismo y desincentiva formar parte de grandes conglomerados que, para sobrevivir, tienden a buscar posturas moderadas y de centro.

Las posturas tan disímiles entre la extrema izquierda y la DC son las que terminaron destruyendo la Nueva Mayoría, lo cual se hizo patente cuando Michelle Bachelet resolvió incorporar al Partido Comunista a la alianza oficialista que le dio piso a su segunda administración. El que pagó el costo de esa alianza fue la Falange, que disminuyó más su votación y representación parlamentaria en la última elección, de manera que no le quedaba otra que dejar de ser vagón de cola de la izquierda. Hoy la DC sabe que tiene la llave para proyectos como la reforma tributaria, la laboral o de pensiones, y su independencia le está rindiendo ante la opinión pública. En la encuesta Cadem, la identificación con el partido de la flecha roja es casi equivalente a la suma de la adhesión al PS, PPD, PRSD y PC. Fuad Chahín le ha impreso más orden al conglomerado y lo sacó de la irrelevancia, donde muchas veces pesaba menos que los comunistas en las decisiones del último gobierno socialista.

Romper el acuerdo le significará al FA perder 18 presidencias de comisiones, lo que le permite manipular la agenda legislativa, y le está regalando al oficialismo ofrecerle un pacto similar a la DC para  ofrecerle la presidencia de la testera a Silber este año. Pero posicionarse como bisagra, actuando con autonomía frente al gobierno y la izquierda, es también un juego peligroso que exige percepción de coherencia por parte de la ciudadanía, que sanciona los movimientos pendulares que sólo buscan acomodarse a las ventajas que brinda el poder. Tan poco fueron entendidos “los matices” de Ignacio Walker frente al régimen de Bachelet, que no fue reelecto senador y salió quinto en Valparaíso porque si bien su partido planteaba discrepancias de fondo con la alianza de izquierda, siempre terminaba plegándose al oficialismo al momento de votar los proyectos que criticaba.

El actual sistema electoral, además -que tanto buscó la actual oposición-, alienta el multipartidismo y desincentiva formar parte de grandes conglomerados que, para sobrevivir, tienden a buscar posturas moderadas y de centro. Hoy vemos diariamente cómo las posiciones más extremas de diputados electos con bajas votaciones personales se traducen en indicaciones a los proyectos de ley que los desvirtúan de su propósito original o que son derechamente inconstitucionales. Pero ese es el sistema que se aprobó con los votos de la Nueva Mayoría (y el de Lily Pérez) y eso es lo que le dio la oportunidad a la DC de buscar recuperar su identidad al margen de la extrema izquierda. Si no puede ser un partido de masas, al menos puede influir más que antes.

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

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