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Publicado el 22 de abril, 2019

Pilar Molina: “Becoming”, el testimonio de Michelle Obama

Periodista Pilar Molina

Durante la gira que la lleva por el mundo, la ex Primera Dama de Estados Unidos niega tajante que pueda presentarse como candidata a la presidencia. “Viví ocho años en la burbuja (en la Casa Blanca) y necesitamos líderes más conectados y jóvenes que vivan fuera de ella”. En esa conclusión denota lo mujer que es.

 

Pilar Molina Periodista
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¡Qué mujeraza es Michelle Obama! No sólo en lo físico. No es raro que Michelle Robinson (1964) floreciera para el mundo en la Casa Blanca (mientras otras languidecen) porque ella ya era una súper mujer antes que su marido Barak se hiciera Presidente de los Estados Unidos.

Tuve le suerte de ser invitada a una conferencia suya en París la semana pasada, donde las entradas se vendían entre 65 y 600 euros. El día anterior había estado en Londres y al siguiente volaría a Amsterdam, para aterrizar el 2 de mayo en Canadá, donde los tickets se promueven a partir de los US$1.750. El motivo es su biografía, titulada en inglés “Becoming”, y que ya alcanza 10 millones de ejemplares vendidos.

La conferencia empieza al marketero estilo norteamericano, con música fuerte, videos de ella con reinas y poderosos, en sus campañas por los veteranos o contra la obesidad infantil (“Let’s Move”), en los principales talk shows. También gente normal y artistas responden a través de las cinco pantallas del recinto quiénes son: “becoming a ballerina”, o artista, profesor, o “más de lo que soy”. O como dice Michelle: “Becoming es el viaje a ser mejor, un viaje continuo” para personas comunes y corrientes.

El público del recinto es mayoritariamente femenino y hay mucha gente de color en el Accorhotels Arena, con capacidad superior a las 20 mil personas. La aclaman y ríen junto a ella con sus frecuentes bromas.

Lo que rescato es la sencillez de su mensaje: los niños nacen puros y amables y los problemas no resueltos como dislexia, que limitan su aprendizaje, o la falta de oportunidades, los transforman en delincuentes o malas personas, asegura.

Michelle tiene como guía de su vida la dedicación a su familia y la importancia de la educación. Es lo que aprendió de sus padres, dice, cuya inversión fueron ella y su hermano. No salieron a comer, no viajaron nunca, relata, pero la madre se dedicó al hogar hasta que ella y su hermano estaban en la secundaria y los convencía de que eran brillantes, únicos. Estaba siempre presente y cercana. Del padre, cuenta, amó la determinación de su lucha contra la esclerosis múltiple que lo fue invalidando. A pesar del dolor y las dificultades, nunca se quejó ni faltó a su trabajo de obrero en una planta de agua hasta que murió de un infarto. “Nos enseñó que tenemos que trabajar duro, sin quejas, y mantener el honor y la dignidad”. Michelle sentía que no podían desilusionarlo “porque él daba todo por nosotros”.

“La sociedad está siempre tratando de apagar la llama que llevamos todos para salir adelante”, asegura. Ella recuerda cómo una profesora trató de disuadirla de ir a la universidad, a pesar de que era una buena estudiante. Y le respondió, como siempre lo hacía, “¡le demostraré!”.  Y llegó a Princeton, y después a Harvard, a pesar de los tantos que le bajaban las expectativas porque era mujer, negra y de clase trabajadora.

Esos tres factores, que repite varias veces, le hicieron difícil salir adelante, pero ella nunca se amilanó y ante el triunfo profesional posterior en el mejor estudio de abogados y con auto nuevo, reflexionó sus prioridades: “Mi papá no nos crió para ser abogados o médicos, sino que para ser buenas personas”.

Esta descendiente de esclavos, que sufrió burlas por el color de su piel, pero llegó a ser una de las mejores abogadas de Estados Unidos, sostiene que su primer cometido fue ser buena madre de sus dos hijas antes que Primera Dama o cualquier otra cosa. “No hay nada más importante que los padres que guían a sus hijos y oyen sus voces”, enfatiza. Y ante una audiencia que cría con el rigor francés a sus niños, añade: “Siempre fuimos incluidos en la conversación de mesa (…), siempre nos dijeron que éramos lo mejor del mundo y esa confianza nos hizo fuertes”.

Esta mujer con llama pide a las demás hacer florecer la propia y no permitir que se las apaguen. “Todos caben en la mesa, todos”, entendió ella cuando superaba los obstáculos para seguir su vocación social. Y desde esta mirada de madre inclusiva, que no quiere que ningún hijo quede atrás, niega tajante que pueda presentarse como candidata a la presidencia. Asegura que, en primer lugar, mucha gente trabajó con ella únicamente porque no está en política. En segundo lugar, dice que es duro para la familia y nunca le pediría hacer lo mismo, refiriéndose a los ocho años que vivieron con tres camionetas de seguridad, guardias observando a sus hijas las 24 horas y agentes indagando la vida de sus pretendientes. Tercero, finaliza, “viví ocho años en la burbuja (en la Casa Blanca) y necesitamos líderes más conectados y jóvenes que vivan fuera de la burbuja”. 

En esa conclusión denota lo mujer que es. Ella tiene en la mano convertirse en presidenta del país más poderoso del mundo. Mientras en Argentina nos acostumbramos a ver cómo se hereda el poder de Kirchner a Fernández y en Guatemala eligen romper el matrimonio para que la esposa pueda suceder a Álvaro Colom, para Michelle el poder no es un fin en sí mismo ni una gloria personal. Resulta difícil pensar que un hombre pudiera razonar como Michelle y rechazar una opción casi cierta para que los Obama vuelvan a la Casa Blanca.

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