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Publicado el 08 de julio, 2019

Pilar Molina: El parecido entre Chernobyl y Venezuela

Periodista Pilar Molina

Cuando leí en La Segunda que la diputada comunista Carmen Hertz responsabiliza de los gravísimos hechos que ocurren en el país bolivariano a “las medidas coercitivas brutales que Estados Unidos y parte de la Unión Europea han impuesto sobre Venezuela”, no pude dejar de acordarme de Chernobyl, la exitosa serie HBO que partió batiendo todos los récords de audiencia.

Pilar Molina Periodista
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El informe de la Alta Comisionada para los DDHH de las Naciones Unidas no fue una novedad. Hace dos años, el iraní que ostentaba ese cargo había hecho uno similar, consignando las violaciones a los derechos humanos, los asesinatos políticos, el hambre, la falta de medicamentos. La novedad fue que la socialista Michelle Bachelet lo confirmara, y sin tratar de equilibrar las torturas y las casi 5 mil 300 muertes extrajudiciales sólo el año pasado con la violencia de la oposición o el bloqueo comercial de Estados Unidos (y también de las cuentas en dólares de los jerarcas de la revolución y sus familiares).

Pero nada basta para los obsecuentes militantes del Partido Comunista y algunos alucinados del Frente Amplio. El partido de la hoz y el martillo consideró el informe “imparcial”, haciendo el mismo paralelismo que antes había formulado la diputada Carmen Hertz, quien responsabiliza de los gravísimos hechos que ocurren en el país bolivariano a “las medidas coercitivas brutales que Estados Unidos y parte de la Unión Europea han impuesto sobre Venezuela”. Esta manera de razonar hace imposible no acordarse de Chernobyl, la exitosa serie HBO que partió batiendo todos los récords de audiencia.

La miniserie de cinco capítulos no es más que otro destello de lo que es la mentalidad comunista, esa que aplica un modelo totalitario en bien del hombre nuevo y aplasta con toda la fuerza de sus armas cualquier disidencia al colectivismo impuesto. La producción se inspiró en el libro “Voces de Chernobyl”, de la bielorusa Svetlana Aleksiévich. La autora, Premio Nobel 2015, da voz en forma de monólogos a los aterradores testimonios de las personas que vivieron la mayor crisis nuclear de la historia con la explosión de un reactor mal construido de Chernobyl, al norte de Ucrania, en 1986, y que el gobierno de la URSS resolvió esconder para que sus enemigos de occidente no pudieran aprovecharse de sus errores. Por eso la reacción inicial, como retrata la serie, no fue salvar a las personas (porque la radiación se expandió por 13 países de Europa Central y Oriental), sino que silenciar el accidente y rodear por las armas a la población más directamente afectada, Prípiat, para que nadie pudiera escapar ni dar la voz de alerta.

La producción parte con un prominente científico, Valeri Legásov, que estuvo a cargo de investigar las causas de la explosión nuclear, terminando de dictar en una grabadora los fallos en la construcción y el mal manejo del reactor con sus letales consecuencias, todo lo cual la maquinaria comunista ahogó a tal punto que él se quita la vida en la pantalla dos años después del accidente. Valeri fue un personaje real, como también el bombero que en la serie es enviado a apagar el fuego del reactor con ropa ordinaria y al que su joven mujer acompaña en su rápida agonía de irse desintegrando de a poco producto de la radiación. Ésta también se llevó a la niña de su vientre apenas nace. El libro de la periodista oriunda de Bielorusia (a menos de 20 km de Chernobyl y del lugar del accidente) se inicia con este relato dramático, que evidencia que la vida de las personas no tiene ninguna importancia para el sistema comunista, lo que importa es salvar al Estado, al colectivo imaginario.

Fue Occidente, por supuesto, el que terminó financiando los costos del cierre definitivo de la central, lo que requirió la construcción sucesiva de tres sarcófagos para cubrir el reactor y aislarlo del exterior. El último, en noviembre de 2016, ya caída la URSS aunque no los nefastos efectos de sus políticas contrarias al hombre. “La Unión Soviética mandó al lugar de la catástrofe 800 mil soldados de reemplazo y liquidadores (encargados de “liquidar” las consecuencias del accidente) llamados a filas; la edad media de estos últimos era de 33 años. Y a los muchachos se los llevaron directamente del pupitre al cuartel”, escribe Svetlania, citando un informe en su libro. Y añade que solo desde 1990 a 2003 fallecieron dos liquidadores al día. Nadie les preguntó si querían ir, nadie los protegió.

Al recibir el Premio Nobel en 2016, la escritora definió al comunismo como “el opio de los intelectuales” y entrevistada este año por el éxito de la serie de HBO ha denunciado el actual militarismo ruso, el mismo que invadió Ucrania y amenaza hoy a Bielorusia, y la narrativa oficial de los soviéticos aún presente en la ex URSS. Para la versión oficial marxista no hubo gulags ni 70 años de represión y la carnicería de la Segunda Guerra se convirtió en la “gran victoria” de Stalin.

Los comunistas y sus sucesores de eso saben. Venezuela no es un Estado fallido que obliga a millones de seres humanos a abandonar despavoridos su patria. No, es un Estado asediado. Hay que salvar al Estado socialista, las personas no importan.

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