El aumento de la delincuencia en Lima, la violencia en México que no da tregua, el crimen organizado en Brasil que complica a las autoridades y una serie de asesinatos en Chile completan un complejo cuadro de seguridad pública en América Latina. Hace décadas que esa región presenta índices de homicidios preocupantes. Nuestro país era un oasis de tranquilidad. Ya no lo es tanto. Los asesinatos, la extorsión y el secuestro llegaron para quedarse.

Mucho se ha comentado de los grandes decomisos de droga, de carteles mexicanos que buscan operar en Chile y la consolidación de una ruta de tráfico de marihuana creepy desde Colombia. Pero de la intensidad de los crímenes, recién se está hablando. En lo que va del año, El Mercurio ha reportado 22 homicidios. Solo 4 de ellos en la Macrozona Sur, los demás en Iquique, Coquimbo, Valparaíso y Santiago. El norte y centro del país están viendo el aumento de un delito para el cual no estábamos preparados.

La región de Tarapacá ostenta la tasa de homicidios más alta de Chile con 6,1 muertes por cada 100.000 habitantes, más del doble que la registrada a nivel nacional. Le siguen Arica y Parinacota, Valparaíso y la Metropolitana. Si bien son cifras notablemente menores a las que se pueden observar en otras naciones del continente, para el país con una de las tasas de homicidios más baja de la región, preocupa.

En el norte Iquique vive la situación más compleja: una crisis migratoria en Colchane desde el 2020 que ha colapsado campamentos, plazas y zonas como Alto Hospicio, se han visto episodios de violencia contra Carabineros y barricadas para que no sigan llegando extranjeros o para obligar a vehículos a llevar a Santiago a quienes cruzan de manera irregular. La guinda de la torta fue el homicidio de un empresario iquiqueño en el cual participó un venezolano ligado a un grupo de la Policía Nacional Bolivariana. Así, los flujos migratorios han permitido a que quienes se dedicaban al crimen en otros países, lleguen al nuestro a traspasar su conocimiento.

Al igual que las pandillas centroamericanas tienen sus orígenes en Estados Unidos antes de llegar a El Salvador u Honduras y el know how de los chilenos a mediados del siglo pasado contribuyó a la creación de los carteles colombianos, la expertise que otros tienen en el delito de asesinato más temprano que tarde iba a llegar a nuestro país.

Es iluso pensar que nos conectamos con las actividades lícitas y nos mantenemos al margen de las ilícitas. Lo bueno y lo malo terminan llegando. Es imposible negar la globalización. Lo importante es contar con herramientas para enfrentar lo malo y potenciar lo bueno. En lo segundo lo hemos hecho bien, pero en lo primero estamos al debe.

Inteligencia, tecnología y entrenamiento policial deben estar acorde con los nuevos desafíos. Las reglas del juego cambiaron, el delincuente no le teme ni a la autoridad ni a la cárcel. Un período tras las rejas no impacta en su negocio, desde dentro replica la jerarquía, el liderazgo se mantiene y los crímenes no se detienen.

Caminamos a paso veloz hacia un dilema de seguridad distinto a todo lo conocido: el crimen organizado, nutrido de los flujos migratorios irregulares, cambió la cara de la delincuencia nacional. Por eso, el estado tiene que estar a la altura de los tiempos, modificar sus procedimientos e incorporar tecnología de vanguardia al análisis del delito. Requerimos de una legislación adecuada, procedimientos judiciales rápidos y voluntad política de todos los sectores. Pero, ¡lo necesitamos para ayer!

Nuestras estrategias de seguridad deben ser capaces de integrar todos los factores que influyen en el crimen, las amenazas, los riesgos y las vulnerabilidades. Sólo así estaremos a la altura de las circunstancias.

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