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Publicado el 13 de mayo, 2019

Pilar Molina: El peligro cavernario

Periodista Pilar Molina

Por temor, ignorancia o lo que sea, algunos trogloditas disparan al libre mercado como a la capital del mal, en vez de encenderle una velita de agradecimiento. Y se oponen a que Chile firme un tratado de libre comercio que abarca al 12% de la economía global, el llamado TPP11, descubriendo ahora que la apertura comercial que nos situó primeros en América Latina es contraria a los derechos laborales, al cambio climático, la soberanía nacional y los pueblos indígenas, entre otros argumentos.

Pilar Molina Periodista
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Qué fuerte que cuando nunca habíamos tenido más progreso en la historia de Chile salgan los cavernarios a amenazarlo. No creo que sean malas personas estos parlamentarios, influenciadores, periodistas y dirigentes que se oponen al desarrollo, perjudicando con su atavismo a las mismas personas que dicen querer proteger.

Nunca Chile y la humanidad, en su totalidad, había tenido tanto progreso y desarrollo como desde que se globalizó la economía y cayó el comunismo en sus distintas variantes en el mundo (salvo excepciones). No es cuestión de macroeconomía, es cuestión de más personas comiendo, con mayor bienestar y vidas más largas y felices. Pero por temor, ignorancia o lo que sea, algunos trogloditas disparan al libre mercado como a la capital del mal, en vez de encenderle una velita de agradecimiento. Y se oponen a que Chile firme un tratado de libre comercio que abarca al 12% de la economía global, el llamado TPP11, descubriendo ahora que la apertura comercial que nos situó primeros en América Latina es contraria a los derechos laborales, al cambio climático, la soberanía nacional y los pueblos indígenas, entre otros argumentos.

Estos iluminados prehistóricos tienen soluciones para todo: ponerle un impuesto a los robots. Genial, así se aseguran de anular lo que se gane en productividad, dejándole la ventaja a los que sí tomen la apuesta.

Desde las cuevas los prehistóricos ven todo oscuro y por eso, en pleno siglo XXI, los parlamentarios de izquierda continúan considerando que introducir flexibilidad laboral es precarizar el empleo, aunque la propuesta signifique trabajar menos días a la semana y de una manera más compatible con los tiempos modernos. Quedaron contentos, en cambio, y aprobaron la legislación laboral de Bachelet 2, que generó marginalmente empleos con contrato y previsión social y que habría sido adecuada para el siglo 19, quizás, pero jamás para los tiempos actuales donde lo que en verdad amenaza al trabajo humano (sobre todo cuando es fuente de conflicto) es la robotización. Pero estos iluminados prehistóricos tienen soluciones para todo: ponerle un impuesto a los robots. Genial, así se aseguran de anular lo que se gane en productividad, dejándole la ventaja a los que sí tomen la apuesta.

Estos hombres y mujeres cavernícolas creen todavía que Chile puede ser autárquico y pregonan el fin de la economía extractiva, como idea genial que a nadie se le ocurrió antes. Todavía creen que pueden atajar a Uber o Cornershop, quitándole la misma flexibilidad que los hizo exitosos. Lo consideran empleo precario, pero no se preguntan por la gente que sí aprecia esa libertad y está feliz trabajando en plataformas que les dan flexibilidad para organizar y ganarse la vida.

Los parlamentarios de izquierda y extrema izquierda podrían tener éxito en sacar a Chile de la senda del progreso, devolviéndolo a las ruinas de las economías cerradas, el estatismo y el socialismo con un nuevo apellido, pero lo que no lograrán es detener la innovación en el resto del mundo.

Todo se puede regular, sin duda, pero no hasta el punto de matar la idea genial y para obtener un producto que nadie quiere. Porque, ¿quién predijo que las bicicletas iban a convertirse en un medio de transporte importante, bicicletas que no son de mi propiedad, pero las puedo ubicar en una aplicación del teléfono y después dejarlas tirada en el punto de destino? ¿Y que en cuestión de meses los scooters iban a cambiarle la fisonomía del transporte público, no sólo a Santiago, sino que a otras capitales del mundo donde decenas de empresas te ofrecen estos monopatines para circular rápido por la ciudad?

Ponerle patentes, obligarlos a estacionarse en lugares ad hoc, son parte de las ideas “progresistas cavernícolas”. Pero ya es tarde. Los parlamentarios de izquierda y extrema izquierda podrían tener éxito en sacar a Chile de la senda del progreso, devolviéndolo a las ruinas de las economías cerradas, el estatismo y el socialismo con un nuevo apellido, pero lo que no lograrán es detener la innovación en el resto del mundo. Tienen poder para excluir a Chile del progreso, pero no al mundo.

Es cuestión de mirar a Venezuela… el ejemplo más doloroso de cómo transformar un país rico en una miseria en nombre del socialismo del siglo XXI.

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