El hombre es un animal político, decía Aristóteles, básicamente refiriéndose al hecho de que nace y se desarrolla en la polis, en donde participa de mayor o menor medida en los asuntos públicos. Desde el “estallido social” que demandamos del Estado muchas cosas: educación, pensiones, salud, seguridad, etc. No está mal pedir ciertas garantías, es verdad que el Estado es quien nos provee el bien común. Pero, ¿somos sólo espectadores del proceso? 

El tema del verano han sido los asesinatos. No sólo por los casos que nos hemos ido enterando al pasar los días, sino por la cifra de 2,5 homicidios diarios que se dio a conocer esta semana. El ajuste de cuentas se ha ido consolidando como causa y cada vez más nos envuelve la preocupación de si es que seremos como México, donde el año pasado se contabilizaron más de 90 muertes al día. 

La percepción de inseguridad nos aísla. Más pasajes cerrados y monitoreados con cámaras, más altas las rejas de nuestras casas que ya no sólo sirven para delimitar el espacio privado del público, sino que también cercan ventanas. La vida de juegos en la calle y de salir temprano para volver en la noche después de haber compartido todo el día con los amigos se ha ido trasladando hacia dentro de las casas. Mejor que juegue playstation toda la tarde a que ande afuera expuesto a malas juntas, podrían decir algunos sobre sus hijos.  

La seguridad se ha transformado en la gran preocupación. Es cierto que la solución a la problemática del crimen es a largo plazo, pero una pregunta que me hicieron esta semana me hizo reflexionar: ¿qué podemos hacer hoy para que la gente no tema ser asaltado en plena calle? Y la verdad es que existen pequeñas grandes cosas, como decía el slogan ochentero, que podemos hacer y donde todos podemos ser parte. La recuperación de los espacios urbanos y la contribución de los privados son algunas de ellas. 

Podemos empezar por mantener ciudades limpias, con espacios públicos que sirvan de encuentro para la comunidad y donde casas, locales comerciales, escuelas y más contribuyan al desarrollo social saludable. Claro que el estado debe velar por la limpieza de nuestro entorno, pero nosotros también contribuimos a eso. Zonas donde el Estado y los ciudadanos mantengan ambientes armoniosos muestran comunidades preocupadas, mientras que áreas con rayados, muros destruidos y suciedad en las veredas representan abandono y una oportunidad para que los grupos dedicados al crimen se instalen allí. Si ni los ciudadanos ni el Estado se preocupan, quiere decir que no habrá fiscalización y podré actuar a diestra y siniestra. 

En materias de seguridad, la información es clave. Le pedimos a nuestras agencias de inteligencia que recojan los datos, los procesen y compartan con el fin de que fluyan a través de canales que comuniquen a todos los actores involucrados. Pero como ciudadanos también podemos contribuir a eso. Existen casos internacionales donde, a través de alianzas público-privadas, estos últimos ponen a disposición del Estado las imágenes que captan sus cámaras de seguridad, permitiendo detener al delincuente y comprender de mejor manera lo que sucede en las calles. 

En un mundo donde la tecnología marca la pauta, las ciudades inteligentes son cada vez más relevantes. Allí, la tecnología al servicio de los ciudadanos permite conectar a todos los actores y recuperar los espacios públicos. La información fluye por múltiples canales y las comunidades podrían empoderarse frente a la delincuencia. Así, el hombre se reencuentra con su ser político y, junto al Estado, contribuye a alcanzar el desarrollo, seguridad y bienestar. 

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